AJUSTE, CAMBIO Y POLÍTICA

Interrogantes para el comienzo de un camino

¿Se puede ajustar manteniendo salarios y empleo, en el marco de una economía que busca modernizarse y que, además, tiene la infraestructura destrozada, el sector público elefantiásico e inútil y cerradas las puertas del financiamiento por haber ganado la fama de tramposa con sus deudas?

Todo se puede. Los requisitos, sin embargo, son varios:

En primer término, la capacitación de la fuerza laboral que gane competitividad, es decir que esté en condiciones de producir más  barato que los competidores del mercado global. No se trata de bienes de baja calidad –ya que para ello deberíamos bajar los salarios tal vez a los niveles más bajos del mundo- sino de alta calidad, pero a menor precio que los competidores.

La gran dificultad es que la capacitación se logra sólo en el mediano plazo y con una política adecuada, tanto educativa como de readiestramiento para desarrollar las áreas de mayor chance competitiva, enfocando en ellas el esfuerzo de inversión, tecnología y protección circunstancial. Y viene unida indisolublemente al segundo requisito.

Éste es la modernización empresaria. Automatización, ahorro energético, reingeniería del mercadeo para llegar al mercado global, integración a la cadena productiva de los circuitos mundiales de inversiones, comercio, tecnología, financiamiento. Producir bienes de alta calidad y a buen precio implica trascender el estadio de cosas baratas y ordinarias para un limitado mercado protegido. Al contrario, la meta es vender al mundo cada vez más bienes valiosos.

En tercer lugar, la reconstrucción de la infraestructura. Pocos serán atraídos para invertir en un país que no tenga rutas, ni ferrocarriles, ni comunicaciones, ni puertos ni aeropuertos adecuados. Una sociedad en la que no se pueda hablar por teléfono o no cuente con una red moderna y barata de abundantes puntos de acceso a Internet, con velocidad, seguridad y eficiencia.

En cuarto término, la reconstrucción del Estado para poder recuperar su función de garante de la aplicación de las normas. Esto implica una administración neutral altamente profesionalizada, una justicia independiente y la escrupulosa erradicación de la corrupción, las redes delictivas, la violencia y el narcotráfico.

¿Qué hacer mientras eso se logra? No hay otra solución que la redistribución forzada de las rentas en el límite que lo permita la economía, que no es, obviamente, la capacidad de emitir moneda, como en forma tosca lo cree el populismo. Es un virtuoso diseño en las instituciones de distribución del ingreso nacional que asuma sus límites económicos, sociales y políticos, así como la necesidad de inversión.

La sociedad actual ya no admite decisiones drásticas traducidas en amplios contingentes de desempleados, en la indiferencia por las consecuencias de una caída abrupta en las finanzas individuales de miles de personas o en volcar su peso en los ciudadanos comunes que han tenido escasa influencia en las decisiones públicas. Una política impositiva inteligente es una necesidad ineludible y junto a la política social deben establecer el “piso” pero, a la vez, estimular el esfuerzo.

¿Cómo encarrilar entonces las demandas cruzadas de modernización e inclusión?

Las respuestas son integrales y no admiten parches. Es tan importante la profesionalización urgente del Estado como la modernización de la infraestructura, el readiestramiento laboral como la reingeniería empresaria, la aplicación de las normas vigentes y una justicia independiente. Todo eso, cuidando la equidad distributiva para neutralizar las aristas más lacerantes que surjan en el proceso de cambio.

Ello significa adecuadas políticas sociales, piso ciudadano generalizado -para que quienes no estén capacitados no queden excluidos por falta de trabajo, pero tampoco se estimule el ocio-, fuerte estímulo fiscal a la reinversión, normalización más que urgente de las relaciones con el sistema financiero global y apertura cuidada pero creciente del país desde y hacia el mercado global.

Las tradicionales “picardías” corporativas son una gran amenaza para el éxito del despegue. Entre ellas están quienes aprovechan el desorden coyuntural que instala la inflación para tomar ventaja apoyados en su capacidad oligopólica de formar precios, y desatan la respuesta defensiva de quienes deben defender el salario, último eslabón de una cadena de desfalcos que inicia el Estado con la irresponsabilidad fiscal, siguen los empresarios con su irresponsabilidad al momento de formar precios y terminan los gremios con el chantaje social. Pero también quienes desde la política formulan sus estrategias calculando las chances del fracaso, con indiferencia sobre lo que éste significa para el conjunto nacional.

¿Por qué “apertura” cuando esa bandera se consideraba tan negativa en el viejo paradigma? La apertura y el aislamiento no son buenas ni malas por sí mismas. El cierre es compatible con el mundo del siglo XX, basado en las economías autárquicas, los mercados internos como prioridad absoluta, la sustitución de todo lo que se importare por producción nacional, Estados gigantes, relaciones externas que incluyan un fuerte componente militar, en síntesis, “todo lo propio es bueno, todo lo externo es malo o sospechoso”.

Ese paradigma llegó a su límite con la globalización de los flujos financieros en tiempo real, del comercio, de las cadenas productivas y la diversificación –que marcha hacia la meta de la “individualización”, con las impresoras 3D- junto a la gigantesca dimensión del mercado global como ámbito de realización de la ganancia empresaria. Es incompatible con la revolución tecnológica, imparable e incremental, en cuya marcha estamos todos inmersos.

El mercado global, que en el mundo anterior era un privilegio de los Estados y las grandes corporaciones, hoy es el escenario de toda decisión de inversión, incluso individual. Las más grandes empresas no son ya gigantes del petróleo y del acero que tenían en el mercado internacional su privilegiado coto de caza, protegido por los Estados que ellas dominaban.

La permanencia transgeneracional de los grupos empresarios, característica del siglo XX, desapareció. Las empresas de mayor capitalización bursátil –las más grandes, de mayor riqueza, más empleos, mayor flujo de ingresos, de mayor capital-, desde comienzos raquíticos llegaron al podio menos de tres décadas: Apple, Microsoft, Amazon, Google, Facebook-. Apple sola equivale al 120 %  del PBI argentino.

El dinamismo del mundo actual no garantiza nada a nadie, pero como contrapartida, no cierra las puertas a nadie. Cualquiera, en pocos años, puede pasar de la nada a la cumbre. Pasa en la economía y pasa en los países. La mejor demostración es Corea, pero también los Tigres Asiáticos, China y el propio Vietnam.

¿Puede recorrer un camino parecido un país con la inercia corporativa del nuestro?

Puede, pero también hay condiciones: comprensión del proceso integral, cooperación entre sus actores, erradicación del razonamiento bipolar y disposición al consenso. En pocas situaciones es tan imprescindible el papel maduro y consciente de las dirigencias políticas, sindicales y empresarias, la responsabilidad social del Estado y un sector intelectual sin telarañas mentales.

Un enemigo es cualquier brecha  que limite la capacidad del análisis y razonamiento conjunto. Un aliado es la capacidad de diálogo.  Un enemigo es la “picardía” de la ventaja corta, política, empresaria o gremial, perjudicando al conjunto. Un aliado es la disposición a entender la situación ajena y a adoptar las medidas necesarias a fin de que nadie sufra el cambio, sino lo disfrute.

Y, aunque nos “haga ruido” por su tufillo personalista, un sano liderazgo democrático y transformador será tal vez el catalizador imprescindible ante  una sociedad con una notable herencia político-cultural presidencialista.

¿Es posible en el mundo actual aplicar el viejo paradigma? La respuesta se encuentra mirando alrededor. Los únicos ejemplos subsistentes son Venezuela y Corea del Norte. El resto del mundo, incluidos los que discuten por miradas religiosas o hegemonías regionales, con sus matices están sumados o quieren sumarse a la economía global.

No entenderlo es condenarse al ostracismo, el atraso y la violencia.

Hasta Cuba lo ha entendido en la región, buscando ansiosamente romper su aislamiento de décadas nada menos que con su “enemigo imperial”. También Irán, acordado con el “Gran Satán” para poder      integrarse al mundo financiero, económico y tecnológico.

¿El proceso de cambio es necesariamente traumático? No. La condición es que las élites –política, gremial, empresaria- lo conduzcan con sentido social e inteligencia estratégica. Los grandes acuerdos son el camino para los grandes desafíos, como los que tiene nuestro país por delante. Si no lo hacen, el cambio será traumático porque la realidad se impondrá por sí misma, sin las mediaciones de  una modernidad consciente.

¿El proceso de cambio es necesariamente traumático? No. La condición es que las élites –política, gremial, empresaria- lo conduzcan con sentido social e inteligencia estratégica. Los grandes acuerdos son el camino para los grandes desafíos, como los que tiene nuestro país por delante. Si no lo hacen, el cambio será traumático porque la realidad se impondrá por sí misma, sin las mediaciones de  una modernidad consciente.

¿Tiene en claro esto el gobierno? Da la impresión que sí, por su persistente insistencia en abrir canales de diálogo con empresarios y sindicatos, la resistencia a ceder al revanchismo en su política de medios, su consciente gradualismo económico que pone nerviosos -y con razón- a los economistas más rigurosos y hasta su obsesiva búsqueda de puentes con la oposición parlamentaria. El único sector cerrilmente opuesto al resurgimiento argentino es el ala más irracional del kirchnerismo, que se viste de una épica teatral impostada desinteresada del futuro y montada en las consecuencias de su patética gestión de los últimos años, de cuya inoperancia y megacorrupción no se hace cargo.

El resultado de esta pugna no es menor ya que el camino iniciado es la única forma en que los más fuertes –los más ricos, los más capacitados y relacionados, pero también los más inescrupulosos y los más indiferentes por la suerte del conjunto-  no terminen siendo, paradójicamente,  los beneficiarios finales de una sociedad más polarizada y violenta.

Al final, todo se reduce a un dilema: solidaridad responsable o caos.

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