IMPORTACIONES: LA GANANCIA QUE NO SE VE

Algunos especialistas han detectado, últimamente, un fenómeno si se quiere inusual en el comercio exterior argentino. Y se manifiesta bajo la forma de una mejora en los llamados términos del intercambio, o sea, en la diferencia entre el precio de los productos que el país exporta y el de los bienes que importa.
Puesto en números del INDEC, desde el tercer trimestre de 2014 los precios de exportación promediaron una caída del 20% pero al mismo tiempo los precios de las importaciones retrocedieron un 20%. La traducción oficial dice que ahora la Argentina está ganando por los valores a los que compra y ganando bastante, al revés que cuando la soja era la estrella del comercio exterior. Y compra, sobre todo, productos e insumos industriales.
Hay en esa ganancia otra diferente y también asoma en datos del INDEC menos del tipo estructural. Sirven para entender mejor el alcance de lo que está pasando y de qué no está pasando.
Informan que en los primeros siete meses del año los precios de los bienes intermedios importados bajaron 14%; un 11% los de piezas y accesorios y 5% el de los bienes de capital. Existen allí insumos sometidos a procesos de transformación hasta terminar en artículos de consumo, como químicos, material eléctrico o metales; otros que cubren agujeros en las cadenas de producción, como autopartes, y aquellos que son directamente máquinas.
Casi sin excepciones, sucedió que en simultáneo con ese repliegue de los precios aumentaron las cantidades importadas. Decisiones empresarias posibles: aprovechar el paulatino retraso cambiario para recomponer stocks o aumentar stocks o, algo parecido a lo mismo, cubrirse del riesgo de eventuales ajustes al dólar pasadas las elecciones de octubre de 2017.
Dice un especialista: “Cualquiera sea el motivo, presente o no demasiado lejano, el punto es que la baja en los costos de importación no se refleja en los precios internos. O sea, en los que pagan los consumidores finales”. Sería, en tal supuesto, ganancia empresaria limpia.
Según su opinión aquí gravitan el comportamiento de los sectores concentrados, el impacto de las posiciones dominantes sobre el resto de los actores y las cadenas comerciales de las propias compañías; mucho más que los negocios de venta directa al público.
“Cuestión de dimensiones desparejas, son un muestrario de cómo funcionan acá los mercados y también trabajo para Francisco Cabrera”, agrega.
Quiere decir para la Comisión de Defensa de la Competencia, que depende del Ministerio de Producción conducido por Cabrera. Y que se ocupa, justamente, de actuar contra la deformación de los mercados y de evitar conductas anticompetitivas, incluidas aquellas donde juegan las diferencias de poder.
Funcionarios del área económica niegan que algunas de esas distorsiones expliquen las dificultades para contener el proceso inflacionario, cuyo origen atribuyen siempre a factores monetarios. Más heterodoxos, sobran analistas para quienes los sectores concentrados y las posiciones dominantes dicen mucho en los procesos de formación de los precios.
Ya menos del mundo de los consumidores locales, en el mundo exterior existen grandes economías al borde de la deflación, índices de precios que no llegan al 2% anual y tasas de interés reales negativas. Nada casual, de un tiempo a esta parte la tendencia internacional manda competir con precios a la baja.
El INDEC no sólo reporta el 20% que desde el tercer trimestre de 2014 les tocó a las importaciones argentina. Dice además que en los primeros siete meses de este año hubo un superávit comercial de US$ 754 millones que, con los precios del mismo período de 2015, habría virado a un déficit de US$ 1.039 millones.
Luego, la conclusión del organismo señala que “bajo ese supuesto, el país tuvo una ganancia en términos del intercambio de US$ 1.910 millones”.
Eso revela hasta dónde pegan los precios en las cuentas externas del país y, de hecho, en las reservas, pues aquello que iba a representar una pérdida devino en fuerte ganancia. El caso es que la ecuación favorable va en aumento.
Pero la misma pelea por los mercados fuerza entrar con productos que no sean los mismos de siempre y cada vez más. Los primarios y la agroindustia con bajo valor agregado o con un valor agregado que no da para aparecer en la góndolas de los grandes centros de consumo.
Dicho sin demasiadas vueltas, en ese cuadro la Argentina tiene una industria cada vez menos competitiva, estructuralmente desintegrada de abajo hacia arriba y, por las razones que fuesen, cada vez más cara.
En palabras de otro especialista: “No es casual ver a los argentinos cruzándose a Chile, cien por ciento consumidores de productos más baratos que los nuestros. Pueden ser productos de cualquier lugar del mundo, enganchados a acuerdos comerciales de Chile, pero el hecho es que nosotros somos caros”.
Se diría caros y encima dependientes de insumos y bienes que no fabricamos. Sólo entre enero y julio, sin incluir importaciones energéticas ni productos de consumo final, el balance comercial industrial arrojó un déficit de US$ 15.710 millones. Y nada menos que otro de US$ 27.927 millones durante todo el año pasado, lo cual habla mejor del panorama completo.
El momento cuenta que la caída de los precios internacionales ayuda, pero ayuda por un tiempo imprevible, marcado además desde afuera. Y aún tratándose de un viento a favor, de ninguna manera resuelve el problema de fondo.
El dólar alto o relativamente alto también puede ayudar, aunque por si mismo no altera el rumbo de las cosas.
Tal cual saben los especialistas y sabe el propio Gobierno, el horizonte será de verdad diferente cuando aquí empiece a crearse un escenario propicio. Uno donde bajen los costos, se incorpore tecnología avanzada y se ofrezcan productos diversificados y de calidad: al final, eso que no hay.
Tampoco será descubrir la pólvora decir que la gran pata ausente se llama inversiones productivas no sólo financieras. Ni afirmar que si el el mini Davos es una apuesta del Gobierno, a esa apuesta le falta llenar unos cuantos casilleros.

Alcadio Oña (Clarín)

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