EL SUEÑO IMPERIAL DE PUTIN

En 1987 el mundo vivía sin saberlo la antesala del fin de una época tan dramática como apasionante. Un par de años más tarde terminaría la Guerra Fría, los cuarenta años que se habían iniciado poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial y que organizaría el mundo en dos grandes bloques: el Este y el Oeste, el capitalista y el «socialista», el democrático y el totalitario.
Fueron años durante los cuales la paz del mundo se basaba en una estremecedora doctrina que se llamó «la destrucción mutuamente asegurada» o «el equilibrio del terror». Su fundamento era sencillo y siniestro: mi enemigo no lanzará un ataque nuclear sabiendo que responderé inmediatamente antes de que sus misiles lleguen. Quien ataque destruirá al otro y a sí mismo. Somos los inesperados testigos que subsistimos a esa demencia; por azar o virtud, el holocausto nuclear nunca estalló.
Ese año, Mikhail Gorbachov, secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética y primer ministro, había hecho varias propuestas al presidente Reagan para iniciar un proceso de distensión entre las dos potencias. Pero sus ofertas no fueron tenidas en cuenta por los estadounidenses.
En el verano boreal de ese año recibí una invitación del ministro de Relaciones Exteriores de la entonces República Federal de Alemania, Hans Dietrich Genscher, para visitarlo a «conversar» durante unos días en su casa de verano. Naturalmente acepté. Había hecho amistad con este hombre, jefe del partido liberal alemán, y durante más de veinte años su ministro de Relaciones Exteriores. Sería una excelente oportunidad para conversar sin protocolo ni agenda. Las condiciones y el interlocutor no podían ser mejores para bucear en el mundo en que vivíamos. Así pasó. Sin embargo, el segundo día por la tarde Genscher me dijo que debía partir a Washington: su pedido para reunirse con Ronald Reagan se había concretado y al día siguiente se reuniría con él.
Entonces me relató que hacía unas semanas que estaba detrás de ese encuentro. Estaba muy preocupado por la negativa estadounidense en considerar las propuestas soviéticas de distensión. «Reagan cree que los soviéticos hacen estas propuestas porque están débiles. Eso es en parte cierto. Pero él no los conoce, cree que es hora, frente a esa debilidad, de presionarlos más. Va a cometer un enorme error porque desconoce el sentimiento nacional ruso. Podrán morir, pero no van a rendirse», me dijo. Y concluyó con una frase que aún hoy, treinta años después, suena cercana e inmediata: «Los alemanes saben de esto. Lo aprendimos».
Lo que siguió es una historia conocida que concluyó con la transformación del mundo y del sistema internacional. No sé cuánto la visita de mi amigo tuvo que ver con esas consecuencias, pero en todo caso su advertencia era y es correcta.

Quizá llame la atención del lector el uso del tiempo presente, «es correcta». Para comprender la razón conviene ver sucintamente un reportaje aparecido en la última edición de Der Spiegel, el prestigioso semanario alemán. Se trata de una entrevista a Sergey Karaganov, asesor en materia de defensa y política exterior de Vladimir Putin, a cargo del Consejo de Política Exterior y Defensa. Es uno de los hombres de mayor peso de la elite político intelectual de Moscú.
La entrevista, realizada por Christian Neef, comienza sin circunloquios: «Los políticos occidentales están preocupados de que las dos partes [Occidente y Rusia] puedan caer en una situación que resulte en una guerra. ¿Le parece que esas advertencias son excesivas?» Responde Karaganov: «Nosotros le advertimos a la OTAN sobre el peligro de acercarse demasiado a las fronteras de Ucrania porque eso crearía una situación que no podemos aceptar. Rusia ha detenido el avance occidental en esa dirección y tenemos la esperanza de que eso signifique que se ha eliminado el peligro de una larga guerra Europa, en el mediano plazo. Sin embargo, la propaganda que está circulando tiene reminiscencias de los tiempos que preceden a las guerras». Y agregó: «¿Qué está haciendo Occidente? Lo único que hace es demonizar a Rusia; cree que estamos amenazando con un ataque. Esto se parece a lo que vivimos al final de los 70 y comienzos de los 80».
Luego, Karaganov advierte: «Países como Polonia, Lituania y Letonia son aliados de la OTAN y han estacionado armas en sus territorios. Eso no los va a ayudar; para nosotros es una provocación. En una crisis destruiremos esas armas. Rusia jamás volverá a pelear dentro de su territorio».
Nueva pregunta de Neef: «Su Consejo ha presentado como premisa para la política exterior y de defensa que Rusia tenga una posición de liderazgo en el mundo. ¿Qué propone en concreto sobre esto?»
Karaganov: «Queremos evitar cualquier desestabilización del mundo. Queremos el estatus de gran potencia. Queremos ser el corazón de la gran Eurasia, una región de paz y cooperación, y el subcontinente Europa formará parte de esta Eurasia».
El resto de la entrevista expresa la misma idea: la construcción del gran imperio y la vocación del uso de la fuerza: «Somos más capaces, fuertes y determinados».
¿Exageraciones, retórica o amenazas? Es difícil saberlo. En todo caso, en el mundo de hoy la idea de un imperio euroasiático es una quimera, un objetivo imposible. Así como fue le pretensión de Hitler de crear su imperio euroasiático a través de una alianza con Japón: «Dejaremos de mirar al Sur y al Oeste, y pondremos nuestra vista en un este sin límites».
Lo grave de estas metas irrealizables es que tratando de hacerlas reales se desatan las peores catástrofes. Hitler nunca llegó a Vladivostok, pero su demencia y la crisis de la sociedad alemana crearon un conflicto que produjo 60 millones de muertos.
En todo caso, Rusia ha dejado de ser un país en crisis, débil, azotado por la decadencia y la humillación. La vocación imperial se reanuda, la palabra guerra no les espanta y su espíritu de expansión es explícito.
No es menos cierto que algunos países occidentales han dado razones o excusas para que el lenguaje bélico renazca. La política impulsada en la Unión Europea, sobre todo por Alemania y su canciller Merkel, en la cercana crisis de Ucrania es un ejemplo de los errores de interpretación que Hans Dietrich Genscher quería impedir: no confundir dificultad con debilidad.

Dante CaputoPARA LA NACION

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