EUROPA CAMINA A DISTINTAS VELOCIDADES

Finalmente el Consejo de Europa cedió a las demandas de Londres. El primer ministro David Cameron ahora puede consultar -el próximo 23 de junio- a los británicos esgrimiendo los triunfos que obtuvo a cambio de la permanencia en la Unión. Estos no son menores: rebaja de beneficios sociales para los ciudadanos europeos; mayores atribuciones a los Parlamentos nacionales y blindaje a la City para garantizar la convivencia entre la libra y el euro.

Una Europa asediada por la desordenada llegada de inmigrantes, empantanada en Ucrania por los designios rusos y asolada por el terrorismo, juzgó que no podía resistir las consecuencias de la retirada británica. Nada nuevo, Margaret Thatcher en 1979 hizo algo parecido: enfrentó a sus socios cuando les reclamó “quiero mi dinero ya”. Demandaba un cheque, porque entendía que aportaba demasiado al Tesoro comunitario. Dicho sea de paso, se trata de un presupuesto que pone en evidencia la debilidad del edificio europeo: alcanza sólo el 1% del PBI de los Estados miembros, un sueño sin recursos.

Ahora bien, ¿esto beneficia a la Unión Europea? La respuesta no es simple. En verdad el proyecto de Europa ha sido su propia construcción, y esa empresa está parada. El tema es cómo y quiénes la removilizan. Para algunos, el problema central radicaría en la brecha entre las élites europeístas y los ciudadanos. Existe una resistencia pasiva, que se expresa en las abstenciones en las elecciones para el Parlamento Europeo y en el voto a los partidos populistas antieuropeos. La Unión paga el costo de su excesiva ampliación, que más se nota si la economía no crece y cuando los inmigrantes entran a un espacio sin fronteras (Schengen). Finalmente, en momentos de crisis afloran las demandas nacionales. También este proyecto sufre porque una potencia que se define “pacífica” no puede sobrevivir en el actual desorden internacional.

Esperando días mejores, la mayoría de los líderes europeos prefirieron no innovar. En ese contexto la permanencia británica sería más de lo mismo. No solucionaría los problemas europeos pero sí beneficiaría a los intereses británicos, un país que entró tarde a la Unión con un claro objetivo estratégico: mejor estar en Bruselas, donde se establecen las regulaciones, para influir, que estar fuera y cumplirlas.

Decididamente urge una agenda de cambios. Compiten dos visiones: la Unión como espacio económico, o como proyecto de soberanía compartida. Londres lidera la idea de un espacio comercial. Históricamente Francia y Alemania impulsaron la creación de una comunidad apoyada sobre valores, ligados a una civilización, y pretenden avanzar hacia políticas comunes. Si nada sucede, y Gran Bretaña permanece, la agonía europea continuará. El statu quo no es una política.

Para algunos intelectuales y políticos, como el ex primer ministro francés Michel Rocard, Gran Bretaña es un obstáculo para encarar las reformas que la Unión Europea reclama.

Lentamente se va esbozando un programa de reformas basado sobre una vieja idea: una Europa a varias velocidades. El núcleo central estaría formado por las cuatro euroeconomías más importantes -Alemania, Francia, Italia y Holanda-; no está claro quiénes integran el segundo anillo, seguramente los nórdicos, los bálticos y los ibéricos. Finalmente, los países eurocentrales, donde se destaca el llamado Grupo de Visegrád, que en la crisis de los inmigrantes mostraron cuan presente está el sentimiento racista en el seno de los partidos autoritarios que los gobiernan.

Esta metamorfosis puede salvar un proyecto que no está agotado. Un shock, como la retirada británica de la Unión, obligaría a la dirigencia europea a hacer de necesidad virtud. Las fuerzas creadoras y las respuestas adaptativas podrían nuevamente emerger, como lo hicieron en la posguerra, venciendo la fatiga y la bulimia reglamentarista instalada en la tecnocrática Bruselas.

En la nueva agenda algunas decisiones resultan insoslayables: basta de ampliaciones; alcanzar una política de defensa común; balizar y proteger las fronteras Schengen y armonizar las políticas presupuestarias y fiscales para blindar al euro. Este programa es necesario pero insuficiente, hacen falta liderazgos como los hubo en los ’50, al firmarse el Tratado de Roma. Sólo Angela Merkel llena esos requisitos, pero su liderazgo se juega en la crisis migratoria que de manera no inocente fogonea Vladimir Putin, al sostener el régimen sirio que persigue, elimina y desplaza a inocentes.

Carlos Eduardo Pérez Llana , ex embajador argentino en Francia

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