DEL LIBRO LA ARGENTINA POSIBLE – “LA UNIVERSIDAD”

EL SISTEMA EDUCATIVO IGUALDAD DE OPORTUNIDADES
Y MEDICION DE RESULTADOS
En toda sociedad seria, el proceso educativo, que comienza en la familia como natural y primera educadora, si bien es lógicamente accesible a todos en la igualdad de oportunidades, separa, en la paulatina medición de los resultados, al hombre y a la mujer de talento, de quienes no tienen ni la capacidad, ni la iniciativa, ni el espíritu de trabajo y sacrificio que implica el desafío de crecer en el saber y el acceso a niveles de excelencia que conllevan una exigencia de seriedad y respuesta lúcida para el logro de un conocimiento superior.
Ello no implica de ninguna manera la segregación de quienes no posean esos requerimientos de sacrificio y demostración en resultados de su inteligencia.
La exhortación para ellos del reconocimiento de sus limitaciones en el saber y, al mismo tiempo, la iniciativa y el emprendimiento para señalarles nuevos y quizá impensados campos de acción y desarrollo educativos que les posibiliten, en su justa medida, formas de realización cultural y económica, se constituyen en planes concretos que, lejos de constituir frustraciones en sus proyectos de vida, los integren a una sociedad sólida en sus objetivos e identidad.
Así, desde la base educativa, la sociedad de los países que conocemos como desarrollados va decantando al “vago” del que no lo es, en la conformación de una pirámide de calidad cuyo estrato superior, la Universidad, configura un objetivo al cual no llegan ni los más ricos ni los más pobres, sino los más capaces.Los estratos inferiores, la escuela primaria, la secundaria, y, en algunos casos la preuniversitaria, configuran sucesivos terrenos de medición de calidad, en los que los resultados y la experiencia determinan, cuando llega el tiempo para ellos, las condiciones y posibilidades de acceso a una Universidad.
Esta recibe a los mejores, de acuerdo al perfil de alumnos que cada Universidad pretende incorporar a sus claustros, para ofrecerles una plena garantía de seria capacitación teórica y práctica que les posibilite un determinado nivel de éxito en la vida.
Y para ello basa su selección en la medición de la calidad de los resultados de la historia educativa que presenta el postulante, los que son evaluados por un calificado claustro profesoral, al que solo acceden hombres y mujeres de consagrado y reconocido prestigio, el cual, a su vez, está en permanente reválida.En todo país desarrollado y serio en su sistema educativo, cuando el estudiante debe decidir su postulación para el acceso a una Universidad, éste resulta impensable sin la acreditación de una trayectoria de marcas académicas, experiencia de trabajo y hasta de participación en actividades de la comunidad que merezcan ser consideradas como válidas para su admisión al claustro superior.
Es que las universidades de mayor prestigio restringen la aceptación de los postulantes y la condicionan, no a lo económico, sino a aquellos antecedentes de trayectoria educativa que distingue a los mejores, generando una lógica competencia por el logro de esas plazas; que, precisamente por la garantía de éxito en la vida que ofrecen, son muy pocas y se reservan a quienes demuestran el esfuerzo por merecerlas.
El logro de la incorporación no implica sino el comienzo de un control permanente de resultados, que no permite a quien no cumple con las exigencias académicas deambular como “estudiante crónico”.
En nuestro país, la respetable e indiscutible política de la igualdad de oportunidades, ejercida sin el lógico complemento de la consiguiente exigencia de la medición de resultados, generó la masividad de una Universidad que privilegió la cantidad por sobre la calidad del estudiantado, así como la cantidad matemática de profesores necesaria para atender a tal masa de estudiantes por sobre la estrictez en la evaluación de los antecedentes necesarios para el otorgamiento de una cátedra.
Quien aprueba una materia en la Universidad, teóricamente no vuelve más a ser examinado en la misma.Se “doctora” en ésa materia, de forma tal que, también teóricamente, quedaría habilitado para dar vuelta a la mesa examinadora y comenzar a tomar examen.
La tremenda responsabilidad que implica el decidir quien aprueba y quien no una materia en el claustro superior debe estar confiada a quienes son conscientes de la importancia de esa decisión, tanto para el examinando en su futuro profesional como para la sociedad, que confía al profesor universitario una suerte de título de “Gerente de Producto”, pues espera que la Universidad le devuelva en cada estudiante un profesional confiable y seguro de dar respuestas lúcidas a sus exigencias.
Desgraciadamente, la matemática masividad que abruma en nuestros días a la instancia educativa superior, confía muchas veces aquella responsabilidad al trabajo, voluntarismo, sacrificio y presencia, pero también a la dudosa idoneidad de un ayudante de cátedra.
Así se frustra el lógico control de calidad de resultados que haga de la Universidad una auténtica y segura fuente de multiplicación idónea de las ideas y soluciones a que la desafía una sociedad en crisis.Porque crisis no implica sino el desconcierto, quizá instrumentado, para que no encontremos la lucidez que nos muestre las vías para salir de la misma.
Es a la inteligencia del hombre a la que le corresponde, antes del conformismo de la admisión de estar inmerso en una sociedad en crisis, la iniciativa, el entusiasmo y la sensatez para convertirse en protagonista y copartícipe de ideas claras, concretas, medibles y rentables que enfrenten situaciones adversas y las superen con éxito.
Una sociedad seria pone para ello sus ojos en sus universidades como seguras usinas donde se generen emprendimientos concretos de lo posible, a partir de una calidad académica acorde con las exigencias de nuestros días.
En el Japón existe el axioma que dice: “A la Universidad es muy difícil entrar y muy fácil salir”.Y esto es porque entrar en la Universidad implica aquella selección de calidad intelectual lógica y necesaria, y su logro no significa garantía para ellos de que van a egresar, sino que es muy fácil salir de ella ante un fracaso.
Pensemos un poco en cual es la situación de esos países que tienen Universidades “de primera”. Porque no solamente las tienen de primera sino que, además, tienen las de escalones inferiores, pero todas ellas con una clara concepción de la responsabilidad que les corresponde ante la comunidad.
Esas casas de estudios superiores reciben las demandas de la sociedad que a su vez, busca de acuerdo a sus niveles y necesidades de calidad a sus profesionales, y los contrata en el mismo seno de la Universidad, en una puja de oferta previa a la graduación, en el conocimiento de la garantía que implican esos claustros exigentes para las necesidades de iniciativas y soluciones a los problemas de la vida competitiva de nuestros días.
Observemos esa búsqueda de resultados, en ese desafío permanente que implica conceptualmente la Universidad; y, comparativamente, pensemos en nuestro “proletariado profesional” que sí, egresa de la Universidad con un título, pero sin entender muy bien para qué le va a servir ese mismo título a la hora de buscar trabajo.
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La habilitación para ejercer una profesión
Tema que merece consideración especial es la diferenciación entre el título académico y el título habilitante para ejercer una profesión liberal.
Creo con la opinión generalizada y la práctica llevada a ejecución en todo país que se precia de los controles de calidad y resultados de su sistema educativo, que debe estar a cargo de la Universidad la responsabilidad del otorgamiento del título académico, en cuanto éste se constituye en el testimonio de la acreditación del conocimiento, por parte de quién lo obtiene, de las materias teóricas que hacen al cumplimiento del programa de estudios superiores.
Distinto es el caso de La habilitación para ejercer una profesión, a partir precisamente de la acreditación del título académico, instancia que, al medir La adecuación de la calidad académica con las necesidades prácticas de la sociedad en medio de la cual se va a desempeñar el postulante, debe quedar en manos del Consejo Profesional de cada disciplina, el cual, constituido en tribunal de calificación, es el que otorga el título habilitante.
Cito como ejemplo el caso de los Estados Unidos, en el que la habilitación profesional para ejercer en un determinado Estado debe revalidarse ante el Consejo Profesional correspondiente, en caso de pretender ejercer en otra jurisdicción.
Motivo de debate en nuestros días, paradójicamente, ha sido una propuesta, publicada en estos días, de legisladores argentinos que solicitaban una reformulación del programa de la Facultad de Medicina por considerarlo demasiado riguroso.
O la participación del personal no docente en el gobierno de la Universidad.
Porque, aunque las circunstancias puntuales de la necesidad de sumar plafón de votos a una realidad de descreimiento parezcan obligar a la reedición de una política de facilismos y de “sobadas de lomos” que pretenden adhesiones cuantitativas, reconozcamos sensatamente que quienes con eso predican la defensa de la Universidad pública, con estas ideas la terminan de destruir.
El Rector de una conocida Universidad Argentina dijo hace poco tiempo: “Cuando dentro de unos años, al entrar al quirófano, un paciente quede sometido al criterio y decisión de un cirujano que jamás tuvo un bisturí en la mano, será tarde para discutir sobre la igualdad de oportunidades”.
Después… no nos quejemos.

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