MALAS NOTICIAS DEL MERCADO DE TRABAJO

La discusión sobre la elevación de la edad del retiro laboral parte de dos certidumbres: el sistema requiere cambios y el mercado de trabajo está atravesando uno de los momentos más delicados de los últimos años. Los datos económicos y de empleo de la primera parte del año no tienen nada de alentadores. La actividad económica sigue deprimida y ahora sí los datos oficiales (aunque parciales, de la cartera laboral) dan cuenta de una caída significativa del empleo en los primeros meses de la gestión de Mauricio Macri. De manera que el contrapunto inevitable entre la modificación de la edad de retiro jubilatorio y las condiciones de funcionamiento del mercado de trabajo se da en un contexto francamente preocupante. Si la propuesta se formaliza, habrá que evaluar el impacto de la continuidad en el mercado laboral de los adultos mayores que están activos laboralmente. Por una parte, el volumen actual implicado y, por otra, el flujo anual que se agregaría a la oferta laboral con la elevación de la edad.
La eventual elevación de la edad afectaría a los 300000 varones de 65-69 años ocupados (según el censo de 2010) y/o a las 360000 mujeres del rango 60-64. Esta sería la máxima cuantía de la presión al mercado laboral por su permanencia.
En términos agregados y considerando que se plantease un cambio gradual, puede estimarse que unos 100000 adultos mayores permanecerían ocupados. En el tramo de 20 a 24 años, había algo más de 3 millones con una alta tasa de actividad y también alto desempleo. Pero no ingresan todos juntos. Cada año entra al mercado de trabajo medio millón de integrantes (de los cuales más del 12%, según el Censo, no conseguía ocupación), entonces aquellos cien mil mayores que permanecerían en el mercado laboral presionarían fuertemente desde el lado de la oferta.
Pero más allá de la exactitud de estas referencias (amén de los problemas que pudo haber tenido el último relevamiento, por lo general el Censo no es buena fuente para los datos de participación económica de la población), hay dos cuestiones que importan: estamos hablando de un mercado de trabajo que hoy ya no es el que era. Lejos están los años en que era evidente el dinamismo de la demanda de trabajadores. Desde el punto de vista del empleo, la última década y media mostró tres etapas diferenciadas: la impetuosa salida de la crisis de 2001, un estancamiento durante el primer período de Cristina Kirchner y una sensible declinación posterior.
No es un detalle tener en cuenta que la declinación de los años recientes fue apenas disimulada por la demanda ocupacional desde algunos niveles del Estado y el crecimiento del cuentapropismo más la manipulación estadística de la EPH desde 2013, con lo que se “pasó por alto” la destrucción de empleo en 2014. Ahora hay fuertes indicios de pérdidas absolutas de empleo y sería un error minimizarlos porque son menores que los de entonces. Con ser todo esto importante lo es más –en segundo lugar- el efecto sobre el nivel medio salarial. O lo que es mejor decir, sobre la distribución del ingreso. Ya hemos visto en Argentina situaciones en las que el estancamiento o la declinación económica perjudicaron a los trabajadores. El resultado, con matices, siempre fue un incremento de los empleos desprotegidos y/o por cuenta propia, una contención de la retribución salarial y una declinación de la participación del salario en la distribución de la renta.
En el invierno de 2016, pese a lo esperado y anunciado, predominan condiciones sin duda desfavorables para el sector del trabajo. El consumo declina y la inversión no aparece. Aunque se supere la falta de datos actual, hemos perdido las posibilidades de comparar con la situación de los años precedentes y por tanto, a las penurias de vastos sectores por las suspensiones y la alta inflación se agrega la ausencia de elementos apropiados para evaluar el comportamiento del empleo, su calidad y su retribución. No parece un buen momento para agregarle una presión negativa adicional, aunque sea imprescindible reflexionar a futuro sobre el derrotero de la protección social, no sólo en nuestras playas.

Javier Lindenboim (Clarín)

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