LA META DESEADA: CÓMO LOGRARON BAJAR LA INFLACIÓN OTROS PAÍSES

Antes de ser ministro de Hacienda y Finanzas, durante la campaña electoral, Alfonso Prat-Gay dijo que la eliminación del cepo cambiario y la consiguiente suba del dólar oficial “no afectarían prácticamente a nadie”. Pero la realidad es que los precios subieron: diciembre tuvo una inflación de alrededor de 4%, según diferentes consultoras, en tanto que en enero el índice rondó el 3 por ciento.

Para los próximos meses se sumará el efecto del alza de tarifas de servicios públicos, que no sólo afecta a las facturas de electricidad y gas que llegan a cada hogar, sino que puede tener también su incidencia en el precio de diferentes productos, según ya se advirtió. La canasta básica de alimentos, es decir, la integrada por los bienes más sensibles, se encareció 7% sólo en diciembre y otro 3% en enero, según la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL).

Para este año, Prat-Gay apunta a una inflación que no supere el 25%; su plan es que luego el índice se reduzca progresivamente hasta el 5% en 2019. Bancos y consultoras, por su parte, prevén que la tasa de este año será, en promedio, de 32,6%, según el último relevamiento de la firma FocusEconomics. ¿Cómo reducir el índice de suba de precios y, principalmente, cómo hacer para que se mantenga bajo?

La respuesta pueden encontrarse en lo que han hecho otros países para pasar de una inflación considerada moderada, de entre 15% y 30% anual, como la que tiene la Argentina desde hace nueve años, a una baja, inferior a 10% anual, según la terminología y las categorizaciones usadas por los economistas que estudian el fenómeno. Los ejemplos abundan, aunque es difícil encontrar alguno que sirva como modelo exacto para el caso argentino por el contexto, el momento y la región en que ocurrieron. El economista Fernando Morra, profesor de la Universidad de La Plata, elaboró en 2014 su tesis de maestría sobre este tema, y contabilizó 108 episodios de inflación moderada en 76 países desde 1960 hasta 2011, aunque de ese grupo, solamente la Argentina se encuentra en esta situación en la actualidad.

De los casos estudiados, en más de la mitad (54%) se logró bajar la inflación. En un 31%, los países sufrieron “reversiones breves hacia rango de inflación moderada y alta” y un 15% acabó con un índice de precios al consumidor (IPC) elevado, como ahora ocurre en Venezuela.

En promedio los países demoraron unos cuatro años para pasar de una inflación moderada a una baja. Es decir, tanto como lo que durará el propio gobierno de Mauricio Macri y tanto como Prat-Gay dijo que tardará en llevarla a 5% anual.

Algunos países la han bajado en sólo un año, pero sus economías son muy distintas que la argentina. Se trata de Etiopía, Kenia o Togo. En dos años lo logró Costa Rica, pero en otra época: entre 1975 y 1976; Israel, entre 1992 y 1993 y Nueva Zelanda, entre 1988 y 1989. Grecia demoró nueve años; Hungría, ocho; Italia y México, siete; Corea del Sur, seis; Polonia, cuatro; Rusia, tres; España, 11. Los estudiosos argentinos del asunto, como Morra o los investigadores Daniel Heymann y Martín Rapetti, coinciden en tomar como ejemplos más cercanos los de Chile y Colombia, que tuvieron etapas de desinflación de 14 y 11 años, respectivamente. Sin embargo, Morra advierte de que tampoco son casos igualables al argentino.

Prat-Gay y el ex presidente Néstor Kirchner discutían respecto de si el primero, por entonces presidente del Banco Central, quería enfriar la economía bajando la inflación. En aquellos primeros años del kirchnerismo la Argentina crecía mucho. No es el caso de los últimos años. Pero el temor a que la economía crezca por debajo de su potencial en procesos de desinflación, existe siempre. En su tesis, Morra comprueba que en el 51% de los casos analizados los países se expandieron por encima de su promedio histórico en los años de reducción de la inflación. En el 42% crecieron por debajo de su potencial, incluidos Chile y Colombia, aunque ambos, de todos modos, elevaron su PBI a lo largo del período. A partir de ello, el profesor de La Plata prefiere evitar conclusiones drásticas.

El historiador económico Mario Rapoport, profesor de la Universidad de Buenos Aires (UBA), se pregunta “para qué y para quiénes bajar la inflación, quiénes ganarán y quiénes perderán” porque “se la entiende como un mal absoluto, pero puede haber problemas más importantes”, como el crecimiento y el empleo. Pone como ejemplos de inflación cero la Europa actual, los Estados Unidos de los años 30 o la Argentina de los 90, todos con elevada desocupación. Morra evalúa que una suba de los precios al consumidor superior al 10%, en el tiempo acaba impactando en la expansión económica porque acorta el horizonte de planeamiento de las inversiones. De todos modos, insiste: “La inversión no sólo es cuestión de la inflación, sino que incluso en períodos liberales y de baja inflación como los 90 hubo fuga de capitales permanentes”. También está la discusión de si la rebaja debe ser gradual o drástica, con el eventual impacto en términos de contracción económica y alza del desempleo.

¿Qué hicieron Chile y Colombia entre principios de los 90 y comienzos de la década siguiente? Adoptaron una estrategia de metas de inflación, aunque en el caso colombiano éstas no se hicieron explícitas. Eso significa que, una vez definido el objetivo de cada período, el Banco Central encamina sus estrategias, con el uso de las herramientas que tiene disponibles, en pos de lograrlo. Además, matizaron ese enfoque ortodoxo con otras herramientas. Por ejemplo, intervinieron en el mercado de cambios e impusieron controles de capitales para evitar una apreciación excesiva de sus monedas. También se ganaron la credibilidad de los actores económicos y así evitaron que las devaluaciones se trasladaran demasiado a los precios de los bienes y servicios.

“Chile y Colombia comenzaron a financiar al fisco en el mercado en lugar de recurrir al Banco Central, ayudados por un contexto externo propicio en cuanto al flujo de capitales”, observa Morra. Y añade que la Argentina requiere solucionar su conflicto con los fondos buitre para evitar que la autoridad monetaria sea dominada por el déficit fiscal, y para que así queden márgenes para el diseño de la política monetaria.

Como los salarios suelen negociarse por la inflación pasada y no por la futura, en ambos países el poder adquisitivo fue subiendo. Pero como el proceso se dio de manera gradual tampoco es que se acordaron cada año aumentos de sueldos mucho más altos que el índice de inflación que sobrevendría en los siguientes 12 meses. En Chile inicialmente el desempleo se mantuvo bajo, pero al final del período de reducción de inflación comenzó a subir hasta alrededor de 10 por ciento. En Colombia, en cambio, la desocupación saltó de ese nivel a 20%, aunque Morra advierte de que también influyó allí el proceso de privatizaciones, apertura y desregulación económica de los 90, que en Chile ya había ocurrido antes.

Pero en los dos países hubo otra variable clave para disminuir el alza de los precios y fue que ambos partían de una inflación moderada con tipo de cambio alto, es decir, un dólar caro, y usaron como herramienta antiinflacionaria la paulatina apreciación de sus pesos. En cambio, la Argentina de Macri partió de un tipo de cambio bajo, es decir, de un dólar barato, que al quitarse el cepo se encareció e impulsó la inflación. En Chile y Colombia hubo margen para apreciar el peso de cada país y elevar los salarios más que la inflación y el dólar. Chile venía de 17 años de dictadura de Augusto Pinochet que había reprimido la mano de obra. En la Argentina, Macri partió de salarios que en casi todos los 12 años de kirchnerismo, en alianza con buena parte de los sindicatos, subían más que el índice de inflación. “Es más fácil actuar sobre la inflación cuando el tipo de cambio y las tarifas de los servicios públicos se pueden usar como amortiguador”, observa Heymann, profesor de la Universidad de San Andrés. Pero en el caso argentino, donde las tarifas de servicios se mantuvieron congeladas por años, se busca bajar la inflación y, al mismo tiempo, se concreta el anunciado incremento de los precios de servicios públicos, aunque manteniendo tarifas sociales para los sectores vulnerables de la población.

“2016 no será un año de baja de inflación sino de suba”, opina Rapetti, investigador del Centro de Estudios Estado y Sociedad (Cedes). Calcula que “en un escenario benévolo tocará un pico de 35% en el segundo semestre”, y por eso razona que aplacarla será tarea de fines de 2016 o principios de 2017, año de elecciones legislativas. “La democracia chilena -que regresó en 1990- la bajó, pero los sindicatos eran muy colaborativos porque formaban parte del gobierno y venían de dos décadas de represión. Gradualmente se fueron bajando las pautas de inflación con una coordinación de políticas fiscal, monetaria y salarial, sin impulsarlas demasiado”, recuerda Rapetti.

“Fueron procesos lentos, persistentes, teniendo en cuenta la inercia inflacionaria que había”, relata Heymann al referirse a los casos de Chile y Colombia. “No da para shocks sino para políticas que cuiden la evolución de la economía. Hay una discusión sobre las metas de inflación porque hay una diferencia entre cuidar la inflación y que la política monetaria sólo se ocupe de ellas, abstrayéndose de otras variables macroeconómicas. Lo que uno tiende es a regímenes de cierta estabilidad que permitan contratar en moneda nacional”, amplía el profesor de San Andrés, La Plata y la UBA. Las terapias de shock contra la inflación suelen ser más efectivas cuando ésta es alta, y no moderada, pero hay excepciones.

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De alta a moderada

Israel es otro ejemplo de cómo se baja de una inflación moderada a una baja. Lo hizo con instrumentos similares a los de Chile y Colombia. Aplicó un plan al mismo tiempo que el gobierno de Raúl Alfonsín imponía el Austral, en 1985, doblegó la inflación alta, pero se quedó un tiempo largo con una moderada hasta que la bajó de una vez. Israel pasó de 185% de inflación en 1985 a 19,6% al año siguiente, pero se mantuvo con un índice moderado hasta que bajó de 18% en 1991 a 9,3% en 1992. Claro que después sufrió altibajos, con inflación considerada baja (menor al 15%) pero por encima del 10%: 11,2% en 1993, 14,4% en 1994, 8,1% en 1995, 10,5% en 1996, y sólo a partir de 1997 ya no volvió a superar 10 por ciento.

La Europa del sur, es decir, Italia, España y Grecia vivían con inflaciones moderadas en los 60 y 70. Italianos y españoles lograron mermarlas en los 80, con gradualidad y bandas de flotación de sus monedas que evitaran las recurrentes devaluaciones en busca de competitividad que solían ocurrir antes. Grecia lo hizo en los 90. Todo este camino desembocó en la creación del euro, para acabar con las monedas débiles y las inflaciones altas del sur europeo. “Grecia compró estabilidad y credibilidad a costa del euro, pero ahora se ve que es importante la flexibilidad de política económica”, advierte Heymann sobre las ataduras de la moneda y la política al respecto, como sucedió con la convertibilidad.

“Hay que recuperar la reputación, pero haciendo política económica, en un mundo que está lleno de impulsos y shocks”, aboga el economista. Dice que hay que hacer uso de las políticas monetaria y cambiaria, por ejemplo, para alentar la economía y contrarrestar impactos negativos que puedan llegar desde el exterior. Este es el desafío entonces de Prat-Gay y del presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger.

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