SUPERAR EL MIEDO AL ISLAM

Se sabe que la generalización es hija de la ignorancia y madre de la intolerancia que nos hace obrar por temor a lo desconocido. No obstante, el “miedo al Islam y los árabes” recrudece en Europa y Norteamérica. Se admite que tripulaciones de aviones comerciales se nieguen a transportar pasajeros “de aspecto muy musulmán”. Incluso una falta de ortografía (“terorist” por “terraced”) es capaz de desatar el interrogatorio policial y allanamiento de la casa del niño musulmán de 8 años que la comete. Y ello sin detenernos en agresiones físicas o medidas que legitiman este racismo cultural, impensables antes en estados que promovían la aceptación de la Diversidad Cultural y los Derechos Humanos.

Sucede que lo que brinda sensación de seguridad inmediata es la distancia (física o simbólica), y lo que mejor la incrementa son los aspectos indeseados para el “nosotros colectivo”, por lo cual se acaba definiendo al islam y los árabes como aquello que “no somos ni deseamos ser”. Hace tiempo que resulta un desafío encontrar imágenes y noticias sobre ellos neutras o positivas. El resultado es un conjunto de expectativas negativas para el que resulta más verosímil que represente al Islam quien comete cualquier acto condenable, que su rechazo por millones de musulmanes. Al igualar seguridad, distancia y autoridad, se torna casi imposible adquirir el conocimiento recíproco necesario para controlar este miedo, pues la distancia con aquello que desagrada o se teme, despoja de autoridad moral todo lo vinculado a lo así percibido. Por eso, cuanto mayor la distancia con el objeto rechazado, mayor es la autoridad conferida para juzgarlo. Se tiende entonces, a creer más en quien juzga la película por lo que le contaron, que al crítico que no requirió de subtítulos para entender el film y conoce a sus actores por haberlos entrevistado. Sus condiciones profesionales se leen como “proximidad que compromete su imparcialidad”. Por eso prevalecen las opiniones sin experiencia personal, formación científica o dominio de los idiomas en los que se expresa esa geografía humana y textual, mientras menguan los análisis de quienes poseen esas condiciones de idoneidad, exigidas en cualquier otro caso. Las primeras suelen no “dar más que lo que se espera que den”: justificar el miedo que a la vez justifica hacer “excepciones” a partir de juzgar al todo por una parte, a pesar incluso de que la inmensa mayoría de ese todo rechace a esa “parte” como parte de él. Este “consenso del miedo” elimina incluso procedimientos científicos institucionales, como bien ilustra la adopción de la palabra árabe “Yihad” por la nueva edición del Diccionario de la Lengua Española, con el único significado de “guerra santa de los musulmanes”, omitiendo que en árabe solo significa “esfuerzo”, y confirmando la imaginaria naturaleza violenta del islam.

Contra ejemplo esperanzador es la sensibilidad popular argentina que aún se resiste a ese consenso desde su bicentenaria experiencia barrial, con “sus” árabes y musulmanes, cuya sabiduría nuestra educación pública debería aprovechar para superar ese miedo cultural al islam, hoy y aquí todavía en ciernes, pero que mantiene sumidas a esas otras sociedades en las tinieblas que subyacen entre el mito y el espanto.

Hamurabi Noufouri es Director del Instituto y la Maestría en Diversidad Cultural  de la UNTREF

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