MERCADO DE TRABAJO ¿QUO VADIS?

Las nuevas autoridades que asuman el 10 de diciembre tendrán una singular tarea por delante en materia socio ocupacional en una doble perspectiva. Por una parte tratando de preservar o ampliar los logros en materia de relaciones laborales y, tanto o más importante, tratando de generar con su accionar las condiciones para recuperar el dinamismo económico perdido ya hace bastante tiempo.
Como es sabido, los puestos de trabajo no se reparten como los panes bíblicos. Son el resultado del crecimiento económico y este depende en gran medida de la inversión productiva. El gran desafío de la nueva gestión, seguramente, gira en torno de tales cometidos.
El punto de partida debiera ser el de un buen diagnóstico de la situación actual. Como sabemos no es esta una meta sencilla de alcanzar habida cuenta de las serias distorsiones introducidas en el INDEC, organismo rector de las estadísticas públicas de Argentina.
Pese a las limitaciones de información podemos desglosar la larga década posterior a la crisis de 2001 en tres etapas claramente diferenciadas. La primera desde mediados de 2002 (cuando el tipo de cambio llegó a su pico de cuatro pesos por dólar para retraerse a fines de en ese año a tres pesos y –al mismo tiempo- se sanciona por decreto el otorgamiento de sumas fijas no remunerativas); así, se inicia el proceso de recuperación económica que se perfecciona al año siguiente con la asunción de las autoridades en mayo de 2003. Por entonces, tanto el PBI como el empleo aumentaban de modo significativo. En el invierno de 2003 los aumentos otorgados se transforman en remunerativos y se eleva el salario mínimo. Al año siguiente se retorna al funcionamiento de las paritarias para modificar las convenciones colectivas de trabajo.
Ese período inicial durante el cual crecía el producto y el empleo y, más lentamente, se recuperaba el salario real, perduró los primeros años de la nueva gestión. Ese dinamismo estuvo asentado en aprovechar la capacidad ociosa, la fuerte devaluación del peso y la adaptabilidad de las empresas medianas y pequeñas y no en una reestructuración productiva que apunte a un crecimiento sostenido y al desarrollo.
Es por eso que -a poco andar- se hicieron notar los límites de la economía argentina que provocaron el retorno de las tensiones inflacionarias y luego la restricción externa. Es así que en lugar de impulsar tales modificaciones sustantivas se optó por el camino de disimular los efectos alterando la información estadística. Para colmo luego se producen en el hemisferio norte las crisis financieras que recalan en nuestras playas hacia fines de 2008. La situación se agrava en 2009 con una gran sequía local.
Así la segunda etapa, hasta 2010 inclusive, produjo un amesetamiento del nivel de actividad y de la demanda de empleo. En el año del bicentenario se pensó que la tormenta había pasado y allí tampoco se generaron medidas estructurales. Todo lo contrario. Con lo que la recuperación apenas alcanzó para sostener el éxito electoral de 2011.
De allí en más no dejamos de estar estancados o declinar más allá de los malabares que hacían las autoridades estadísticas (sea el cambio de base para el cálculo del PBI y el “nuevo” índice de precios).
El año 2014 fue un lapso de pérdidas netas de empleo, junto con un deterioro del salario real. Y 2015 no mostró diferencia excepto que se volvió a utilizar la contención del tipo de cambio con el propósito de atemperar la presión inflacionaria. Pero todas las variables de la economía ya quedaron completamente desacopladas. Las virtudes de los superávit gemelos que caracterizaron los primeros años y que eran metas buscadas por el Presidente Kirchner, quedaron en el recuerdo.
Eso explica que ya hace varios años no se crean nuevos puestos de trabajo por ejemplo en la industria. Y sólo lucen cambios positivos el empleo estatal y el autoempleo. Este último suele aumentar en situaciones críticas desde el punto de vista socioeconómico. El empleo público atenuó las necesidades laborales de parte de la población pero terminó por agravar la deficitaria situación fiscal en todos sus niveles.
En este panorama con presión al alza de los precios, escasez de recursos fiscales, baja en los precios de los principales productos de exportación e incertidumbre debida a la transición política resulta más fácil apreciar las dificultades que deben enfrentarse que los senderos para su solución.
La recuperación de la dinámica de crecimiento –condición planteada por los equipos económicos de los dos candidatos del balotaje- debe ser lograda. Pero esta meta debe incluir acuerdos para que su obtención sea producto de esfuerzos compartidos y no recaiga sólo sobre el eslabón más débil que principalmente es el de los asalariados. Quizás Argentina pueda mostrar que se puede proteger al trabajador no sólo en la bonanza y que retomar la senda perdida sea resultado de esfuerzos compartidos. Que así sea.

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