A PROPÓSITO DE TURQUÍA, LAS DEMOCRACIAS Y LA RELIGIÓN

Hay pocos países en el mundo cuyos acontecimientos puedan afectar a tantos otros, estados y sociedades, como Turquía: los flujos migratorios a los países de Europa occidental, el accionar del ISIS, las posiciones militares estratégicas frente a Rusia, la guerra en Siria, el conflicto palestino-israelí. La evolución de la mayor democracia islámica afecta y preocupa a Occidente. Como es imaginable, el golpe fracasado de la semana pasada tensó la preocupación y la actividad de las principales capitales del mundo.
Mientras se desenvolvían los acontecimientos y aún era incierto su fin, la cadena internacional CNN difundía un debate de expertos en el área. Uno de ellos afirmó que “esta es una advertencia de Occidente a Erdogan”. ¿Advertencia? Por cierto la frase no prueba nada, pero la aquiescencia de sus colegas de debate y del conductor al menos muestra que no era una idea disparatada. Más llamativa fue la primera declaración del presidente Obama al comienzo de los sucesos: “llamo a las partes a actuar mesuradamente”.
Sólo mucho más tarde, el presidente sostuvo su apoyo a la democracia turca. La aparente reticencia de Estados Unidos en apoyar el proceso democrático turco puede resultar inquietante. En nuestra región, suele decirse que los golpes no cuentan más con el apoyo o la benevolencia de Washington; se repite que esa época concluyó y que ahora éstas son cuestiones exclusivamente domesticas. Naturalmente, lector, no se deberían tomar datos tan parciales como la prueba de un cambio en la política de los Estados Unidos con respecto a las nuevas democracias. Sin embargo, si se observa un poco mejor la evolución turca no sólo pueden verse algunos motivos que podrían haber alterado la línea de Estados Unidos, sino, aun más, nuestra propia manera de ver las cosas. Diciendo esto, sé que recorro un camino estrecho y delicado, pero la democracia no es una religión y una de sus mayores virtudes es su capacidad de rectificación.
El señor Erdogan fue electo en elecciones libres y democráticas. Se inició con él una nueva experiencia democrática en un país musulmán. Sin embargo, lejos de difundir el estado de derecho y las libertades básicas -la religiosa entre ellas- el gobierno inició una marcha en sentido opuesto. La prolongada tradición laica que sostuvieron los militares en la línea del fundador de la Turquía moderna Mustafá Kemal Atatürk, viró hacia una islamización moderada, a un creciente autoritarismo y limitación a las libertades públicas.
La agencia alemana DPA da cuenta de una declaración de Erdogan que no parece hecha por un hombre que asumió la tarea de construir la democracia: “Democracia, libertad y estado de derecho … Para nosotros, estas palabras han dejado de tener todo valor. Aquellos que están con nosotros en la lucha antiterrorista son nuestros amigos. Los que están de lado opuestos son nuestros enemigos”.
Bien, el hombre no es muy democrático, pero lucha contra el ISIS, podría razonar un observador benévolo y flexible. Pero no es exactamente así. Cuando Erdogan habla de terrorismo se refiere básicamente al PKK, el movimiento kurdo independista con quien mantiene un enfrentamiento total. Sus acusaciones exceden la política interior cuando, por ejemplo, en febrero último, dijo: “Oh, América, le dije tantas veces, están detrás de nosotros o detrás de las organizaciones terroristas (PKK). No han sabido detenerlas y esta es la razón por la cual la región es un mar de sangre.” La exaltación llega casi a la amenaza cuando le grita a los EE. UU: “Soy yo o los terroristas”.
Las limitadas evidencias del malestar de Washington que mencioné al comienzo pueden entenderse mejor, ser más plausibles, a luz de estas posiciones. El señor Erdogan cuenta con algunas razones para que su presión no sólo sea retórica. Por un lado, controla en gran medida el flujo de migrantes que huyen de la guerra en Siria. En efecto, hizo un acuerdo con la Unión Europea para controlar la salida de los tres millones de sirios que se refugiaron en Turquía. Por cierto, el control fue a cambio de miles de millones de dólares para sostener el gasto que esto ocasionaba y algo que no figura en ningún acuerdo: entregó a Turquía la capacidad de desestabilizar Europa occidental. Sólo alcanza que Erogan abra sus fronteras hacia Occidente para que la grave crisis migratoria se agudice inmediatamente. Para un dirigente europeo la presencia de Erogan, con semejante poder, no debería ser tranquilizante.
A la vez, tampoco queda claro que Erdogan resulte el mejor aliado en la lucha contra el ISIS, el tema más grave para Europa. Un hecho mayor fue el ataque a las fuerzas kurdas que luchan en Siria contra el Estado Islámico. Tampoco su relación con Hamas palestino aclara el papel de Ankara y mucho menos las sospechas de sus vínculos con el movimiento terrorista islámico. El ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Jean-Marc Ayrault, acaba de decirlo explícitamente: “Turquía es parcialmente viable (en la lucha contra ISIS), pero también hay sospechas. Tratemos de ser honestos en estas cuestiones”.
El amigo “sospechado” de Occidente es sin embargo un socio decisivo en el control militar del Mediterráneo y la capacidad de respuesta a Rusia. No sólo es miembro de OTAN, sino que es la segunda fuerza militar de esa organización. Por tanto, su credibilidad en Occidente es una cuestión mayor.
En definitiva, la democracia turca parece inclinada a prácticas autoritarias, su sociedad con la defensa de Occidente y la lucha contra el terrorismo islámico generan dudas y, ahora fortalecido luego del golpe, no es improbable que las tendencias preocupantes se agudicen. Llegados a este punto, no puedo evitar hacer una de las preguntas más molestas que surgen de estos hechos: ¿era deseable el fracaso del golpe? ¿La elección democrática hace democrático a un gobierno? ¿Rechazar la libertad y el estado de derecho, como lo hace Erdogan, no hacen que esa democracia tenga de tal sólo el nombre? ¿Una vez democrático siempre democrático, haga lo que haga? ¿Cuál es el costo, de responder por sí o por no estas preguntas? A esta altura, sobre esta cuestión sólo puedo estar seguro de una cosa: en democracia, no hay preguntas prohibidas.

Dante Caputo (Clarín)

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