ARTURO ILLIA, EL PRESIDENTE INCOMPRENDIDO

Hace 50 años, el 28 de junio de 1966, se perpetraba el quinto golpe de Estado cívico- militar del siglo XX en la Argentina. La fórmula Arturo UmbertoIllia y Carlos Humberto Perette (UCR) se había impuesto en los comicios del 7 de julio de 1963 y asumió el 12 de octubre de ese año.

Ese miércoles, al finalizar el acto en el Congreso de la Nación, siendo yo teniente, tuve el honor de conformar el grupo de militares que dispararon las salvas de honor correspondientes frente al paso del auto. El flamante presidente Illia y su esposa iban en un vehículo descapotado y miraron hacia ese lado de la plaza desde donde provenía aquel sonido marcial y en honor de la república democrática.

Pocos percibían que la expansión de las Fuerzas Armadas como factor de poder político se acentuaba por sobre los mandatos civiles, y continuaban vernáculos “pretores y cónsules” civiles, como así también un debilitamiento de las virtudes del soldado profesional, iniciado en 1955. No todos compartían la creencia del nuevo presidente acerca de que la honestidad personal, la decencia y el respeto por las leyes e instituciones podrían resolver los apremiantes problemas del país.

La decisión de Illia de mantener a los jefes de cada Fuerza fue una muestra de respeto hacia ellas. Lamentablemente, fue interpretado de manera errónea y disminuyó su autoridad como comandante en jefe. Si el presidente Arturo Frondizi –un estadista– cometió el error de negociar permanentemente con los rebeldes militares, la política de Illia de respeto y no intervención fue confundida con indiferencia. No era el caso.

En 1965, en Estados Unidos, el comandante en jefe del Ejército, Juan Carlos Onganía, expresó: “Las Fuerzas Armadas no podían permanecer impasibles, lo contrario sería una sumisión al poder establecido”. Todo hacía suponer que el general había sido captado por conocidos grupos de interés y de presión para encabezar un nuevo golpe de Estado cívico-militar como hombre ideal de la autodenominada “ciudadanía sana de nuestro país”. En aquel entonces Mariano Grondona había expresado: “Hoy las reservas del país son dos, una es el Ejército y otra es Onganía”. Veinte años después Grondona reconoció su error de apreciación. Las usinas conspiradoras contra el gobierno estaban dentro del Estado: los Servicios de Inteligencia del Ejército y de la Armada, y la entonces SIDE, que actuaban con independencia y autonomía. En la gestación del golpe se evidenciaron deslealtades, menoscabo por la Constitución Nacional, traiciones y actos de insubordinación que vulneraban la esencia del mando y el honor militar.

Durante el gobierno de Illia creció el PBI, se pagó la deuda externa y se canceló la deuda con el Club de París; se exportaron alimentos a China, se registró un récord en la balanza comercial y se levantó la proscripción del peronismo, aunque no la que pesaba sobre Perón.

La hipócrita justificación fue que existía un vacío de poder y se imponía “salvar a la República”; lo real fueron las leyes sancionadas sobre salario mínimo y sobre medicamentos, que afectaban a los grandes grupos económicos dominantes. Aún recuerdo a políticos, empresarios, periodistas y militares retirados que visitaban los cuarteles instando al golpe cívico-militar. Entre ellos no estuvieron ausentes Álvaro Alsogaray y Pedro Eugenio Aramburu.

Durante el mandato de Illia se obtuvo –quizá– el mayor logro político diplomático de nuestra historia: en su Asamblea General las Naciones Unidas aprobaron la Resolución 2065/65, aquel hecho trascendental para el reclamo de nuestros derechos soberanos sobre la cuestión Malvinas y demás archipiélagos australes, basado en el célebre alegato del embajador argentino José María Ruda.

El 28 de junio de 1966, el Presidente de la Nación fue desalojado de la Casa Rosada. Igual que Frondizi en 1962, no ordenó actuar a las fuerzas legales; se condujo con una dignidad que no tuvieron los golpistas y, por cierto, no mereció ser sacado de la forma indecorosa en que actuaron el general Julio Alsogaray y el coronel Luis Perlinger. A este último le espetó: “Usted es un traidor, como su padre”, en alusión a la actuación del general del mismo nombre que participó en el golpe de Estado de 1930 que derrocó a Hipólito Yrigoyen. Otras respuestas del doctor Illia tienen alto contenido ético y docente: “Usurpadores del poder que se valen de la fuerza de los cañones y de los soldados de la Constitución y la Ley (…) Yo he predicado en todo el país la libertad y ustedes no han querido hacerse eco de mi prédica. Ustedes no tienen nada que ver con el Ejército de San Martín y Belgrano; le han causado muchos males a la Patria y se los seguirán causando con estos actos”. El Presidente regresó a su domicilio en taxi. Lamentablemente una vez más –y faltaba la última– la tutoría e injerencia cívico-militar fue aceptada por la sociedad argentina con relativa indiferencia. Siempre recuerdo al doctor Illia como un hombre digno, íntegro y austero, honorable y respetuoso de las instituciones republicanas y de las Fuerzas Armadas. Un verdadero gentil hombre.

Martín Balza

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