PACTO ROCA – RUNCIMAN: A 83 AÑOS DEL “TRATADO DE LONDRES”

Un primero de mayo, 83 años atrás, en 1933, el gobierno argentino firmó en la capital del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (RU) el “Tratado de Londres”, más conocido como Pacto Roca-Runciman, por el cual los invernadores de ganado argentinos procuraron salvar la alta rentabilidad de su negocio, aún a costa de aceptar nuestro país ruinosas condiciones impuestas por la contraparte.

Pero aunque se denueste por este hecho al gobierno del general Agustín Pedro Justo y más particularmente a su vicepresidente, Julio Argentino Roca (h) y no a su ministro de Agricultura, el socialista independiente Antonio De Tomasso (originalmente Di Tommasso, ya que había nacido en Italia), que no intervino en la negociación, lo cierto es que se trataba de una política propia del establishment pro RU de la época, transversal a buena parte de las fuerzas políticas como que dicho pacto no fue más que una versión corregida y aumentada de lo acordado en tiempos de Hipólito Yrigoyen.

De hecho fue el gobierno argentino el que propuso ese acuerdo durante el último gobierno de Yrigoyen que fue negociado por el canciller Horacio Oyhanarte y el diplomático Edgard D’Abernon, que había tenido importante participación en la política exterior de su país luego de la Primera Guerra Mundial, y firmado por ambas partes, aunque no alcanzó a ser ratificado por el parlamento a raíz del golpe del general José Félix Uriburu del 6 de septiembre de 1930.

Lo que hoy, si se hubiera ratificado, conoceríamos como Pacto Oyhanarte-D’Abernon, fue propiciado por el presidente Yrigoyen a través del senador Diego Luis Molinari, firmado por el propio presidente el 8 de noviembre de 1929 y votado favorablemente por la Cámara de Diputados en la noche del 12 al 13 de diciembre de ese año, pero se demoró en el Senado, por los sempiternos problemas que el oficialismo contaba en la cámara alta.

El tratado, inspirado en “comprar a quien nos compra”, como pedía la Sociedad Rural Argentina (SRA), vocera de los invernadores, o de manera similar en el principio de “las compras recíprocas, como nosotros propiciamos”, al decir de Yrigoyen, tendía claramente a beneficiar al RU que con ello se aseguraba continuar el aprovisionamiento de material ferroviario, mucho más caro que el estadounidense, a cambio se seguir comprando carnes.

Por eso dicho acuerdo, tan festejado en Londres, fue dejado de lado por Uriburu, con quien, aunque partidario del sistema corporativo español implementado por el general Miguel Primo de Rivera, comenzaba a perfilarse un giro en el alineamiento argentino a favor de los Estados Unidos de América (EUA), lo que de algún modo explica su ofrecimiento a sucederle como presidente a un repúblico como Lisandro Nicolás De la Torre, cuyo Partido Demócrata Progresista (PDP), que representaba a pequeños criadores, no veía mal un acercamiento con la potencia emergente.

El problema argentino era que el RU desde 1922 había comenzado a replantearse su relación imperial con las colonias y ya en una conferencia con representantes de las mismas en 1923 en Londres se había comenzado a hablar de darles ventajas en materia comercial, tales como no comprar bienes en terceros mercados cuando los mismos eran producidos dentro de ese conglomerado de futuras naciones.

Eso, que beneficiaba, claramente, a países como Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Suráfrica y perjudicaba, también claramente, a tradicionales proveedores como las dos naciones del Río de la Plata, la Argentina y el Uruguay, ya que todas aquellas estaban en condiciones de proveer carnes y cereales, debía sumarse a los reclamos de los propios criadores del RU que, asimismo, reclamaban medidas proteccionistas.

En 1932 se produjo un hecho clave. Se reunió en Ottawa la Conferencia del Commonwealth (comunidad de naciones británicas), creado pocos años antes, y se acordaron las “Preferencias Imperiales” que establecían, precisamente, todo aquello que se había venido enunciando. Por lo tanto Australia apareció como la principal rival de las carnes argentinas en el mercado del RU y el susto de los invernadores argentinos que habían impulsado el tratado de 1929 se convirtió en pánico.

Así fue como la administración de Justo, presionada por la SRA y el Jockey Club, se vio embarcada en una nueva negociación que llevaron adelante el vicepresidente Roca y el canciller del RU, Walter Runciman, durante el primer gobierno laborista de ese país liderado por Ramsay McDonald, y que permitió a los invernadores mantener un buen nivel de exportaciones, dejando fuera del negocio a los criadores, aunque algo por debajo de los niveles históricos.

Precisamente la postura de los criadores, agrupados en la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (CARBAP) a partir del año anterior, fue la expuesta en el Senado por Lisandro De la Torre, que cuestionó a fondo el Tratado de Londres en el célebre “Debate sobre las carnes” durante cuyo transcurso el comisario Pedro Valdez Cora asesinó en plena sesión a otro senador del PDP, Enzo Casiano Bordabehere, uruguayo radicado en Santa Fe.

Por esos tiempos también el gobierno uruguayo intentaba una negociación similar pero en la línea de DeTomasso, que fue dejado fuera de la negociación. Se trataba de lograr que la cuota que daba el RU fuera manejada por los gobiernos de estos países y no por el tradicional pool de los frigoríficos exportadores ligados a los negocios de los invernadores y de las compañías fleteras. Las ventajas obtenidas por los británicos a cambio de comprar carne argentina fueron enormes.

Entre otras cosas, “la perla más preciada de la corona” (británica), al decir de Argentina por el vicepresidente Roca, quedó más ligada que nunca a los intereses del RU al punto que se debió aceptar un mecanismo de cambios que virtualmente sólo permitía las importaciones desde esa procedencia ya que el mismo constituyó una barrera pararancelaria que trabó la posibilidad de los empresarios de equiparse en los EUA, principalmente, Alemania u otros países.

En 1936, al caducar el Pacto Roca-Runciman, Manuel Malbrán, que fue el principal colaborador del vicepresidente en la negociación, acordó con Anthony Eden, primer ministro del RU en los años ’50, un nuevo acuerdo, el Malbrán-Eden, por el cual se prorrogó el anterior pero con ventajas y desventajas. La cuota argentina fue disminuida en un 20 por ciento pero pasaba a ser administrada por el gobierno, lo que constituyó una doble derrota para la oligarquía invernadora.

Oyhanarte-D’Abernon, Roca-Runciman y Malbrán-Eden, tres acuerdos en los que se mantuvieron los mismos criterios de un modelo agroexportador caduco (si alguna vez no lo había sido) en los que participaron de un lado radicales y conservadores y del otro lado conservadores y laboristas lo que marcó la existencia, de ambos lados de coherencias políticas, que en nuestro caso era la de sujeción del estado a los intereses de la ganadería de la Pampa Húmeda.

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