SOBRE FINANZAS PUBLICAS

Tenía yo tres años cuando Celedonio Flores, uno de los íconos del lunfardo, escribió la letra de uno de los más porteños y bellos tangos que inmortalizaron la música de Buenos Aires. Casualmente eran tiempos de cambios en las Finanzas Públicas Nacionales (el impuesto a los réditos y la ley de Coparticipación Federal, los más destacados). Y desde entonces, según fui aprendiendo de los maestros que dieron origen al Presupuesto Público, comenzando con William Petty (precursor de Adam Smith), Henry George, León Walras, Winston Churchill y entre los argentinos a Manuel Belgrano, Bernardino Rivadavia y Esteban Echeverría, comprendí que en esta rama de la Ciencia Económica podía estar pensando Celedonio cuando escribió: “EN TU ESQUINA REA, CUALQUIER CACATUA SUEÑA CON LA PINTA DE CARLOS GARDEL”.

No es necesario explayarme en el significado de las dos últimas estrofas de Corrientes y Esmeralda. El tema es que a lo largo de toda una vida enseñando Public Economics. Que no es otra cosa que Teoría Económica aplicada a las cuestiones vinculadas con el Sector Público, pude conocer iniciativas para reformar impuestos, estructuras impositivas y cuanto se relacionara “con un solo lado del presupuesto”, de una manera superficial, poco consistente e incompleta, porque si algo sobra en esta materia son “cacatúas” que apenas si los cubre una mano de barniz, y por lo tanto dan como resultado anárquico que presenta la realidad Argentina.

Y aquellos que verdaderamente conocen la materia, por razones ligadas con la “sabiduría convencional” no le dan al país la posibilidad siquiera de tener un debate serio sobre esta materia, ya que los impuestos deben tener origen sobre las denominadas bases imponibles y estas surgen de los tres factores de la producción sobre el que estaba montado el andamiaje de la economía clásica, luego reducido por el neoclasicismo al eliminar a la Tierra y dejar solo al Capital y al Trabajo. Así de simple.

De este modo al gravar al capital se penaliza la iniciativa y el espíritu innovador, disminuyendo por este camino la expansión del producto. Y al gravar el consumo, se restringe el ingreso disponible y consecuentemente la expansión del mercado. El juego del Gran Bonete consiste pués en gravar más las ganancias y menos al consumo para “hacer al sistema progresivo”. Pero como los políticos aumentan su poder con la expansión del gasto público, la recaudación combinada de ganancias y consumos, no alcanza para “llenar el tachito”. Aparecen entonces novedades tecnológicas como “retenciones, percepciones, impuestos sobre dividendos  que se suman a los que ya pagan las personas jurídicas.

Si quienes tienen interés en este tema se tomaran el trabajo de leer a los estudiosos mencionados, llegarían a sorprenderse que el autor de la Teoría del Equilibrio General (Walras) fue partidario de nacionalizar la Tierra y que Churchill consideraba a la propiedad de la Tierra como la madre de los monopolios. Pero claro está, como han de llenar el vacío intelectual “los cacatúas” si hay muy pocos que pueden ser capaces de definir que es la Tierra, a punto tal de considerar que en el caso argentino es cada hectárea dedicada a la producción rural, dejando de lado la Tierra Urbana, que naturalmente es de valor superior a la rural (CONSIDERANDO A AMBAS LIBRES DE MEJORAS). Pero Tierra en su acepción más amplia es LA NATURALEZA, de modo que cualquier renta que genere la actividad sobre el espacio aéreo, el mar territorial, los vientos, las mareas, el subsuelo, puede ser gravada en un porcentaje porque se trata de bienes que existen para el disfrute general. La propiedad de la Tierra (R y U), de acuerdo con George, Echeverría, Quesnay, David Ricardo ha de ser privada, pero es justificable la imposición de una parte de la renta, tal como se hace con las ganancias y los consumos.

Si en términos de equidad horizontal y vertical, los tres factores de la Producción fueran apropiadamente gravados, la carga tributaria tendría menos impacto en términos de eficiencia, con un efecto precio sustancialmente distinto al que existe en la actualidad, porque el impuesto sobre la renta de la Tierra se capitaliza, es decir que al disminuir (por la detracción del impuesto) la corriente de ingresos futuros, reduce el precio como factor de producción. Pues bien, este impuesto en Argentina carece de importancia cuantitativa mientras que el salario de un trabajador se reduce en más del 50% por la traslación de una pléyade de impuestos que no recaen sobre el salario pero impactan sobre él.

Claro está, como dijo Walras, la implementación del impuesto a la Tierra no es del territorio del economista, es facultad de los políticos. Esta lección fue bien aprendida por Canadá, Australia y Nueva Zelanda, entre otros países. Y con buenos catastros, nadie puede verificar la existencia de tierra ocupable en tales países, porque tener la tierra ociosa impone una carga al propietario difícil de tenerla al margen de la producción, se trate de cultivos o de edificios.

Conclusión: si alguien sueña con sacar alguna ley en el Congreso que llegue al núcleo de la cuestión seguirá emparchando al sistema y discutirá “máximos no imponibles”, “escalas de alícuotas” o “subsidios en la canasta de alimentos” para aliviar a los pobres de un 21% de IVA que es intolerable en un planteamiento serio de política tributaria. Por supuesto que hay que pensar en el largo plazo ya que puede llevar una generación aceitar los mecanismos políticos, federalistas y administrativos para contar con un sistema que merezca el nombre de tal.

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