UNA GRAN POLÍTICA, CONTRA LOS POPULISMOS

La crisis final de los sistemas sociopolíticos históricos, mirados desde la distancia, es relativamente sencilla de entender.

El esclavismo implicaba la confrontación de los impulsos de libertad frente al dominio absoluto.

El feudalismo enfrentaba los intereses de los siervos y la naciente burguesía ante los derechos de unos pocos basados en su linaje.

En su época, Marx también fue claro: era el choque del creciente proletariado, producto de la revolución industrial, no ahora principalmente contra los dueños de la tierra, sino contra el capitalismo industrial y financiero, que obtenía parte de su renta en la opresión de la clase obrera en expansión.

Incluso en el socialismo real, no era difícil de comprender: era el estado, a través de la “nueva clase”, como la denominó el comunista serbio MilovanDjilas, la burocracia, que ahogaba toda libertad pretextando la equidad.

Por supuesto, coexisten en el mundo resabios de los sistemas hasta su final: la esclavitud fue desterrada de América recién en el último tramo del siglo XIX.

¿Quién se anima a responder la pregunta de cuál es actualmente el dilema de intereses colectivos confrontados que enfrenta la sociedad moderna, y su política, al menos en Occidente?

Discutamos algunas ideas que no pretenden dar respuesta a la pregunta, pero que son indispensables para su elucidación -ideas que juzgo afines a las de un muy buen artículo de Juan Manuel Casella sobre la crisis de la política en el mundo y en Argentina, publicado en esta misma sección hace poco tiempo, y cuyo contenido comparto enteramente-.

Por lo pronto, todos reconocen que el avance de la tecnología y los cambios en la economía están muy acelerados; asimismo, hay bibliotecas enteras que estudian sus efectos sobre la estructura social, las expectativas colectivas, y la cultura (en el sentido antropológico), la cual se orienta al individualismo, lo contrario de una época reciente en que predominaron los politizados movimientos colectivos.

También sabemos que el progreso material trae beneficios, pero también nuevos problemas de creciente complejidad. Los sistemas de producción del mundo tienden a concentrarse y dejan afuera a parte de la población, porque no la necesitan y porque los mismos requieren más especialización.

El Carlitos de la línea fordiana que apretaba alocadamente tuercas en la película Tiempos Modernos es cada vez menos necesario.

Argentina no es una excepción. Al tercio de la población bajo la línea de pobreza -que en su mayor parte revistan en el trabajo informal, aún después de años de economía floreciente -, se suman los cuentapropistas que no cuentan con protección social, dando en el conteo la mitad de la población del “granero del mundo” y “la Argentina potencia”.

Es evidente en el mundo la desorientación de la socialdemocracia actual -que construyera el estado de bienestar europeo en la última posguerra y cuya espuma derramara sobre Latinoamérica-. Contrariamente, parece ser la hora de los populismos de derecha o pseudo izquierda, ofreciendo quimeras.

En buena parte del siglo pasado había una alianza implícita de los intereses de la clase baja y la media, que orientó al estado de bienestar. Por los cambios estructurales acaecidos en los modos de producción, sus intereses están ahora en muchos casos confrontados, y eso porque había antes y no hay ahora movilidad social. La consecuencia es que el mensaje de futuro integrador de los pobres y el estrato medio que podía elaborar un partido progresista era convincente y realizable, sin estorbar demasiado a los ricos, porque la considerable incorporación de población al consumo implicaba un estímulo capitalista a la producción.

Con la desigualdad acentuada ahora, se divide la sociedad en hemisferios en que las oportunidades y los beneficios se reparten cada vez más asimétricamente, situación en la que un proyecto integrador es más difícil para la política, e incluso para su enfermedad: la demagogia.

Una intención redistributiva que abuene la convivencia y eleve la justicia implica hoy reforzar el componente pedagógico de la política; sólo el partido y el liderazgo que se atreva a ser impopular en un momento –cómo se animó a ser Alfonsín en la guerra por Malvinas- puede ayudar a la sociedad a aceptar los cambios que lesionan poderosos intereses grupales, cambios que son indispensables.

En el espectro político argentino hoy no se ve o escucha todavía tal posibilidad. Hay que construirla.

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