DEL LIBRO LA ARGENTINA POSIBLE – “LA ESCUELA PRIMARIA Y EL COLEGIO SECUNDARIO”

Mientras tanto, las etapas inferiores del sistema educativo de nuestro país están regidas por pautas kafkianas, administradas por un Ministerio inoperable, preso de un Estatuto del Docente que convirtió la legitimidad del talento, la vocación y la iniciativa, en el imperio facilista, tanto del escalafón de la antigüedad y la buena conducta como de un reglamento de licencias muy manejable aritméticamente por quienes, en su mayoría, prefirieron quedarse encerrados en la seguridad de un cargo de titularidad inamovible.
Este puesto público, obtenido por la equivalencia de un titulo secundario que entonces los habilitaba para estar “presupuestados para el resto de sus vidas”, fue su gran “conquista social”, y desde allí resistieron y resisten gremialmente toda posibilidad de elevar la calidad de los contenidos temáticos del sistema educativo.
El Ministerio de Educación, en nuestro país, es prisionero de un aparato burocrático y gatopardista que dedica su tiempo y esfuerzos a sueldos y no a los temas educativos.Y cuando desde el mismo se convoca a aportar ideas concretas sobre los temas de fondo, o sea sobre los contenidos educativos, recurrentemente la sociedad contempla discusiones interminables sobre la duración de los períodos escolares o, ridículamente, sobre la nomenclatura de las clasificaciones en cada estrato escolar.
El Ministro de Educación debe ser, conceptualmente, nada más y nada menos que eso, y no el “Ministro de Trabajo” del gremio docente, ni mucho menos el permanente árbitro de una interminable paritaria laboral.
Y sus temas de competencia y decisión deber ser los de la educación en sus contenidos, objetivos y resultados. Porque los temas laborales de los empleados del Estado los trata la cartera laboral, y allí es donde deben ser derivados y resueltos.
Es por ello que creo fundamental para el oxigenamiento de la cartera educativa, tanto la central como las respectivas de las provincias y municipalidades, que los temas salariales docentes sean excluidos de los presupuestos educativos y sean derivados a las áreas específicas contables y laborales del Estado que son las que los deben entender, tratar y resolver.
El Primer Congreso Pedagógico, conformado por quienes eran los máximos interlocutores y especialistas en el tema, trató, hace ya más de cien años, la temática educativa en su fondo, dentro de una Argentina no facilista, que exportaba libros e ideas, y que era rica y culta, y no, como ahora, “pobre y culturosa”, y lo que es peor, estancada en su queja tanguera por el dolor de haber sido y la realidad de ya no ser.
Ese Congreso de talentos produjo la Ley 1420 de Educación, la que, con sus aciertos y errores, orientó todo el sistema que enorgulleció a una Argentina que trascendió por la calidad de sus maestros y su presencia indiscutible en la formación de una generación de hombres y mujeres que fueron ejemplo de talento e iniciativa.
Hace unos años el sector docente se retiró públicamente de un Congreso Pedagógico multitudinario, porque en la organización del mismo no figuraba ningún tema salarial docente.
Y así una iniciativa loable fracasó por el desconocimiento del famoso axioma: “Zapatero a tus zapatos”, lo cual, instrumentado políticamente sólo desalentó aún más a una población harta de ser utilizada folklóricamente para actos circunstanciales, y mellada en su fe en la dirigencia, que le predicó objetivos y no supo cumplirlos.
Porque lo que debió ser convocado en la posibilidad de un análisis de contenido de calidad de todo el sistema educativo del país por parte de los hombres y mujeres de prestigio consagrados en los temas y la problemática de la educación, finalizó en la realidad de la reactualización de un debate masivo de las estériles discusiones sobre el prefabricado enfrentamiento político, disfrazado de ideológico, entre los sostenedores de la escuela pública y los de la escuela privada.
Y otra vez asistimos a la inoperante dicotomía libre laica, que tanto pasto sirvió a las manifestaciones grandilocuentes de los personajes que tanto daño hicieron a una juventud rica en idealismo y objetivos de lograr un futuro mejor.
Tendamos también al respecto un “piadoso manto de olvido” para las acostumbradas apelaciones declamativas, generalistas y voluntaristas de absolutamente todos los partidos políticos, para los que pareciera que si enfrentan estos temas con seriedad quedarían desnudos ante sus votantes, por la inocuidad de sus propuestas.
En 1994 se realizó por primera vez una evaluación de resultados de la educación, y tal vez como era de esperar, los resultados fueron como una trompada a nuestras conciencias de padres y de ciudadanos, puesto que, la calidad y el nivel de la educación en la República Argentina no por presentidos se sabía tan desastrosos en su realidad.Esto, como argentinos, nos debe convocar, de una buena vez por todas, a una tarea seria y responsable, y, por sobre todo, sin presiones circunstanciales ni exigencias de tiempos.Porque en educación no se puede trabajar con tiempos ni para los votos de una coyuntura electoral.
Todo lo que se haga en lo educativo dará sus resultados recién a los quince años de su aplicación, o sea, cuando los primeros egresados, productos de lo que se proponga y realice, demuestren la eficacia del emprendimiento.
Por eso es necesario que no perdamos más tiempo en discusiones sobre lo formal, si lo que está fallando es el fondo conceptual, o, como decía Gancedo: “No perdamos tiempo en discutir sobre cuantos pisos tiene la torta, decidamos si la torta es de naranja o de dulce de leche”.
Si sostenemos que la familia es la primera educadora, debemos hacer que la misma toma conciencia no solo de sus derechos sino de sus deberes en este tema.
Porque el derecho de la libertad de enseñanza no se enfrenta con la educación pública, sino que también la defiende, precisamente dentro del derecho de esa libertad.
Pero el padre que realmente puede, si asume el rol que le corresponde como tal, debe también pagar proporcionalmente a sus verdaderas posibilidades la educación pública que desea para sus hijos, y, consecuentemente, asumir el control temático de lo que, en las horas académicas, se le imparte como sistema educacional.
Esto a través de su lógica participación en las organizaciones de padres que, por derecho indiscutible, conforman cada comunidad educativa.
Nosotros, al regresar de la escuela, dialogábamos con nuestros padres, en un mismo idioma, sobre las distintas materias tratadas en la jornada, en un loable y recordado aporte de experiencia que nos ayudó a entender y a sortear escollos.
Esto siempre fue interpretado como una efectiva colaboración entre la escuela y la familia, que robustecía, a la vez, lo educativo de ambas instituciones.
La acostumbrada fabricación disparatada de términos cada vez más difíciles e incomprensibles, para, a la postre, decir lo mismo, en el tradicional gatopardismo de cambiar todo para que todo siga igual, significa para los padres de nuestros días que el diálogo con sus hijos sobre las materias educativas parezca desarrollarse entre quienes hablan distintos idiomas.
Así, la pretendida desactualización de aquellos, fundada en la aceleración de los tiempos y la presencia de la informática en la educación, crea un verdadero divorcio entre la escuela y la familia que debe urgentemente tratar de ser solucionado, sobre la base del incentivo de la presencia de ésta en los temas y objetivos del sistema educativo.
Todo lo demás son slogans oportunistas de quienes teorizan folklóricamente sobre lo querible sin asumir que el facilismo de sus argumentos se estrella contra una sociedad que comprende que la tilinguería de hoy es producto de ese camino de despreocupación y de línea del menor esfuerzo, que nuestra generación ha creado, recibido y alegremente consumido.
Nuestros hijos saben, y a los que no, nos corresponde a nosotros como padres hacérselo saber, que el mundo que los rodeará no es por cierto éste, sino uno real y seriamente competitivo, en el cual, quien no este capacitado, no podrá pretender acceder a ningún nivel laboral.
Y que los títulos universitarios sin contenido les servirán solamente de decoración para alguna pared donde se los exhiba, pero de ninguna manera para merecer consideraciones especiales a la hora de la búsqueda de trabajo.
Porque es claro que lo que para las generaciones anteriores que acuñaron el famoso “Mi hijo el Doctor”, o sea la apetencia del título universitario que, por sí, abría todas las puertas para el éxito en la vida la realidad de hoy es que éste ya no existe más como valor autosuficiente.
Porque el grado superior del futuro exigirá estar acompañado por acreditación de uno o varios posgrados.
Y, en escalones inferiores, si observamos que una conocida cadena de supermercados ya en nuestros días exige idiomas y computación para pretender el simple cargo de cajero, el deseable éxito en la búsqueda de ubicación laboral para las generaciones futuras evidentemente no estará regido por el alegre desenfado y la tradicional picardía que nos distingue para obtener lo querible por el camino del logro sin esfuerzo.
No es ésta la prédica de quienes saben que la salida de una nueva calidad de educandos marcará el fin de una era de mediocridad, festejo de la chismografía y chatura abúlica.
Por eso es la exaltación pública de los caminos del desenfado y la alegre despreocupación que predica el desprecio por todo enfoque sensato, tildándolo de pacato y perimido.
Por eso la triste imagen, francamente grosera, de quienes muestran grupos juveniles manipulados hacia el desinterés, la burla y, en definitiva, la mala educación.
Porque la juventud, la verdadera juventud que no deja de ser alegre y gozar de su lozanía, sabe que su talento hará que la tilinguería de hoy será la que, concretamente, se quede sin libreto y, aunque suene como insensible y falto de “solidaridad social”, literalmente se muera de hambre.No cabe aquí ninguna posibilidad se seguir pregonando lastimeramente la falsa interpretación de la frase evangélica: “Los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz”, pues ésta parece seguir siendo la excusa para seguir en nuestra queja mendicante y en el estancamiento en nuestras vidas e inquietudes.
No nos extrañemos más hoy si tienen éxitos y logros económicos, filosóficos y políticos quienes, simplemente, son más inteligentes que nosotros, porque esa capacidad fue producida, sin lugar a dudas, por sistemas educativos que no regalaron nada, no mezclaron conceptos como en botica, y siempre respetaron la igualdad de oportunidades, pero también, consecuentemente con la misma, exigieron resultados.
Esos sistemas amparan a quienes no tienen los recursos económicos suficientes para costear sus estudios, a través de eficientes sistemas de becas, que posibilitan sus accesos en igualdad de oportunidades a todas las áreas de la educación, haciéndoles saber también que la beca obtenida implica al derecho del otorgante a un seguimiento de su desempeño, y que los resultados del mismo serán medidos con la lógica exigencia de la rendición de cuentas por la inversión realizada.
Si queremos democracia y derechos, asumamos responsabilidades y obligaciones.
El respeto por el futuro de nuestros hijos nos exige que los temas de la educación sean tratados seria y conceptualmente.
La prisa por los votos pasa por otros temas.

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