LOS ESCRIBAS DEL IMPERIO (O DONALD TRUMP TIENE QUIÉN LE ESCRIBA)

Cuando dos pesos pesados como John J. Mearsheimer y Stephen M. Walt combinan sus ideas y sus plumas para proponer una estrategia de política exterior para los Estados Unidos de América, en una de las usinas esenciales del establishment intelectual de este país, analistas y decisores públicos de todo el globo deben prestar atención. Si lo hacen en el marco de una disputa presidencial en la que uno de los candidatos expresa como objetivo alterar radicalmente los modos bipartidariamente consensuados de vinculación/dominación mundial importa mucho más. ¿Qué decir si estos teóricos de primer orden coinciden con el contendiente populista?

Un equilibrio offshore y realista

Mearsheimer y Walt estiman que el cansancio informado por la mayoría de los estadounidenses por los problemas del resto del mundo está más que justificado, como también la exigencia de un reordenamiento de esfuerzos y recursos para atender los asuntos internos. Responsabilizan por esto a una extensa serie de intervenciones contraproducentes, fomentadas por la “gran estrategia de hegemonía liberal” puesta en práctica por administraciones de demócratas y republicanos.

El déficit nuclear de la estrategia cuestionada pasa por su pretensión de cincelar un orden mundial que asegure la existencia de gobiernos democráticos, libremercadistas y deferentes de los derechos humanos. Lo que debe hacer Washington, explican, es dejar de lado dichas ambiciones “para concentrarse en lo que realmente importa”: mantener su dominio en el hemisferio occidental y contener potenciales hegemones en las geografías en las que verdaderamente juega el interés nacional.

En la consideración de Mearsheimer y Walt las regiones que merecen, llegado el caso, la inversión de sangre y recursos norteamericanos son Europa, el Noreste asiático y el Golfo Pérsico. En ellas corresponde a los Estados Unidos operar para posicionar un equilibrio de poder que asegure distracciones medianeras suficientes a Rusia, Irán y China, como para desalentarlos de injerencias en el hemisferio occidental. Registremos que con todos los problemas que padece, estos intelectuales piensan en Rusia como potencia relevante de Europa (sobre ella y China dicen: “the most powerful state […] for now”).

Son muchos más precisos con el interés que evidencia el Golfo Pérsico. En este supuesto el objetivo es bloquear el ascenso de un hegemón susceptible de interferir con el suministro de petróleo a los surtidores de su territorio. La preocupación en este caso posee un carácter agravado, lo que especialmente importa no es el ascenso de un nuevo hegemón, sino de uno que trastorne los flujos del combustible que alimenta la economía de su país (israelíes y saudíes, tomar nota).

Describen su oferta como “una gran estrategia realista y con fines limitados”, que habilita el uso recursos diplomáticos y económicos para evitar conflictos y prevenir guerras, pero que de ninguna manera justifica la coerción militar para promover metas desconectadas de sus nacionales intereses. Para no dejar lugar a dudas, redactan con temperamento frío y sentenciante: “Ni tampoco es objetivo del equilibrio offshore detener genocidios”. Estados Unidos debe prestar distintos tipos de colaboración a sus aliados, pero delega en ellos, como “primera línea de defensa”, cumplir con el rol policial inmediato de sus vecindades.

 

Un repliegue doméstico y soberanista

Los doctrinarios realistas aducen que su propuesta permitirá que mayores recursos se inviertan en la casa norteamericana, para beneplácito de una ciudadanía con demandas insatisfechas en buena medida como resultado del destino bélico de tantos recursos presupuestarios. Por otro lado, menos intervenciones militares reducirán otras amenazas.

Sugieren que la presencia militar estadounidense, invencible como es en enfrentamientos convencionales, conmina a organizar formas irregulares de resistencia y combate, como son las modalidades terroristas, al tiempo que fortalecen los ánimos antiamericanos, por interpretar muchos pueblos que son violentados sus derechos soberanos. El respeto por las soberanías de otros estados forma parte del combo estratégico de Mearsheimer y Walt, al menos (o en mayor medida) en el radio que escapa a lo que denominan hemisferio occidental.

El soberanismo estatal y consecuente repliegue que propugnan tienen para ellos una larga tradición que permitió a su patria en el siglo XIX construir un Estado poderoso, para luego desarrollar una primacía continental. En el siglo XX actuaron coercitivamente cuando fue imperativamente necesario, pero de ordinario dejaron que otros actores (por caso, ingleses, saudíes y el Sha de Irán) “hagan el trabajo”. No por eruditos carecen de picardía estos estrategas imperiales, y recuerdan que si Estados Unidos salió fortalecido de ambas conflagraciones mundiales fue por haber participado tardíamente. A modo de moraleja, alientan a tener en cuenta que en las contiendas entre grandes potencias, la que mejor sale parada es la que más sabe dilatar su “solidaria” intervención.

Alertan sobre las funestas consecuencias de promover la democracia a punta de cañón, una insensatez que lejos de haber sumado adhesiones extranjeras a los valores liberales concluyó por comprometer las libertades en casa y degradar la imagen internacional de un país que vigila masivamente a sus ciudadanos, tortura prisioneros y selecciona blancos para asesinar. En este punto se verifica una diferencia nada menor con el candidato Trump, que llegó a justificar el uso de la tortura a terroristas tras los atentados de Bruselas.

 

Del imperialismo delegativo al Imperio delegante

Mearsheimer y Walt rechazan la idea de un aislamiento en la “Fortaleza Americana”, mucho menos que postulen una estrategia que descarte a los Estados Unidos como el único superpoder del mundo. Apuntan a una (no tan) nueva división internacional del trabajo imperial, mediante la cual se transite de una  excesiva concentración de responsabilidades en el “Ejecutivo” imperial a una delegación de funciones en los países aliados. Dicho de otra manera: una institucionalización subordinada de los Estados nación aliados como principales garantes (especialmente) policiales del status quo. Los estrategas del imperio reinterpretaron a Guillermo O’Donnell.

 

En dicho ejercicio resisten parcialmente la tesitura de Madeleine Albright, que aseveraba la condición de nación indispensable de Norteamérica, para sustituirla por una indispensabilidad selectiva, reservada para el continente asiático en el que deben aplicarse los mayores esfuerzos para impedir que se materialice una hegemonía china.

Europa debe ser dejada en manos de los europeos, aún si esto incrementa las chances de algún conflicto como el de Ucrania. Afirman que los rusos tienen derecho a contar con su propio patio trasero y juzgan como erróneo el despliegue de la OTAN sobre sus espacios limítrofes. Aconsejan dar luz verde para que los rusos se hagan cargo de la cuestión Siria, al tiempo que exhortan a que los gobiernos de Medio Oriente hagan lo propio con el Estado Islámico. Creen, finalmente, en el mantenimiento de las buenas relaciones con Irán…por ahora.

En definitiva, para un Imperio que carece de amigos permanentes, todo es por ahora.

 

Una omisión y una respuesta

Es estruendoso el silencio del manifiesto de John Mearsheimer y Stephen Walt en relación al lugar o destino de Latinoamérica o cualquiera de sus países en el diseño por ellos formulado. Pocas veces una omisión informó tanto.

Descartada Europa del hemisferio occidental, y enfatizando que para los autores la prioridad de Estados Unidos es preservar su primacía en este hemisferio, se desprende que es en nuestros territorios donde pueden y deben cumplir acabadamente con todas sus atribuciones, sin necesidad de intermediaciones ni de tanta cortesía por las soberanías estatales (cancillerías latinoamericanas, tomar nota, por favor).

Son notables las similitudes del menú aquí descripto con la oferta electoral de Donald Trump, en orden a un desentendimiento de problemáticas foráneas ajenas al interés nacional, a una mayor responsabilización militar a cargo de los estados europeos, a un realista relacionamiento con países como Rusia y a uno petrolíferamente interesado con Irán y el Medio Oriente. También coinciden en redireccionar recursos contra la re-emergencia de China.
Existen antecedentes de propuestas de reversión o retraimiento imperial por parte de académicos e intelectuales sumamente destacados en el gran país del norte, como Barry Posen o Ian Bremmer. Este último publicó en mayo del año pasado una obra que conmovió el debate de la política exterior norteamericana, por ser un sujeto con influencia que trasciende lo académico para penetrar en el ámbito de los decisores públicos. En un artículo publicado en The American Interest Thomas Wright, luego de reconocer ese dato nada menor, provocaba a Bremmer de la siguiente manera: “La pregunta que Bremmer no puede responder es por qué motivo, si tan descontento está el público americano con una política exterior activa, sigue votando a los candidatos que la promueven”.

El arrollador triunfo de Trump en la primaria del partido republicano ahorra a Bremmer el trabajo de responder a Wright. El Donald tiene quién le escriba, pero también quiénes lo voten.

 

 

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