REFORMA POLÍTICA Y CORRUPCIÓN

El nuevo gobierno – desde la perspectiva de largo plazo – por ejemplo, puede exhibir avances en materia política. De las demás áreas, esta vez, no vamos a hablar . Un avance, el acuerdo con distintas fuerzas en materia de reforma electoral; y otro, el acuerdo, con la inmensa mayoría de la sociedad, en materia de puesta en blanco y negro de la cuestión de la corrupción y de las formas perversas del clientelismo político. Ambos avances son buenos pero incompletos. Todo avance es, por definición, incompleto; de lo contrario sería un logro y no un avance. Y no digo logros. 

El avance en materia del método electoral se refiere al último escalón del proceso democrático. Las urnas y el recuento. Esta bien.
Pero “la” reforma política necesaria no es sólo eso. La reforma que necesita la política va mucho más allá. Aunque es imprescindible que la reforma incluya a la mecánica del voto.
Antes del último escalón hay muchas otras cosas. Por ejemplo, y desde el principio, la conformación de los partidos políticos.
Los partidos políticos son las “partes” en que se compone la voluntad nacional más allá de ser formalmente un instituto de la Constitución tan minusvalorado en la práctica como otros muchos. Veamos.
Hay voluntades políticas que se pueden sumar, son los Frentes; hay voluntades que se pueden coordinar, son los acuerdos; y hay voluntades enfrentadas.
Pero lo que es imprescindible es que, cada uno de los partidos, se constituya en torno a voluntades explícitas, lo que conforma un lenguaje sin el cual no puede haber diálogo que es el núcleo de existencia de una democracia.
Además la dimensión pedagógica de la política sólo se puede cumplir si los partidos son capaces de tener y explicitar una voluntad que, como toda voluntad, se proyecta hacia el futuro.
Esa voluntad debe expresar visiones sobre el proyecto cultural, sobre el funcionamiento institucional, sobre la vida económica en lo que hace a la maneras de la acumulación y las maneras de la distribución.
Es simple ¿cuál podría ser el mérito del mejor mecanismo electoral si el voto de los ciudadanos no hubiera merecido la consideración, con la información de los candidatos a ser elegidos, de esos temas centrales de la vida en común, la cultura, las instituciones, la vida económica?
La intensidad democrática no se completa con el mejor método de emisión y recuento del voto. Requiere previamente muchos pasos, y uno de ellos es la existencia de los partidos, la trayectoria de sus miembros y la explicitación de esas visiones.
El PRO – que domina el frente Cambiemos – en este sentido no es un partido. Tal vez lo sea en ciernes.
Por ejemplo, para muchos de sus integrantes o fundadores, el proyecto cultural “PRO” es una versión colorida de la “posmodernidad”, de las visiones light acerca de los valores, de la frivolidad perfumada, Miami y shopping. Digamos, es lo que representa el perro Balcarce sentado en el sillón de Rivadavia en lugar del busto de Sarmiento, o la idea de que “Hitler era un genio” o la de que “Stalin era un hombre refinado” o resaltar que “el Papa no tiene votos” o “Bergoglio … etc.” Tal vez la foto del Obelisco o la ballena, que no es tal, en un billete moneda nacional y ambas cosas en lugar de los próceres; o hacer una “limpieza energética” en el despacho presidencial, todas esas cosas compone una visión “Durand Barba” el numen cultural del presidente. Muy pobre.
Pero difícilmente sea ese el proyecto cultural de la mayoría de los que los han votado. Y sin ninguna duda no es el proyecto cultural de los seguidores de Lilita Carrió o de la mayor parte del radicalismo.
Por otra parte, Carrió y las huestes de la UCR tienen fuertes convicciones en materia institucional acerca de la República; y si bien han consentido muchos pasos como los dados en materia de DNU, difícilmente habrían llevado a cabo la designación de miembros de la Corte por DNU, aunque fuera por un rato. La mirada institucional del PRO no es la de sus socios.
Y finalmente en materia económica la idea del proyecto de acumulación, la gestación de inversiones hasta ahora manifestada, no se diferencia en nada del menemismo en el sentido de “libre comercio” y “afluencia de capitales extranjeros”. En este plano puede que Lilita esté cerca, pero los radicales están lejos. Y la mayoría de sus votantes difícilmente compartan las consecuencias. Y digo por ahora porque el del macrismo, si existe, es un pensamiento incompleto. Un borrador. Lo que, por otra parte, abre una posibilidad: que madure en el camino.
Es que elegir no es lo mismo que descartar. Y la “gente” del gobierno debería pensarlo. Porque primero Aníbal Fernández y Milagro Sala fueron descartados; y por eso arrasaron María Eugenia Vidal y Gerardo Morales; y que, en segundo lugar y por esas mismas razones, Daniel Scioli fue descartado.
Pero eso no es lo mismo que afirmar, muy sueltos de cuerpo, que Mauricio fue realmente elegido. No le quita mérito al triunfo. Pero lo aclara.
No ganó la estrategia del marketing light de Durand Barba. Perdió la ceguera de Cristina Kirchner. Porque Dios ciega a los que quiere perder.
¿A qué viene esto? Es que si la reforma política implica la necesidad de que existan partidos con sus proyectos explicitados y frentes con proyectos compartidos o acuerdos entre pensamientos parcialmente divergentes, lo primero que hay que hacer, aquí y ahora – para una auténtica reforma política – es comenzar por explicitar el contenido del partido dominante, pasar el borrador en limpio, encontrar su identidad y los puntos de convergencia con los aliados.
No lo hicieron antes porque basaron el triunfo en la campaña de marketing y la suerte los acompañó. Ganó la enorme suerte de la ceguera de Cristina que, sin ella, otro sería el presente. No fue el marketing el que ganó. Y cuidado que el marketing en el poder los puede hacer descarrilar.
Lo notable es que, además de la reflexión necesaria al interior del radicalismo, la verdadera reforma política nacional, requiere de la clarificación identitaria del peronismo como partido de oposición y, de hecho, de cogobierno.
Sin el peronismo – un peronismo que sea partido – el presente se puede tornar ingobernable en el sentido de convertir el período en uno de crisis sucesivas.
El peronismo ha perdido su identidad cultural. Hoy las voces más altas y más mediáticas están en las gargantas de los nostálgicos ex dirigentes del Partido Comunista como Martín Sabbatella, Diana Conti o Carlos Heller y vaya si esos proyectos culturales, todos a la manera de Eugenio Zaffaroni, pueden converger con las ideas puestas en práctica por el General Juan Perón. Si lo escucha ha de retorcerse en la tumba.
Y en materia institucional, el peronismo, inauguró en el país la presencia activa de las organizaciones sociales representativas, la concertación como un paso más adelante en la democratización de las decisiones colectivas. Nada más alejado de esa concepción de lo que pusieron en práctica Carlos Menem y el matrimonio Kirchner los que abrieron las puertas del Palacio con la única misión de escuchar los aplausos de adhesión obligatoria. Y de la misma manera en materia de las propuestas económicas, el peronismo, fue en su origen y durante las presidencias del fundador, el partido de la producción y de la producción nacional y por eso fue el partido de los trabajadores que adquieren todo su peso en el proceso de progreso a través del aparato productivo.
El período menemista no requiere ningún comentario aclaratorio para que el lector menos avisado reconozca en toda su política una clara definición enfrentada a la producción nacional.
Pero durante el kirchnerismo, y más allá de las condiciones dictadas por el marco externo, nada se hizo en materia de construcción de un programa de producción nacional. Pregúntese por inversiones industriales, excluido el procesamiento de soja, mayores a 1000 millones de dólares para responderse acerca de cómo la idea de producción nacional mueve el amperímetro.
Y si no lo tiene claro observe como el kirchnerismo eligió importar trenes completos o dilapidar 7 mil millones dólares año en la industria de armado de Tierra del Fuego y otro tanto en el desguace de la que fuera una industria automotriz.
Todas estas realidades ponen al desnudo la pérdida, no la transformación, de la identidad del peronismo. Y sin ella no hay partido.
La reforma política necesita, dijimos, primero la existencia de partidos, voluntades nacionales explicitadas, para poder cumplir con el mandato verdadero de la democracia.
Volvamos al principio.
Bien por la reforma electoral. Pero de nada vale si no se moviliza el debate, desde el gobierno, para que los partidos – y el del gobierno primero – revelen su identidad.
Todos sabemos que la prioridad es que el peronismo defina su identidad para que podamos hacer de esta etapa una de progreso democrático y no una de debilidad democrática que es lo que, de alguna manera, se ha puesto como una sombra que nos sobrevuela hasta que llegue marzo y los votos parlamentarios pongan palos o aires para que esto progrese o retroceda. Dijimos avance y ahí estamos.
El segundo punto en el que rescatamos avances en la gestión, desde la perspectiva de largo plazo, es en materia de puesta en blanco y negro de la cuestión de la corrupción y de las formas perversas del clientelismo político.
Nadie puesto frente a los hechos podría negar lo pedagógico, lo sanador, que es revisar todos los nombramientos de los últimos meses en las áreas públicas. Es absolutamente injustificable que la administración que está concluyendo su período designe cantidades de funcionarios salvo en los cargos que son imprescindibles para la tarea pública y que han quedado vacantes.
El crecimiento de la dotación, en proximidad al cese del gobierno, es inadmisible. Es una provocación. Y debe ser sancionada. Primero con el despido y si cupiera en el área judicial, porque implica despilfarro de los dineros públicos y alguien debe hacerse cargo de ello.
Es inadmisible que la dirigencia sindical se solidarice con esas designaciones. Ellos deberían haber tratado de evitar que ocurran en defensa de la carrera pública.
Es importante que la sociedad perciba que el clientelismo es sancionado y – fundamentalmente – que no se repetirá.
A manera de memoria para dirigentes sindicales peronistas, es bueno recordar que en la última presidencia del General Perón, al hacerse cargo del poder, no se removió a ningún Director Nacional de carrera y tampoco se designaron funcionarios que no fueran los asesores y cargos políticos que dejaron sus puestos, en cada ministerio, con la partida del ministro. Respeto al trabajo y a la estructura del Estado: valores.
Y finalmente la corrupción. Más allá de las acusaciones a funcionarios de todas las jerarquías del poder que fueron ventiladas durante las presidencias de Cristina, hoy se ha puesto en marcha la investigación sobre lo que, en si mismo, se trata de un modelo de corrupción del Estado: me refiero al caso Milagros Sala que – más allá de sí se quedó o no con un vuelto – es un modo de corrupción del Estado por la vía de la “privatización de los recursos públicos”.
No es que me acoplo a una “moda”, en esta misma columna escribí hace tiempo que “El peronismo de Carlos Menem, ejecutó la “ausencia activa” del Estado, privatización y desregulación … autocontrol de los mercados que nos legó la catástrofe de 2001 … y sembró las semillas de la hoy pujante nueva oligarquía de los concesionarios a la que, en los últimos tiempos, hay que sumarle las “organizaciones sociales” dedicadas a reemplazar al Estado, con recursos del Estado, para capitalizar políticamente las políticas públicas. Ejemplos hay desde “Sueños compartidos” hasta Milagros Salas. A los nuevos oligarcas a la rusa la fama los expone; y pocas veces la realidad, a causa del sistema protectivo, los corre como a los Eskenazi” “El remate del Estado, su privatización, es el fundamento material de la nueva oligarquía que impone su visión particularísta y también del surgimiento de organizaciones como las de Milagro Sala, y muchas otras, que reemplazan al Estado para ejecutar las obras del Estado. Claro que con recursos que los ciudadanos entregan al Estado y que, esas organizaciones, capitalizan en “poder” como sustantivo”.
Lo cito, porque la “corrupción del Estado” – más allá de los delitos penales que seguramente en todas estas cosas están – consiste en reemplazar la función del Estado con los recursos públicos por organizaciones privadas que inevitablemente, con esas masas de recursos, construyen “poder”.
Es lo primero que atenta contra la política, en el gran sentido de la palabra. Porque Milagro Sala y los lobbies privados, al fortalecerse con recursos del Estado, debilitan la democracia y corrompen al Estado y a la política.
Esta muy bien el proceso investigativo a Milagro Sala. Y esta muy bien que el estado jujeño recupere el control de los recursos públicos. Está muy bien que Juan Manuel Urtubey lo haya esclarecido y que haya impedido el avance de esa organización en Salta. Es un principio peronista sostener las funciones propias del Estado.
Y poner al descubierto e investigar a Milagro Sala es un avance de este gobierno y de sus aliados. Pero sólo un avance.
Porque al mismo tiempo y a la misma hora está el lobby petrolero consiguiendo de este gobierno (se lo dio Cristina) entre 4 y 6 mil millones de dólares anuales de subsidio, escandaloso, del 100 por cien por la extracción de cada barril de petróleo que, como ha aclarado AlietoGuadagni, experto en la materia, irán a parar en su inmensa mayoría al bolsillo de los petroleros privados y extranjeros.
Ellos seguramente harán apoyos y publicidad en el futbol para que la sociedad los aplauda.
Por ejemplo Milagro Sala así se ha convertido en militante social con dinero público y asi tendremos empresas petroleras benefactoras con dinero público.
El mundo al revés con la plata de todos porque el Estado estúpido corrompe o se deja corromper.
La verdadera reforma política es mejorar el voto, pero construir partidos políticos con visiones y pedagogía; y también recuperando un Estado que administra y ejecuta sus recursos y que no los rifa sin dar cuenta y haciendo el papel de estúpido llenando el bolsillo de los concesionarios o concesionando la tarea de gobierno a “militantes sociales”.

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