LOS CASCOS BLANCOS MERECEN SER REVALORIZADOS

Hace dieciséis años –en noviembre de 1999- la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobaba por consenso una propuesta argentina, copatrocinada por un extenso grupo de países entre los cuales estaban los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Lo que se establecía era consagratorio para los Cascos Blancos (CB): evaluaba elogiosamente sus logros y les asignaba, para ejecutar acciones humanitarias, un papel similar al que tienen los Cascos Azules (CA) para las operaciones de seguridad. Cuando me tocó, en representación del gobierno argentino, fundamentar la resolución ante el alto cuerpo, expresé que continuaríamos honrando las responsabilidades que nos correspondían como país creador y, hasta allí, motor de la iniciativa, pero que aspirábamos sin embargo a ser sólo uno más, en un emprendimiento que abarcara idealmente a todos los países, como aportantes de recursos humanos y/o económicos a ese instrumento de solidaridad global.
Desde la creación de los CB hasta aquel momento, habían pasado cinco años de una intensa actividad en dos planos. Uno fue la ejecución de unas cincuenta misiones, que participaron en buena parte de las crisis humanitarias ocurridas en el mundo. En todas ellas hubo participación argentina y, en forma progresiva y creciente, también de otros países, que proporcionaron voluntarios, fondos o ambas cosas. La otra línea de acción fue diplomática: ampliar el apoyo y participación, lo que se fue logrando progresivamente, con contingentes y financiamiento de variado origen nacional para las misiones realizadas.
Los CB son voluntarios de alto nivel de capacitación profesional, reclutados y organizados por los gobiernos y puestos a disposición de la ONU la que, a su vez, los despliega cuando se le requiere asistencia humanitaria, los coordina y les da bandera. Las misiones, en las que participan equipos de voluntarios de uno o más países, son financiadas desde un fondo especial que administra la ONU y se integra con contribuciones voluntarias de las naciones miembro, así como aportes multilaterales, de ONGs y privados.
La elección del nombre Cascos Blancos tuvo obviamente en cuenta el antecedente de los Cascos Azules, con los cuales tienen similitudes y diferencias. Ambos se integran con contingentes de diversa nacionalidad, bajo bandera de Naciones Unidas. Pero los CA tienen un objetivo militar, mientras el de los CB es específicamente humanitario; y en tanto los CA son soldados profesionales, los CB son voluntarios civiles.
Las características del voluntario tipo surgen de promediar los datos de los más de 2000 que pasaron con éxito las pruebas de selección en nuestro país. Se trata de un hombre o una mujer de unos 30 años de edad. Ejerce como médico, agrónomo, ingeniero, enfermero, abogado o cualquiera de las profesiones que es imaginable utilizar en la asistencia humanitaria. Domina por lo menos un idioma extranjero y su índole psicológica lo hace apto para manejarse en las condiciones, con frecuencia traumáticas, que deberá enfrentar en las misiones. Su interés en postularse como CB nace, esencialmente, de su preocupación solidaria.
Los Cascos Blancos demostraron ser un potente instrumento de política exterior que, en su momento, dio prestigio y protagonismo al país. Hoy, al borde de la inexistencia, vegetan como un pequeño nicho burocrático. El gobierno del presidente Macri tiene ahora la posibilidad de dar nueva vida y establecer como política de Estado a lo que fue un logro argentino valorado internacionalmente.

Octavio Frigerio es ex diputado nacional y fue secretario de estado como titular de Cascos Blancos

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