EL PERONISMO DESPUÉS DEL 22/11

Los posteos recientes del blog han estado enfocados al futuro gobierno de Macri, sus funcionarios, sus políticas, y algo al entorno internacional, regional, en el que va a moverse. Natural. Se sabe que -salvo, a veces, en crisis muy graves- el que tiene el gobierno tiene la iniciativa. Y uno se deja llevar por la coyuntura.

Pero sería un grave error -que, curioso, se cometió varias veces en la historia reciente- creer que el peronismo deja de ser un actor fundamental. Entonces, vale la pena echar un vistazo a su situación actual y perspectivas futuras. Además, es el equipo de uno.

Por situación actual, me refiero a la que comienza, con una nitidez rara en la política y en los asuntos humanos, el 25 de octubre. Después, el 22 de noviembre fue un hito decisivo -la derrota electoral, la pérdida del gobierno nacional-, por supuesto. Pero el golpe sicológico, es decir, político, lo recibió el peronismo en la fecha anterior.

Porque descubrir que sólo un 37 %  de los votantes estaban dispuestos a respaldar la fórmula presidencia en que basaba su esperanza de continuidad, que el opositor mejor ubicado estaba a sólo 3 puntos de diferencia -lo que hacía ver clara la posibilidad de la derrota-, y, el golpe más inesperado, la pérdida de la gobernación de la provincia de Buenos Aires, la más rica y poblada, el 38 % del electorado argentino, que desde 1987 había sido gobernada por el peronismo, desde el 2005 hegemonizado por los Kirchner,… fue duro.

Se rompió ahí un paradigma, un “sentido común” sobre lo que era esperable en la política argentina. Había pasado antes, en 1983, pero esta vez ningún analista ni encuestador lo había anticipado.

A partir de ese momento, se dieron conductas distintas pero vinculadas en la dirigencia y en la militancia del peronismo.

En el primer momento, la dirigencia, en tanto conjunto más o menos orgánico, quedó desconcertada y sin “libreto” frente a esa situación que no esperaba. Individualmente, algunos de ellos expresaban en privado derrotismo.

Otros, en particular el candidato Daniel Scioli, acompañaron la movilización inorgánica de la militancia del peronismo herida en su orgullo y de los muchos argentinos de a pie que temían o recelaban de un gobierno macrista. En mi opinión, esta “pueblada” contribuyó a que la diferencia final entre las dos fórmulas del balotaje fuera muy pequeña, mucho menor a la que las encuestas, esta vez sí, pronosticaban.

Después del 22 de noviembre, de la derrota, la dirigencia reaccionó finalmente con sensatez e instinto de conservación. Cristina Kirchner, Scioli, gobernadores e intendentes, se mantuvieron unidos, sin pases de facturas públicos (hasta ahora, al menos). Tienen claro que una división del peronismo, del Frente para la Victoria, en particular en los bloques legislativos nacionales, juega a favor del gobierno de Macri y de los intereses que prefieren que deje de ser un factor influyente en la política argentina.

Pero ya no existe un poder objetivo que pueda sostener un manejo vertical y centralizado de las situaciones locales. La división en el bloque del Senado provincial de Buenos Aires es una muestra de esto: se está disputando el poder en el PJ bonaerense, aunque en los medios se presente como la separación entre un sector menos y otro más kirchnerista (o francisquista).

La militancia se afirma (la gran mayoría) en su identidad peronista. Los más, peronistas o no, mantienen un vínculo emocional con Cristina, aunque muchos de ellos no dejen de expresar rechazo a La Cámpora y al manejo “de arriba”. Todos, canalizan su bronca en Macri.

Esto es hoy. ¿Cómo sigue? En mi opinión, la realidad del peronismo que viene será -no en su contenido profundo, que requiere un análisis menos superficial que el que estoy haciendo ahora- en la construcción del poder político, decisivamente local.

Las próximas elecciones generales están previstas para dentro de un año y medio. Que es un lapso muy breve, sobre todo en las provincias más pobladas (excepto Córdoba) y en la Capital, donde no hay un gobernador peronista que conduzca el partido. Y serán legislativas. Es decir,  no habrá candidatos nacionales que arrastren votos (o los espanten).

Todas las candidaturas, en cada una de las 23 provincias y en la CABA, tendrán que construirse dentro de ellas mismas, para convencer a los votantes de ahí. La batalla en la provincia de Buenos Aires será, seguramente, la más importante. Pero la decidirán los votantes bonaerenses. Y -se gane o se pierda ahí- no cambiará el resultado de ningún otro distrito.

Por supuesto, el peronismo será ayudado, o perjudicado, por cómo reaccionen los votantes en todo el país a la gestión del gobierno de Macri (Perón solía decir “No es que nosotros hayamos sido buenos. Es que los que vinieron después eran tan malos…“). Pero hay algo que me parece evidente: los referentes del peronismo en el futuro serán los que hayan encabezado una lista de distrito en 2017. Y triunfado, claro.

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