UNA POLITICA CONTRACULTURAL

Desde hace añares la Argentina sufre por una cultura de la viveza. Es ventajera, permisiva, facilista, acomodaticia, amiguista, indisciplinada y diez deformaciones más. En síntesis, padece de anomia. La regla es la transgresión. Regocija andar por la otra vereda de la ley. El esfuerzo y el mérito cedieron paso al acomodo y a la trampa.
Esa cultura imperante agranda el rol del Estado, pero cada vez lo atonta más. Es un mastodonte con escasas neuronas. El Estado se halla omnipresente, pero notablemente ausente a la hora de los asesinatos, del contrabando, de los desamparados en situación de calle, del funcionamiento normal de una Guardia hospitalaria, de un tránsito caótico, de la trata, de la violencia de género, de las adicciones y del narcotráfico. Esta enunciación carece de orden de relevancia y es sólo eso, una enumeración a título ejemplificativo del Estado paradójico que padecemos, un aparato inmenso, pero inconcebiblemente estéril. Eso sí, todo lo que nos falta pensamos que nos lo tiene que brindar él y preferentemente que nos venga cual don, ‘de arriba’.
Simultáneamente, la cultura vigente resta autoridad a los maestros y a los policías, dos funciones epicéntricas para una sociedad elementalmente ordenada, básicamente preparada para afrontar los desafíos. El maestro hoy entra al aula amilanado porque es consciente que se sitúa en el eslabón más frágil del la escuela. Para peor, el maestro ve cómo se desplaza su actividad hacia tratar de contener a chicos que vienen con problemáticas socio-económicas harto complejas y de presidir el comedor, mucho más que el aula. Su vocación docente está casi intacta, pero las condiciones externas a él se han desplomado. Puede enseñar muy poco. Adicionalmente, sabemos que en el gobierno pasado hubo instrucciones de que sean promovidos todos los alumnos, sepan o no, estudien o no. Es decir, la corrosión misma del menor atisbo de enseñanza-aprendizaje. El maestro ha sido despojado de su atributo más esencial, enseñar.
El policía, en general, ha ido perdiendo autoridad y profesionalidad a horcajadas de la corrupción que la ha perforado y derruido por dentro. La inseguridad que nos azota enfrenta un mayúsculo problema: quienes son nuestros custodios están, en magnitud inadmisible, complicados con el delito. Se introdujo, para colmo, el falaz dilema ‘mano dura vs mano blanda’, omitiéndose la ‘mano legal’. Así, ‘dureza’ se asimiló a ‘gatillo fácil’ y el resultado ha sido y es una policía que opta por abstenerse y hasta apartarse de la escena de ilegalidad porque sabe que su eventual actuación estará en la mira, mucho más que la de los victimarios o delincuentes. Le horadamos la autoridad al policía, más allá de que los propios uniformados aportaron lo suyo para ese derrumbe.
Hoy, cualquier propuesta seriamente comprometida con el intento de servir al bien común e impulsar los cambios, reformas y transformaciones que ineluctablemente necesitamos me parece que tiene un eje contracultural. No podemos seguir en esta corriente decadente y resquebrajante de las bases mismas de la sociedad.
No hay país posible sin autoridad, comenzando por los emblemáticos maestros y policías. Por supuesto que los políticos y los jueces deben recobrar potestad, no formal, sino moral. Esto se recupera con mucha ejemplaridad, ninguna impunidad para la corrupción y con la propuesta de esfuerzos parejos. Otro factor ineludible es evitar el derroche, tanto de tiempo como de recursos.
Si nuestra cultura nos conduce al abismo del ‘sálvese quien pueda’, deberemos encarar y ejecutar una política contracultural cuyo ADN exponemos.
Escribo estas reflexiones en Día del Maestro. Estoy convencido que la Argentina se reencamina si empezamos a recuperar la escuela y a sus dos protagonistas, el maestro y sus alumnos. El rumbo es contracultural, sin dudas. Aunque cueste mucho más. Vale la pena intentarlo.

Por Alberto Emilio Asseff (Ex diputado nacional, actual diputado al Parlasur)

 

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