LA ARGENTINA APUESTA A LA SOBREVIDA DE EUROPA

Cuando el general y el primer ministro terminaron la langosta de Bretaña, les esperaba un capón de Bresse. Todavía no habían comenzado a discutir si Gran Bretaña podía entrar o no a la Comunidad Europea.
Fue sólo después de las frutas merengadas, que Charles de Gaulle y Harold Wilson entraron en temas. El brindis con Don Ruinard 1961 había sido el último gesto de cordialidad entre ambos.
Todo ocurrió el 19 de junio de 1967 en el Grand Trianon, un palacio dentro del otro: el de Versalles.
El primer ministro británico trató de explicar por qué Gran Bretaña quería y tenía derecho a ser miembro de la Comunidad Europea.
El general de Gaulle, presidente de “la Francia”, no se convenció.
Él era un hombre ecléctico, propulsor de un Estado fuerte, pero se había aferrado a los argumentos que la derecha francesa esgrimía para mantener a Gran Bretaña fuera de Europa.
El gobierno de Wilson era laborista y se lo acusaba de ser estatizante, proteccionista y deficitario. La Comunidad Europea, decían los anglofóbicos, era un cesto de manzanas rozagantes y Gran Bretaña, la manzana enferma que podía enfermar a todas las demás.
Ha pasado casi medio siglo. Hoy Gran Bretaña ha decidido irse de la Unión Europea y Francia no sabe qué hacer para que no se vaya.
Cuando las urnas dieron el triunfo al Brexit, en Europa (y no sólo en Europa) se produjo una conmoción. Hubo entonces quienes presagiaron una hecatombe de la economía mundial, y hay ahora quienes sostienen que todos los efectos son controlables. Ambas son opiniones apresuradas.
Pasó también en la Argentina. Al principio estuvieron aquellos que imaginaban a Europa entrando en recesión, la demanda mundial encogiéndose y la soja desplomándose. Ahora hay quienes subrayan que el precio de la soja no ha caído y que el Brexit es un problema de Europa.
No es así. El Brexit no es hoy bueno para nadie, aunque pueda tener, a largo o mediano plazo, un efecto positivo para los países que inicien tratos preferenciales con ese “viejo mundo” acobardado.
La salida de Gran Bretaña, si es que no se la puede revertir, ocurrirá recién en 2018, y entre tanto pueden tejerse acuerdos de distinto tipo que dejen a Gran Bretaña con medio cuerpo dentro. Es lo que procurará la flamante jefa del gobierno británico, la primera ministra Theresa May.
En Londres se destaca que ella dijo en su primer discurso “Brexit significa Brexit” y haya nombrado ministro de Asuntos Extranjeros a Boris Johnson, el líder de quienes querían el divorcio de Gran Bretaña y la Unión. Pero es posible que esto no sea sino el intento de negociar con Europa desde posiciones de fuerza.
Aun si los esfuerzos de conciliación fracasan, hay en Europa algunos elementos positivos que no deberían quedar sepultados bajo el pesimismo y la desesperación de muchos.
El continente, al parecer, no entrará en recesión: iba a crecer este año 1,6% y ahora se predice que será 1,4%. Es muy poco, pero arriba del rojo.
La Unión, además, está necesitada de compensar el Brexit, estableciendo con prisa nuevas relaciones comerciales.
La Argentina no ha perdido el tiempo. El rápido contacto con Europa abrió algunas rendijas. Es probable que ahora puedan derrumbarse barreras comerciales que durante años hemos tratado inútilmente de demoler. Y que los propios inversores europeos, huyendo de la incertidumbre que ha creado el Brexit, cambien el rumbo de sus inversiones.
Por supuesto que hay riesgos. Los europeos vienen arrastrando, desde antes del Brexit, crisis financieras y desempleo. Aunque el Brexit no cause impacto en el corto plazo, puede debilitar más las economías de algunos países.
A eso se suma el impacto de la inmigración masiva, que trae consigo problemas económicos, políticos y sociales, pero que no es posible contrarrestar.
El contagio del Brexit parece poco probable hoy en día, aun cuando en más de un país hay sectores de derecha deseosos de romper con Europa para ganar independencia económica y acabar con liviandad lo que, a su criterio, es una “invasión”. La ultraderechista francesa Marine Le Pen, que viene en ascenso, le ha propuesto al presidente Francois Hollande que llame a un referendum como el que realizó Gran Bretaña y dio el triunfo a los aislacionistas. Le Pen asegura que “la demanda de referendos resuenan por los cuatro costados del continente”, pero esto parece ser una exaltación antes que un diagnóstico.
La demanda mundial podría caer, aunque no en las proporciones temidas por los más escépticos. En todo caso, no sería solo por Europa: una causa concurrente sería la desaceleración de China, la gran compradora de soja.
Por otra parte, la debilidad del euro podría provocar, y en cierta medida ya ha provocado, huidas a los bonos de los Estados Unidos. Sin embargo, este es uno de los tantos rasgos transitorios de la crisis.
Con un euro devaluado, es cierto, algunos países europeos podrán exportar más e importar menos, pero es difícil que esto altere sensiblemente la estructura del comercio internacional.
Con todo, es imposible pensar que la Unión Europea pierda su importancia: su producto bruto agregado supera hoy al de los Estados Unidos. Y cualquiera sea su origen, esta no es la primera crisis que debe soportar la Unión.
La productividad, innovación y tecnología de países como Alemania o Francia son virtudes que no derrotan a las crisis, pero las circunscriben.
Apostar hoy a la recuperación de Europa es hacerlo en el momento oportuno. Es ahora cuando genera más compasión que admiración. Es ahora cuando necesita de la confianza de otros países para mostrarse fuerte y confiada.
Negociar con Europa no va a poner en riesgo nuestras relaciones comerciales con otras partes del mundo. Para los europeos, la necesidad de consensuar vence la voluntad de imponer.

Rodolfo Terragno (Clarín)

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