LECCIONES DEL FUTURO

“El convector Toynbee” es un cuento corto de ese maestro de la ciencia ficción que fue Ray Bradbury. En él, una sociedad estancada y resignada encuentra inspiración a través de uno de sus miembros, llamado Craig Bennet Stiles, que revela haber construido una máquina del tiempo, viajado cien años en el futuro y visto un mundo mucho mejor: tecnológico, creativo y sustentable, del cual trae evidencias. Con esa utopía como meta, sus compatriotas logran revertir el curso de los acontecimientos y construyen finalmente una civilización avanzada. La paradoja es que, a medida que transcurre el cuento, nos vamos enterando que la máquina nunca existió y que lo que sirvió de motivación fue en el fondo apenas una fábula de Bennet Stiles.
La semana pasada una comitiva de empresarios y funcionarios argentinos estuvimos en California, más específicamente en Los Ángeles, San José y San Francisco en un viaje organizado por Noah Mamet, el embajador de EE.UU. en nuestro país. Visitamos empresas de avanzada como Google, Universal, Tesla (autos eléctricos), VRSE (realidad virtual), además de la Universidad de Los Ángeles y Singularity University. Fuimos expuestos a un futuro no sólo posible para nuestro país sino -más importante- real y hasta cercano.
Quizás nada ejemplifique mejor este último punto que los desarrollos vistos en materia de energía renovable, en especial la solar. La granja fotovoltaica Topaz, de First Solar,es la mayor del mundo. Con 9 milllones de paneles, su capacidad instalada alcanza los 550 MW, con los que puede brindar electricidad a 160.000 hogares californianos. La empresa Solar Reserve usa, en cambio, otra tecnología. En Crescent Dune (Nevada) tiene casi 10.350 espejos que concentran la radiación, la dirigen a una torre donde se calientan sales líquidas que permiten almacenar esa energía y transformarla luego en electricidad suficiente para 75.000 hogares en horario de consumo pico (el video está disponible aquí).
Estos son tan sólo dos muestras de la enorme revolución que está teniendo lugar en la energía renovable, con precios que pueden competir con el valor actual del petróleo sin necesidad de subsidio alguno. Ya lo estamos apreciando en Uruguay, donde han alcanzado momentos del día con 100% de la generación proviniendo de fuentes renovables. O en Copiapó (Chile), lugar en el que Solar Reserve está construyendo una planta similar a la de Crescent Dune, pero mayor aun.
La Argentina posee condiciones naturales casi inigualables para avanzar en la misma senda. Y la licitación anunciada ayer confirma su ingreso en este mercado en un momento óptimo: con mejoras tecnológicas que han derrumbado los costos; la posibilidad de una creciente complementación de lo renovable con el shale gas; el aprovechamiento de desarrollos y experiencias ya testeados en otros lugares; y funcionarios de nivel internacional. He sido un privilegiado testigo del respeto que generan Sebastián Kind, subsecretario de Energías Renovables, y su equipo al interactuar con los mayores expertos del mundo en la cuestión.

Por el trabajo de muchos que se animaron a pensar en la utopía de lo renovable, el futuro llegó. Es palpable ya en muchos países y permite obtener la energía que se precisa para crecer, con cero emisiones y costos de generación prácticamente nulos más allá de la inversión inicial. Nuestro país no sólo puede sino que debe sumarse a esta revolución. De no hacerlo, la brecha que nos separa con las naciones más avanzadas tenderá a ampliarse.
Contra lo que cabe suponer superficialmente, esto no depende únicamente del marco normativo específico. Hoy el gas cuesta 2,5 veces más en la Argentina que en EE.UU., y ello nos pone en una desventaja para competir. De igual manera, si tener energía limpia y casi ilimitada depende exclusivamente de poder solventar inversiones a largo plazo, pequeñas diferencias en la tasa de interés a la que podemos acceder en materia de financiamiento implicarán distancias definitorias en la viabilidad de los proyectos.
Por ello, nuestra oportunidad depende de la capacidad que tengamos como sociedad de encontrar un propósito común, imaginarnos el futuro y entusiasmarnos con el mismo, transmitiendo ese sentimiento también al resto del mundo. Tal como en “El Convector Toynbee”, pero sin un Craig Bennet Stiles. Lo tenemos que hacer entre todos.

Martín Lousteau   LA NACION

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