¿PAUSA O REVERSIÓN DEL PROCESO DE GLOBALIZACIÓN?

Para algunos analistas, el proceso de globalización mundial (que se inició en el Renacimiento, se aceleró con la Revolución Industrial y se volvió explosivo luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial) parece haber perdido impulso en los últimos años, y hasta incluso podría estar revirtiéndose. Ellos basan esta afirmación en la incipiente baja –ínfima- de la relación entre las tasas de crecimiento del volumen del comercio internacional y de los volúmenes de producción de bienes y servicios a nivel mundial.
Sin embargo, la historia nos muestra que este cociente ha fluctuado muchas veces y que el ritmo de crecimiento del comercio internacional es sólo una de las variables que se ven afectadas por un proceso de globalización; hay otras que son igualmente importantes para medir su magnitud y tendencia, como los cambios en los movimientos de capitales, de personas y de ideas.
El primer gran proceso globalizador se dio entre 1870 y 1913, y se reflejó en un gran crecimiento del comercio internacional (el comercio internacional pasó del 9% al 16% del PBI), en enormes crecimientos de los flujos de capitales (tanto de inversiones directas como de flujos financieros puros) y en grandes migraciones humanas (especialmente desde Europa hacia los EE.UU., Argentina, Canadá y Australia). La Argentina moderna es el reflejo de esto.
La Primera Guerra Mundial inició un proceso de reversión de este proceso globalizador, tendencia que se fortaleció durante la Gran Depresión de la década de 1930 y la Segunda Guerra Mundial, con lo que la relación entre comercio y PBI volvió a valores similares a los de 1870. Algunos analistas plantean que estos conflictos estuvieron parcialmente impulsados por cambios económicos y sociales cuya velocidad superó la capacidad de adaptación cultural.
El segundo gran proceso globalizador se inició hacia fines de la década de 1940 y continúa sin retroceso (aunque con pequeñas pausas) hasta la actualidad, con volúmenes de comercio que representan el 40% del PBI mundial, mercados de capitales mundiales casi totalmente integrados y gran movilidad de personas (limitada por restricciones en algunos países) y de ideas (el desarrollo de Internet ha potenciado este flujo de manera explosiva).
Algunos analistas atribuyen el menor crecimiento del comercio internacional a una nueva ola proteccionista. A pesar de que esta tendencia existe (más en lo declamatorio que en la práctica), hay otros factores que pueden explicar esta tendencia. Uno de ellos es la mayor participación de los servicios en el PBI y el menor crecimiento del comercio internacional de este rubro en relación al de los bienes. Entre 1980 y 2015, el crecimiento del volumen del comercio de bienes fue casi el doble que el crecimiento del PBI y del comercio de servicios. Esta diferencia casi desapareció en los últimos cuatro años. En la actualidad la participación del sector de los servicios en el PBI mundial se aproxima al 65% mientras que en 1970 era inferior al 50% y en 1950, inferior al 40%.
Si bien el ritmo de crecimiento del comercio puede estar desacelerándose, lo contrario está sucediendo en el campo de las ideas. A pesar de las numerosas formas de medición del ritmo de crecimiento de intercambio de ideas (cantidad de personas con acceso a Internet, frecuencia de uso, participación en redes sociales, número de consultas, etc.) no existen dudas de que su crecimiento ha sido explosivo y está contribuyendo a una nueva forma de globalización. Es evidente entonces que el proceso de globalización no se ha detenido, sino que ha tomado formas nuevas. Los desafíos son quizás más importantes que antes, y sólo comparables al movimiento de personas (migraciones).
Siempre se dijo que el ser humano es sociable por naturaleza y dos de sus objetivos más importantes –la supervivencia y la procreación- dependen de manera crucial de su interacción con otros seres humanos. Los avances de los medios de comunicación multiplican las alternativas para el alcance de estos objetivos. En mi opinión, los procesos de globalización son consecuencias casi inevitables del carácter social de las personas y de los avances –con menores costos- de los medios de comunicación (transporte y otras formas de comunicación). Las instituciones son los mecanismos ideados para aprovechar las oportunidades y minimizar los conflictos inherentes en esta interacción.
Estos procesos de interacción, y el enfrentamiento a un mundo cambiante, generan siempre un conflicto entre dos características del hombre: la curiosidad por lo nuevo (¿Qué habrá detrás de esa montaña?) y el temor a lo desconocido (¡Este pedazo de tierra es mío!). Estos comportamientos primitivos están presentes en el hombre de hoy; la diferencia consiste en que en el pasado los cambios eran graduales, producto de la lentitud de los cambios en los medios de comunicación y en el transporte, y hoy, en cambio, son vertiginosos.
Recientes avances en el campo de la neurobiología muestran que un importante porcentaje de la actividad de nuestra mente está relacionado con las actividades sociales, y el descubrimiento en la década de 1990 de las llamadas “neuronas espejo” lo confirma. El descubridor de estas neuronas, Giacomo Rizzolatti, describió dicho proceso: “Somos criaturas sociales. Nuestra supervivencia depende de entender las acciones, intenciones y emociones de los demás. Las neuronas espejo nos permiten entender la mente de los demás, no sólo a través de un razonamiento conceptual sino mediante la simulación directa. Sintiendo, no pensando”.
Adaptarse a un mundo cambiante no implica desechar la cultura nacional o las instituciones propias de un país; por el contrario, el desafío consiste en poder incorporar los aspectos positivos de tales cambios sin abandonar los elementos culturales e institucionales propios que constituyen la identidad nacional. El proteccionismo y el aislamiento cultural no contribuyen a la mejora del bienestar de la humanidad, sólo protegen a ciertos sectores a costa de otros sectores dentro del mismo país. El desafío de todos los países es cómo lograr que los beneficios de la globalización superen a sus costos, y que estos beneficios lleguen a la mayoría de la población.

Ricardo Arriazu es economista

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