TRATANDO DE VER LO QUE VIENE, EN EL PERONISMO

El jueves pasado empecé a “tratar de ver lo que viene” en el escenario político argentino en los próximos meses. En un nivel muy elemental, por supuesto. La bola de cristal sólo está en la imagen de arriba. La primera parte la dediqué, claro, al gobierno que empieza la otra semana. Quise ponerle onda, porque a los argentinos no nos conviene un fracaso; ya tuvimos demasiados.
(Tampoco, reconozcamos, a los peronistas, como proyecto político, nos conviene que le vaya muy bien. Pero eso no significa que seamos los beneficiarios de un derrumbe. Después de uno grande -como el del “proceso” ´76/83, de la hiper de Alfonsín, de la debacle de la Alianza- no vuelve lo que estaba antes de esa etapa).
Igual, no depende de las intenciones. Puse el enfoque en la economía, porque es, entiendo, el punto decisivo en el corto plazo. El dogmatismo de las declaraciones previas a la elección de sus economistas, y, sobre todo, la incapacidad que demostró la entonces Oposición para coordinar un proyecto económico coherente cuando consiguió la iniciativa política, en 2008, y luego la mayoría parlamentaria, en 2009, son malos presagios. No hablo del nivel de ingresos de las mayorías, ni de las prestaciones sociales; estoy pensando en el control de las variables de la economía ¿Conseguirá el Mauricio y su equipo superar el desafío? Como digo a menudo en el blog “El que viva lo verá”.
Si comienzo mis pronósticos sobre el peronismo hablando del futuro gobierno, es porque es un dato fundamental para saber qué hará. Como proyecto político, no tiene ni la vocación, ni los cuadros, ni el apoyo social para un rol de oposición testimonial. En su naturaleza está el tratar de volver al gobierno, apoyado en el voto de la mayoría, y, mientras no lo consiga, tratar de influir en el manejo del Estado, a través de la negociación y de las presiones políticas y sindicales, para defender los intereses de los sectores de la sociedad que se expresan a través de él.
Entonces, la incertidumbre sobre cómo se va a manejar una gestión que expresa intereses, actitudes y discursos ya conocidos, pero que está encabezada por un equipo nuevo en la política nacional, hace que la primera, por lejos, fuerza opositora deba mantenerse preparada para cualquier coyuntura. Si le va mal de entrada, el gobierno recurrirá al peronismo. Si le va bien de entrada, operará sobre el peronismo.
En mi opinión, sus principales dirigentes se están manejando con una coherencia que no mostraron después del sacudón que recibieron en la primera vuelta electoral, el 25/10. La Presidente, Cristina Kirchner, referente indudable del peronismo en su etapa kirchnerista -la de los últimos doce años- y de sus aliados en el Frente para la Victoria, se muestra firme y severa en su actitud en la transición, que es lo que la militancia quiere.
Daniel Scioli, referente aceptado del peronismo territorial, brinda la imagen de un diálogo civilizado y amable, que es lo que los gobernadores e intendentes necesitan. Y ambos se muestran unidos, que es el imperioso requerimiento del peronismo en estos momentos.
Porque el PJ/FpV gobierna 15 de las 23 provincias, conserva la primera minoría en Diputados y la mayoría en el Senado, en tanto se mantenga unido. Lo mismo vale para sus bloques legislativos en los 24 distritos. Seguramente tendrá la hegemonía en la CGT, si el gremialismo se unifica. Si el peronismo se divide, la fuerza y la capacidad de negociación de cada sector, más que disminuir, se desinflará.
Igual, ésta es una solución para esta circunstancia, y sólo sirve para ella. El Jano peronista, con un rostro de la “confrontación” y otro del “diálogo”, no ganó la elección presidencial. Algunos compañeros consideran que fracasamos porque Scioli no se impuso claramente como Jefe. Otros creen que el error fue llevarlo de candidato, en lugar de un “kirchnerista puro”. Y se preparan para una resistencia sin compromisos (digital, claro).
Nuevamente, en mi modesta opinión, ambos lados están, no necesariamente equivocados: desubicados.
Entiéndase: me parece inevitable una reorganización, y resignificación, profunda del peronismo. La hubo después de cada una de las previas derrotas incruentas que hubo desde la recuperación de la democracia: 1983, 1999: la Renovación, el kirchnerismo. Y no hablemos de las anteriores, muy cruentas: el peronismo, hasta como vivencia humana, después de 1955 fue muy distinto del de los 10 años fundacionales. Y la terrible experiencia del “Proceso” cambió al peronismo y a la política argentina definitivamente.
Pero las líneas divisorias no serán las de la discusión interna del año anterior y éste. Que se resolvió, por encima de esa discusión, cuando Cristina Kirchner decidió aceptar la candidatura presidencial de Daniel Scioli. Ésta vez no habrá nada “encima”, y el objetivo no será conservar el gobierno, sino decidir qué candidatos, y qué estrategias serán los válidos para vencer en las elecciones legislativas del 2017. Para lo que deberán acertar con lo que la sociedad argentina reclame entonces.
En particular, claro, la madre de todas las batallas, la provincia de Buenos Aires, con el 38 % del electorado. Si un hombre o mujer del peronismo triunfa allí, en algo más de un año y medio, el futuro político de esta fuerza habrá avanzado decisivamente en su definición. Si no… probablemente deba olvidarse de volver en el 2019.
Se viene una interna peronista interesante, me parece.

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