REVOLUCIÓN EN EL MUNDO AVANZADO

La cuestión central hoy no es el ritmo de la innovación, sino la economía política del progreso tecnológico. El fenómeno Trump.

 

La regla en el capitalismo avanzado en los últimos 15 años ha sido que el capital sustituye al trabajo como forma de incrementar la productividad, y en el camino se ha apoderado del doble de las ganancias que la fuerza laboral. La compensación de la fuerza de trabajo –fondo salarial– creció 1% anual en EE.UU. desde 1980, mientras que la productividad aumentó 2% anual en ese período.

En el contexto mundial, esta regla ha sido acompañada por un hecho demográfico desatado por un acontecimiento geopolítico. Al unificarse el sistema por el colapso de la Unión Soviética (1991), la fuerza de trabajo mundial se duplicó en 3 años (pasó de 1.500 millones de trabajadores a 3.500 millones); y el porcentaje del capital en la relación capital-trabajo se multiplicó por 2, en tanto cayó a la mitad el del segundo, con ganancias capitalistas que aumentaron 75% entre 1991 y 1995.

La virtual hegemonía del capital sobre el trabajo ha adquirido un carácter paroxístico en EE. UU. en los últimos 6 años. Esto coincidió con el retraso del capital humano en relación con las exigencias de la revolución tecnológica (4 millones de empleos ofrecidos no son ocupados por carecer de personal con calificaciones suficientes).

La productividad en el capitalismo no proviene del capital sino del trabajo. Mientras tanto, la relevancia del capital es cada vez menor, porque los bienes de capital pueden ahora ser codificados y reproducidos instantáneamente y en forma global a través de la digitalización.

El capital físico tiende a desaparecer, y su lugar lo ocupa el capital intelectual; y lo mismo sucede con la fuerza de trabajo, que se desmaterializa y se convierte en “inteligencia colectiva”.

El capitalismo como sistema deja de ser capitalista. La consecuencia es que las ganancias de productividad por trabajador ocupado (plusvalía relativa) son cada vez mayores. Las de Google son 12 veces superiores a las de General Motors.

Por eso la cuestión fundamental hoy no es el ritmo de la innovación tecnológica, que se exacerbó, sino la economía política del progreso tecnológico, el tema de la gobernabilidad de la revolución digital (fenómeno Trump en EE.UU.).

El costo de la computación cayó 64% anual desde la década del 80, y su derrumbe se aceleró en los últimos 15 años: 75%/80% anual. McKinsey estima que los robots instalados globalmente aumentarán en 10 millones en los próximos 10 años (pasan de 15 a 25 millones), con un alza de 30% anual; y 75% de ese auge ocurrirá en China.

Los robots suplantarían a 3,8 millones de trabajadores chinos en la próxima década; y las provincias del Sur (Guandong en primer lugar) invertirán US$8.000 millones por año en equipos robóticos entre 2015 y 2017.

El costo de la fuerza de trabajo industrial en el mundo es hoy de US$6 billones por año; y la robotización en marcha implica un recorte de US$1,2 billones anuales entre 2015 y 2025.

Lo que importa no es la densidad de la robotización (número de equipos x 10.000 trabajadores), sino la celeridad de su incorporación, porque el alza de la productividad depende de la segunda, no de la primera. China tiene 36 robots por cada 10.000 trabajadores, y Corea del Sur 478; mientras que Alemania dispone de 292 y Japón de 314, pero la República Popular incorpora por año dos veces más equipos automatizados que todos ellos sumados.

Hay que prever una serie sucesiva de revoluciones políticas y sociales en el mundo avanzado en los próximos 10 años, ante la aceleración del mayor factor disruptivo de la época, que es la revolución tecnológica.

Jorge Castro (Clarín)

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