LA DEVALUACIÓN DEL EMPRESARIO

El uso de algunos términos se puede ir modificando con el transcurso del tiempo. Pero indudablemente la utilización en los medios de comunicación y por vastas partes de la población del término “empresario” es para atribuirlo a cualquier oportunista que tira millones por arriba de una tapia o viste el casco oscuro de los condenados a la censura social. ¿Es empresario quien luego de algún tiempo acumula dinero y a veces fama, gracias a reservas del mercado, concesiones de obra pública derivadas de una tómbola donde todos ganan, aunque pierdan el sistema y la gente? ¿Dónde se ubica en esta ecuación?

Los apresados in fraganti dicen ser empresarios. Los financistas del cartel narco son identificados también así. Los “expertos en mercados regulados” quedan marcados en ese casillero, como los lobbystas del poder, o los que aprovechan su cuarto de hora y “arman” licitaciones a medida para los amigos. O aplican los equilibrios de la oferta y demanda al comercio de drogas y vidas. Todos dicen ser empresarios, aunque ninguno lo es.

Con estos escándalos, como en la guerra, la primera víctima ha sido la verdad. Se ha producido una brutal devaluación del término empresario y se lo vació de contenido. Cualquiera que no posea un capital inicial, o que tenga que trabajar o no haya creado una compañía desde cero, puede ser calificado de “empresario”. Convendría revisar esta denominación para poder separar la paja del trigo.

La Real Academia Española, en su Diccionario de la Lengua Española, tiene dos acepciones principales para “empresa”. Por un lado: es la “acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo”. Quizás como cumplir el designio divino de dominar la tierra no sin dificultad. Pero también se refiere a la “Unidad de organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos”. O sea, una combinación que requiere talento, esfuerzo y perseverancia para graduar los intereses y las aspiraciones más profundas de todos los que participan allí mismo. Una auténtica comunidad de personas que persiguen objetivos comunes, que se encuentran y dirimen sus diferencias en pos de la meta buscada. En la que el lucro es un ingrediente necesario para poder seguir subsistiendo.

Muy alejado del cliché del “hombre de negocios” que no mide esfuerzos sino toma recursos y en el que el fin (acumular más ganancias) justifica cualquier medio. Para el que la puerta de su planta también indica un límite muy marcado: el fin de su involucramiento con la sociedad en la cual desarrolla su actividad.

Justamente, creo que la verdadera diferencia radica en una sola palabra: compromiso. Con todos los eslabones de su cadena productiva: clientes, empleados, proveedores, capitalistas, profesionales contratados, vecinos, gobierno, sindicatos y, sobre todo, el ciudadano de a pie que interactúa con la empresa de a ratos en cada uno de esos roles. El empresario en la concepción “schumpeteriana” no es un rentista aburguesado sino un incansable innovador en productos, métodos o sus combinaciones para poder obtener una porción mayor de un mercado competitivo. Y esa iniciativa se transforma en un factor innato a su función que no puede ser delegado a otros estamentos del Gobierno, por más benevolentes que fueran. Los empresarios tienen un rol que asumir en las propuestas por encontrar los caminos críticos.

En la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE) estamos convencidos de que dicho compromiso debe ser, ante todo, personal. Debe originarse y motorizarse desde el propio empresario. No es una cuestión corporativa sino una responsabilidad indelegable y personal para que, afianzándose en cada uno de nosotros, se derrame en la sociedad en su conjunto, creando así un entorno donde el empresario aporte no sólo su actividad para el desarrollo del bien común, sino también ejemplaridad a través de su conducta.

Por eso hemos propuesto un programa para alentar la discusión de su propio contenido y su alcance en términos del “Compromiso Personal Empresario”, que luego de arduas discusiones de las que participaron más de 250 empresarios el último año y un esfuerzo de consenso y síntesis, hemos volcado en cinco áreas principales: 1. En la relación entre sector público y privado; 2. En la relación con empleados y contratistas; 3. Con el medio ambiente en prácticas sustentables; 4. Con la comunidad y 5. Con la verdad y las creencias.

Dichos compromisos serán el eje del próximo Encuentro Anual de ACDE que se llevará a cabo este miércoles y que girará a su alrededor: “Compromiso Empresario: valores en acción”, porque creemos que el cambio empieza en nuestra propia persona.

Todos necesitan de nuestros talentos (innovación, prudencia, constancia, creatividad, vocación de servicio) para poder contribuir a una sociedad más justa y que sea signo visible de una auténtica “cultura del encuentro” que pregona constantemente el Papa Francisco. Es nuestra mejor inversión.

 

Juan Pablo Simón Padrós es presidente de ACDE

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