LA INESTABILIDAD EN BRASIL LLEGÓ PARA QUEDARSE

En Brasilia comenzó la cuenta regresiva. Dos relatos competirán a partir del voto del Senado: golpe o fin de régimen. El “velo ideológico” pondrá el cursor en alguna de ellas. Pero lo más apropiado es razonar en términos de escenarios partiendo de un dato: la inestabilidad política llegó para quedarse. Desde esa perspectiva, los “futuros probables” del vice presidente Michel Temer en ejercicio de la presidencia son: lograr estabilizar la política y la economía, o fracasar y confluir en elecciones generales anticipadas.

El nuevo gobierno, formado por una clase política co-responsable de la crisis moral, política y económica, enfrenta dos desafíos: la economía y la política. Volver a crecer consumiendo menos e invirtiendo más, partiendo de un ajuste, no es tarea sencilla para un presidente sin legitimidad de origen que debe seducir a los mercados y a la sociedad.

Políticamente, el nuevo gobierno será monitoreado por tres actores centrales: el Poder Judicial, el “lulismo” y la calle.

Los Jueces seguramente no se detendrán. Ellos tienen en la mira al gobierno y a la oposición. El ex presidente LuizInácio Lula da Silva y sus principales socios están en la pantalla. En el seno de la sociedad, al “sistema PT” una mayoría lo condena moralmente. Pero Lula sigue contando con un tercio de simpatizantes, por eso no puede equivocarse si pretende volver. La apuesta es clara: el fracaso del nuevo equipo y la convocatoria a elecciones anticipadas. El “liderazgo moderador” del ex presidente se pondrá a prueba: deberá evitar ser arrastrado por no pocos sectores de la izquierda que están razonando en términos anti-sistema.

Ellos creen que la democracia sirve sólo si gobiernan. En verdad están en una encrucijada estratégica: se mantienen en el espacio reformista o abrazan, una vez más, la utopía regresiva. Este dilema no está instalado sólo en Brasil.

Cuando en América Latina los populismos están abandonando el poder, la radicalización es una tentadora excusa para no hacer la autocrítica de sus fracasos.

Las posibilidades de éxito para el nuevo presidente están muy acotadas. No posee una imagen favorable y no ignora que su alianza de gobierno es precaria: la galvaniza el temor a las elecciones anticipadas, porque no tiene un candidato capaz de derrotar a Lula y al PT, salvo que este sea juzgado, algo no descartable. Proyectando el presente, esa posibilidad se le abriría a Marina Silva, una candidata que proviene del mundo de la pobreza, con un pasado intachable y que se retiró del gobierno de Lula defendiendo la causa medio ambiental.

Los plazos históricos de la nueva administración nacen al borde de la prescripción. En octubre hay elecciones municipales. Por esa razón numerosos sectores de la sociedad civil, y algunos empresarios, quieren acelerar los tiempos para que en las urnas se elija también un nuevo presidente.

Unos quieren que “se vayan todos”, otros saben que Michel Temer difícilmente garantice la gobernabilidad que se requiere para encarar la necesaria reformulación del aparato productivo brasileño.

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