UN PULMOTOR PARA EL MERCOSUR

Parafraseando a Felipe González, podríamos decir que el futuro del Mercosur ya no es lo que era. En efecto, el Mercosur de hoy en casi nada se parece a lo que dicen los tratados ni a lo que se pensó cuando se lo diseñó. Produce decepción el solo pensarlo, porque este sueño de integración político y económico, ambicioso y audaz, se ha convertido, prácticamente, en un acuerdo comercial imperfecto y de baja categoría. El deterioro ha sido constante pero se ha acelerado en los últimos ocho años.

Basta revisar el tratado bilateral con Brasil, el tratado de Asunción, el cronograma de las Leñas o el tratado de OuroPreto para ver lo lejos que estamos de cumplir no ya con lo aspiracional, sino con lo comprometido. La falla no es solo de Argentina sino de todos los integrantes, aunque la mayor responsabilidad les cabe a la Argentina y a Brasil.

Cada etapa de integración tiene sus condiciones, sus definiciones y sus disciplinas que no son las mismas para cada una de ellas pero que las va incorporando y su ausencia pone en cuestión todo el sistema, así se llame Unión Europea, Nafta, Tratado del Pacifico o Mercosur y que están en función de los objetivos a conseguir. El Mercosur no es ya ni una zona de libre comercio, ni una unión aduanera; mucho menos una unión monetaria, un mercado común o una unión política. Se han eliminado o no se han construido instrumentos internos esenciales como las salvaguardias o los acuerdos sectoriales o las compras gubernamentales. El arancel común no existe, se han desechado los protocolos de compatibilidad macroeconómica y no existen o no funcionan los mecanismos comunes a cualquier sistema de integración.

Ante esta situación caben tres alternativas:

  1. Dejar todo como está y pretender que tenemos lo que no es. Negar el problema y seguir con actividades insustanciales.
  2. Abandonar la empresa y dejar que cada país siga con sus políticas mas allá de que seamos buenos amigos y vecinos. En algunos temas esto ya ha ocurrido, con los costos que esto implica.
  3. Refundar el acuerdo debatiendo y reflexionando sobre la experiencia, los aciertos y los errores. En esta opción se impone establecer objetivos, nuevos instrumentos y cronogramas. Entiendo que este es el único camino fructífero. En lugar de crear nuevas instituciones que no pueden funcionar porque no se hacen sobre bases firmes, es mejor dedicar recursos y energías a rediseñar y reconstruir lo que se ha deteriorado.

Si realmente creemos conveniente y necesaria la integración latinoamericana, ahora que estamos volviendo al mundo con políticas civilizadas, el mejor camino que podemos adoptar es dejar de hacer como si la unidad existiera y fijarnos metas, planes y acciones para conseguirla.

Alejandro Mayoral es economista, ex Secretario de Comercio Exterior

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