EVO Y LA GUERRA A LAS DROGAS

Creo que resulta evidente que el narcotráfico es, como la “inseguridad” (el delito violento), un problema de policía -muy real- que la ignorancia, la inescrupulosidad y la paranoia transforman en un arma política. En el caso de las drogas, cualquier político puede ser vinculado con el negocio por sus adversarios. Y cualquier figura del espectáculo puede ser vinculada con su uso por cualquier “periodista”. En un porcentaje de los casos, es cierto: hay mucho dinero y muchos impulsos autodestructivos, respectivamente. Pero nunca aparecen pruebas, y todo queda en la nebulosa del prejuicio.
Cosas inteligentes dicen entre nosotros sobre el problema, por ejemplo, J. G. Tokatlian y Jorge Ossona. Ninguno de los dos estaba cerca del gobierno anterior, y Ossona es muy crítico del kirchnerismo. Pero para el actual, el narcotráfico es un tema que le sirvió para la campaña. Y, como en otros, no tiene ideas ni políticas en marcha.
Por eso me pareció interesante este editorial del New York Times. Porque un medio clave del establishment norteamericano (ala centro izquierda) reconozca que en un país latinoamericano están enfocando el problema de las drogas mejor que ellos, significa algo para Bolivia (y no solo para Bolivia. Entre nosotros, en Salta, por ejemplo, todo el mundo, desde el cholaje que todavía tiene algunos miles de hectáreas y el que sólo le quedan los apellidos, hasta los peones, todos coquean). Y también porque muestra que la represión, sin una estrategia inteligente, no sirve de nada.
Leemos (la traducción es del NYT):
“Las lecciones de Bolivia de la lucha contra el narcotráfico
Esta semana, la Casa Blanca publicó su informe anual sobre los países que están en primera línea de fuego en la guerra contra las drogas. Como era de esperar, Bolivia ha sido señalado como uno de los tres países que ha fallado a la hora de combatir de manera efectiva el narcotráfico. El presidente Evo Morales respondió, como hace cada año, de manera desafiante.
“El mundo sabe que nuestro modelo antinarcóticos funciona mejor sin Estados Unidos”, dijo Morales en referencia a la expulsión de la agencia antidrogas de Estados Unidos (DEA) de Bolivia en 2008.
La condena anual a Bolivia no resulta útil. Hasta ahora, la experiencia del país y su estrategia contra la droga muestra mejores resultados que la erradicación forzada que defiende Washington.
La última década, el gobierno boliviano ha tratado de limitar gradualmente el cultivo de coca, la planta de la que sale la cocaína, al establecer un mercado regulado para su consumo como estimulante no narcótico. (Los bolivianos han mascado hojas de coca y han hecho té con ella durante generaciones). El gobierno erradica los cultivos no autorizados tras negociar y encontrar alternativas para quienes los plantan.
Este enfoque, con apoyo y financiación de la Unión Europea, ha mostrado buenos resultados. Según la oficina de las Naciones Unidas para el Crimen y el Delito, el cultivo de coca en Bolivia ha disminuido durante los últimos cinco años. En su último informe, la organización ha dicho que en el país hay unas 20.200 hectáreas plantadas, poco menos que el año anterior.
Estas tácticas han sido aprobadas por expertos y funcionarios occidentales porque premia los derechos y necesidades de campesinos pobres. Quienes cultivan coca y se han registrado ante el gobierno de manera voluntaria reciben pequeñas parcelas de tierra en las que cultivar cantidades controladas. Morales, que fue líder de un sindicato de cultivadores de coca, ha jugado un rol activo en estas negociaciones con los sindicatos.
Eso contrasta con la estrategia que Estados Unidos financia hace tiempo en la región, una combinación de fumigación aérea, erradicación manual y persecución de capos. En Colombia, que ha sido el aliado más estrecho de Washington en la lucha contra el narcotráfico, es donde se ha hecho más evidente que el enfoque no es el adecuado.
El año pasado, el cultivo de coca en Colombia aumentó casi un 40 por ciento comparado con el año anterior según las Naciones Unidas. El enfoque de mano dura ha incrementado la violencia. Colombia no ha recibido de Estados Unidos la etiqueta de “fallo demostrable”.
Quizá sea hora de que Washington deje de usar esas etiquetas y estudie los méritos de enfoques alternativos como el boliviano”.

Abel Baldomero Fernández

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