TODO DEPENDÍA Y DEPENDE DE LA ECONOMÍA

La celebración del 25 de Mayo dio lugar esta semana a un alud de declamación refrita. La frase (“declamación refrita”) pertenece a Voltaire, el contradictorio pensador que muchos consideran precursor de la Revolución Francesa. Esa revolución que, a su vez, habría inspirado a “los hombres de Mayo”. No hay duda de que la revolución en París influyó sobre un puñado de dirigentes ilustrados del Río de la Plata, como lo hizo sobre las vanguardias políticas de todo Occidente. No obstante, hay que saber cómo se ejerció esa influencia. Lo que ocurrió por estos lados, en 1810, no fue la adopción de un eslogan: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Fue el inicio de un proceso de gran complejidad, como lo fue el francés, que entre nosotros culminaría a fines de siglo con la Organización Nacional.

Acaso la principal influencia haya sido la que tuvieron sobre Mariano Moreno, cerebro de la Revolución de Mayo, Guillaume-Thomas Raynal y Diderot; este último, el pensador que se anticipó y dio, antes de morir, más de un fundamento a la Revolución Francesa. Raynal era un jesuita que había abandonado el clero pero al que siempre se le dijo “abate”. El abate coordinó y redactó buena parte de la “Historia filosófica y política de los asentamientos y comercio de los europeos en las Indias Orientales y Occidentales”: un interminable título que los historiadores han reducido a “Historia Filosófica de las dos Indias”.

Se dice que Moreno leyó en Chuquisaca ese libro. Habrá leído, en realidad, una selección de artículos de los diez volúmenes de aquel trabajo cuya primera edición, en 1772, insumió diez tomos. Y debe haberse concentrado en algunas de las numerosas contribuciones de Diderot, cuyo talento y conocimientos superaban a los del abate. Para Moreno, fue suficiente. El propio Diderot había dirigido y escrito, entre 1751 y 1772, numerosos artículos de aquella obra monumental, la “Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, las artes y de los oficios”: un compendio del conocimiento universal de la época, en el cual asoman cuestionamientos al régimen colonial. En todo caso, fueron esos dos hombres quienes elaboraron la teoría que Moreno interpretó e impondría en 1810 Buenos Aires. Se la puede simplificar así: 1. “El comercio racional es el motor del mundo”. Esta frase de Raynal no se refiere a cualquier comercio. Es el internacional, y debe ser “racional”, es decir, legítimo, no contrabando.

  1. El colonialismo se sustenta en el monopolio comercial. Cada colonia está sometida a su metrópolis porque debe abastecerse de ella y no puede exportar libremente su producción.
  2. Los pueblos sometidos deben alzarse para “exterminar racionalmente” ese sistema que los mantiene cautivos. “Racional”, aquí, significa “pacífico”.
  3. Sin embargo, no puede descartarse la violencia. Lo dice Diderot de manera muy clara: “Toda moderación es debilidad”.

Era, en definitiva, una idea revolucionaria del libre comercio. Lo que con el tiempo se vería como un instrumento de las potencias imperiales era un arma de los países periféricos, carentes de autonomía. Fue esa idea la que recogió Moreno en la “Representación de los hacendados”, escrita en nombre de ganaderos y agricultores, para demandar al Virrey Cisneros (“racionalmente”) la libertad comercial que más tarde sería inevitable imponer sin “moderación”. .

Agustín Mackinlay ha detectado, a lo largo de su investigación sobre “Mariano Moreno, la Historia de las dos Indias y el Plan de Operaciones”, más de un argumento recogido de la obra de Raynal, y hasta frases casi textuales. No se trata de un plagio: el propio Moreno señaló que muchos aspectos de ese escrito estaban inspirados en las ideas “del más fecundo ingenio” de la época: una alusión a Diderot.

Con algo de exageración, Mackinlay atribuye la Revolución de Mayo al fracaso de aquella petición al virrey. Esa revolución, como todas, tuvo causas múltiples. Lo que no puede negarse es que una de ellas fue, en efecto, la imposibilidad de romper el monopolio comercial por medios pacíficos. Rebelarse contra ese monopolio no era solo alzarse contra el poder colonial. La dependencia siempre es conveniente para una parte de las sociedades dependientes. Quienes ganaban con la falta de libertad comercial eran los importadores y los contrabandistas, convertidos en los proveedores exclusivos de la población. De hecho, más que la instauración del libre comercio, Moreno le pidió a Cisneros la reinstauración, porque el virrey había abierto el mercado por unos días, pero había vuelto a cerrarlo por la presión de los comerciantes. El monopolio de la Corona era también, en lo interno, el monopolio de ellos.

Había una confrontación de intereses entre la producción y la especulación. Manuel Belgrano ya lo había esbozado, cuando aún estaba al frente del Consulado Comercial, en su memorable trabajo “Medios generales de fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio en un país agricultor”: el primer plan de desarrollo económico que se elaboró para esto que con los años sería la República Argentina.

Esas fueron las causas materiales de la Revolución de Mayo.

No faltarán quienes censuren esta versión materialista y mantengan que la constitución de la Primera Junta fue el triunfo de los “principios”, basado en los “valores” y los “ideales” de libertad. También eso es cierto; pero quedarse allí es sustituir el análisis por la retórica.

No hay principismo sin cimientos. O si lo hay, se derrumba. Si alguien defendió principios, sustentó valores y persiguió ideales fue el inspirador de Moreno, Diderot: el gran humanista, el filósofo, el enciclopedista, el exquisito novelista de “Jacques, el pesimista”. Pero Diderot sabía que, precisamente para conseguir la libertad, las colonias necesitaban el instrumento del libre comercio. Porque la libertad no se declama, se persigue, si es necesario, de manera inmoderada.

Es una lección que todavía no hemos aprendido. Nos cuesta entender que todo fenómeno social tiene bases materiales, y que los principios deben defenderse, a menudo, con armas mundanas.

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