RELACIONES ENTRE LA PRESIDENCIA Y LA PRENSA

(Una bastante extraña experiencia norteamericana)
Creo que Ronald Reagan, sin haber sido un presidente precisamente modélico, fue en ciertos aspectos lo suficientemente interesante –al menos en su relación con la prensa- como para que les haga llegar alguna información al respecto, dada la importancia que le asignamos siempre a las relaciones de los medios con –nuestros dievrsos gobiernso.. En definitiva, con el tema de la comunicación. Sin pretender que lo que describo sea un modelo a imitar.
Alguna vez se dijo en los EEUU que los presidentes saben que no pueden funcionar sin la información de prensa, pero que lo harían si pudiesen evitarla. Y desde otro punto de vista, que los periodistas comprenden que no pueden conocer todas las respuestas, pero que actúan como si tuviesen derecho a ello.
Al tiempo en que la campaña por la reelección de Reagan –1984- entraba en sus últimas semanas, no sólo creció el nivel de fricción en la relación con la prensa, sino que además, el presidente comenzó a ignorar algunas reglas del juego no escritas bajo las cuales los periodistas cubrían tradicionalmente las tareas de la Casa Blanca. En consecuencia, el presidente alteró fuertemente el tipo de información que el público recibía sobre él mismo y sobre su administración.
Reagan fue un verdadero maestro en el uso de los medios de prensa en su propio beneficio, y su habilidad para proyectar la fuerza de su personalidad y sus convicciones le proporcionaron éxitos políticos sorprendentes. También hay que señalar que él y sus colaboradores lograron un nuevo nivel de control sobre los mecanismos de la comunicación moderna: escenografía de las noticias para obtener máxima cobertura periodística y “timing” de los anuncios para impactar a la mayor cantidad de televidentes. Porque fundamentalmente reconocieron no sólo a la tv como el medio más influyente a través del cual el público recibe las noticias, sino también la tendencia dominante en ella de poner más énfasis en apariencias e impresiones que en la propia información.
Otra acción central de la estrategia general fue el arte del acceso controlado, es decir la oportunidad para manejarse con periodistas de la tv y de la prensa gráfica, en sus propios términos, determinando así cuándo, dónde y cómo dialogar.
Vale decir que Reagan buscó limitar aquello que los reporteros denominan acceso: la posibilidad del contacto personal y su voluntad de compartir ideas y planes. Al respecto debe tenerse en cuenta que la mayoría de los presidentes norteamericanos reconocieron que la prensa no es simplemente una abastecedora o proveedora de noticias, sino que, de alguna manera se subroga al público, cuestionando la actuación de los presidentes y, en cierto modo, obligándolos a dar cuenta de sus declaraciones y acciones. Así las cosas, y dentro de dicho marco, aun los presidentes reacios a la prensa –y hasta desconfiados- se reunían regularmente con periodistas para proporcionarles respuestas –lo más satisfactorias posibles- a sus preguntas.
Sin embargo, puede decirse que Reagan fue una suerte de excepción, toda vez que durante su administración tendió a actuar encapsulado, a buen recaudo de la prensa, al menos comparado con sus predecesores. En tal sentido sus conferencias formales de prensa fueron muy pocas, y en sus apariciones públicas, limitó con suma estrictez las oportunidades para ser interrogado. De tal modo, los periodistas que lo acompañaban en sus viajes, eran mantenidos a tal distancia, que se veían precisados a gritar para ser oídos y escuchados.
Más significativo aun: en conferencias de prensa, en pequeñas reuniones con reporteros o en entrevistas privadas, Reagan concedía un acceso muy limitado a sus ideas y actitudes. Presidentes anteriores, no pudieron aplicar esa misma técnica con el mismo éxito logrado por Reagan. En definitiva, de lo que se trataba en general, era evitar el toma y daca de las conferencias de prensa y servirse en cambio de ellas y de encuentros similares, para reafirmar las posiciones básicas expuestas en los discursos presidenciales.
En el caso de nuestro personaje, cuando la prensa intentaba acorralarlo con motivo de alguna aparente o real contradicción, éste, con habitual afabilidad, evadía la pregunta, negaba la premisa o respondía acerca de otra cosa.
A esta altura es legítimo preguntarnos a qué se debió esta estrategia del acceso limitado para la prensa. Y la respuesta es bastante clara: ella provenía de la convicción, dentro de la administración de Reagan, de que la búsqueda de información por parte de los periodistas, por su propia naturaleza, desorganizaba los planes de la administración y trababa la necesidad del presidente de comunicar su mensaje básico. Porque tanto el presidente como sus consejeros, creyeron siempre que tal acción periodística debilitaba a la propia institución presidencial. Tanto así que atribuían a las informaciones de la prensa, haber sido importantes contribuyentes de la derrota política o caída de los últimos cuatro presidentes. Creencia que sigue manteniendo vigencia en muchos consejeros presidenciales. Para dar dos obsesionantes ejemplos de esto, podemos citar el muy obvio caso de la remoción de Nixon, y el del daño sufrido por la administración Carter por el tratamiento excesivamente emocional que la prensa otorgó a la crisis de los rehenes en Irán.
Es decir, que desde el comienzo de la gestión presidencial de Reagan, sus hombres intentaron evitar que la prensa fuese extremadamente frontal y que los periodistas se convirtiesen en los árbitros de una eventual crisis o los jueces de la responsabilidad presidencial. Pero también debe destacarse que esta negativa opinión que la administración Reagan tenía de la prensa, parecía ser compartida por la mayoría de la ciudadanía. Así, por ejemplo, cuando el Pentágono impidió a los reporteros cubrir la invasión de Grenada en el 84, no hubo mayor alboroto. Y cuando se produjo el atentado contra la embajada de los EEUU en Beirut, que provocara honda conmoción en los medios, Reagan, en principio, evitó declaraciones públicas acerca del incidente y buscó minimizar su importancia. Vale decir, que no acompañó en absoluto la tensión emocional de la prensa. De paso, vale la pena recordar el rechazo masivo del público al tratamiento por parte de la prensa del “affaire” Clinton-Lewinsky.
Volviendo a los tiempos de Reagan, su Secretario de Estado, George P. Schultz decía que al parecer, los reporteros estaban siempre en contra del gobierno, buscando de manera permanente informar alguna cosa que pudiera aguijonearlo. Pero lo que llama la atención es que mucha gente, ajena al gobierno, parecía compartir dicho punto de vista, y aparentemente contemplaba el problema de impedir el acceso a la prensa con poca preocupación, a pesar de la normal consecuencia de dicha actitud que priva de información al público. Pero la prensa también estaba bajo fuego desde otro ángulo, porque muchos críticos del presidente Reagan afirmaban que los corresponsales habían fracasado en la exposición de sus errores y fallas.
De hecho, la prensa informó sin cesar sobre estos asuntos, pero ello no pareció tener mayor importancia para los votantes, y se llegó a decir que rara vez la prensa había sido relegada a un rol tan secundario –durante Reagan- en la determinación de los asuntos de carácter nacional.
De todos modos, esta práctica de Reagan de negarles a los periodistas acceso efectivo a su persona y a sus ideas, nunca fue considerada por ellos como una violación de la Primera Enmienda de la Constitución norteamericana. Inclusive, el hecho de mitigar el habitual impacto de la cobertura de prensa, llegó a considerarse como un ingrediente clave de su propia eficiencia como presidente. Pero por otra parte, la suerte de aislamiento presidencial que tal estrategia requiere, podría, si no siempre, en algún caso, alterar dramáticamente la naturaleza del debate electoral y traer aparejadas serias consecuencias para el presente y futuro del proceso político.
Un ejemplo de dicho aislamiento del presidente lo constituyó el hecho del anuncio en plena campaña, de Walter F. Mondale, de que se iba a entrevistar con el Ministro de Relaciones Exteriores soviético Andrei A. Gromyko. De inmediato comenzaron a repicar los teléfonos de la Casa Blanca. Los periodistas deseaban conocer la reacción del presidente frente al sorpresivo hecho que le restaba parte de la ventaja de su próximo encuentro con el diplomático soviético.
La respuesta inicial de la oficina de prensa fue: “sin comentarios”.
En la mañana siguiente, James A. Baker III, jefe de gabinete de la Casa Blanca, convocó su reunión diaria sobre estrategia de comunicación, sabiendo ya que las cadenas de tv querían entrevistar a Reagan ante las cámaras sobre el tema Gromyko. Los participantes discutieron alternativas: ¿Debería el presidente o alguno de sus ayudantes sugerir que el señor Mondale estaba entrometiéndose en los asuntos del Estado?. ¿Tal crítica debía filtrarse o divulgarse anónimamente?
Finalmente decidieron que la prensa sería informada en el sentido de que el presidente “no tenía problema alguno” con la decisión del señor Mondale. Es decir, que se trataba de mostrar a Reagan por encima de pequeñeces o mezquindades partidarias, mientras que al mismo tiempo –al usar la palabra “problema”- se intentaba despertar suspicacias sobre lo apropiado o no de dicho encuentro. Más tarde, los periodistas se agolpaban en la oficina de Larry Speaks, vocero presidencial, para el habitual informe matutino, y preguntado sobre el tema respondía: “no tenemos ningún problema al respecto”.
La respuesta pareció completamente espontánea, aunque la espontaneidad nunca fue la característica de la campaña por la reelección de Reagan, y por el contrario todo era preparado hasta en el más mínimo detalle y manejado teatralmente. Los hombres a cargo de los preparativos previos para la tv supervisaban sonido, iluminación, inclusive el color celeste para el telón de fondo; las llegadas y partidas de Reagan a los locales de las convencioness, a las pistas de los aeropuertos, que obviamente se cumplían estrictamente a horario. Permanentemente se entregaban a los periodistas planillas informativas y los ayudantes estaban siempre a mano para distribuir hasta trascendidos respecto del desarrollo de la campaña. La presentación de los temas generales de ella también era programada cuidadosamente, dedicándose a menudo una semana íntegra para cada tema específico. Por ejemplo: una para la “semana hispánica”, otra para el tema de “medio ambiente”, otra para “política exterior”, que culminó en dicho caso con el encuentro con Gromyko, etc. etc.
Dado el cuidadoso empeño con que se organizaban y se entregaban los mensajes del presidente, la oficina de prensa de la Casa Blanca tenía poca paciencia con las preguntas sobre temas que no se refiriesen al tópico programado para el día o la semana. Tales preguntas eran vistas como no pertinentes o potencialmente perjudiciales, en virtud de que podían amortiguar el impacto del tema central, diluyendo el mensaje del día.
En tal sentido había un cartel sobre el escritorio de la Casa Blanca ocupado por el vocero Speaks que decía: “no nos diga cómo presentar las noticias y nosotros no le diremos cómo escribirlas”. Pero también dijo el realista vocero en una oportunidad: “Sé que siempre somos acusados de controlar los mensajes, pero bueno, cualquier Casa de Gobierno, supongo, controla la forma de su comunicación, y esto ha sido siempre así. De tal manera, también siempre esta relación con la prensa es conflictiva”.
Durante la administración Reagan la estrategia de comunicación se desarrollaba en las sesiones diarias que tenían lugar a las 08.15 de la mañana en la oficina del jefe de gabinete, Baker, con la presencia de su adjunto Michael K. Deaver, el asesor de Seguridad Nacional Robert C. Mac Farlane, un asistente presidencial, otro para asuntos de Gabinete y el oficial de enlace de la “Campaña Reagan-Bush”.
Durante las reuniones el grupo examinaba detalladamente el material preparado por la oficina de vocero Speaks, subrayando las fechas y los planes de los anuncios del presidente. Speaks informaba a sus colegas sobre las probables preguntas que efectuaría la prensa en el curso de cada día y se discutía la “guía de prensa” para determinar las respuestas a dichas preguntas. Más tarde, durante el curso de cada mañana, Baker y Deaver informaban de la reunión al presidente que normalmente aceptaba sus decisiones.
Este equipo aprendió muy bien cómo sacar ventajas de las oportunidades de la información, y en tal sentido Deaver comentó cómo la tv había cambiado todo de un modo absoluto, transformando la imagen visual en lo realmente importante. Para dar un ejemplo citaba un anuncio presidencial sobre la vivienda, ya que para el caso resultó muy eficaz tener la presencia del presidente en una obra en construcción donde se lo pudiera ver. Entonces, aun si los comentarios del presidente eran sintetizados por un relator o locutor, su caminata como telón de fondo demostraba su preocupación por el tema. Es decir que la imagen visual lograba que el mensaje llegase al público. Además, se ponía especial cuidado en no decir nada que pudiera desplazar el mensaje acerca del tema fundamental del día, y al fin de cada jornada, el equipo de campaña preparaba para la reunión del día siguiente un memo estimativo de cómo había repercutido el “tema del día” en los noticieros de la noche.
En el proceso de la puesta en escena de las noticias, la administración Reagan hizo pleno uso de su mayor recurso, o sea del propio presidente, y los reporteros tuvieron muchas más oportunidades de observar a Reagan en acción que a cualquiera de sus predecesores, pero siempre desde cierta distancia, sin el deseado acceso directo, aunque a veces se les permitió efectuar un par de preguntas. Pero hay que tener en cuenta que en realidad los periodistas buscaban una suerte de verdadero acceso a los genuinos sentimientos e ideas del presidente en relación con las noticias: contradicciones, complejidades y matices. Buscaban comprender más profundamente las políticas del presidente y el pensamiento volcado en ellas. Entonces, comparada estas experiencias con otras en los casos de presidentes anteriores, estas últimas fueron mucho más gratificantes que las vividas con Reagan.
Como se sabe, la conferencia de prensa es un fenómeno relativamente moderno ya que sólo comenzó hace unos cincuenta años. En sus inicios, los presidentes se reunían con los periodistas sobre bases informales y reglas específicas mediante las cuales el presidente no podía ser citado por su nombre. Pero dichas sesiones eran de inmensa ayuda por cuanto habilitaban al presidente a ser sincero bajo el manto del anonimato. Franklin D. Roosevelt, por ejemplo, no sólo hablaba de su modo de pensar sino que también ofrecía sugerencias a los periodistas en cómo disfrazar una frase atribuida.
El presidente Einsenhower solía tener conferencias de prensa con regularidad. En su primer período tuvo 99, lo que marca una gran diferencia con las 26 de Reagan. El presidente Carter tuvo 59 en el mismo lapso.
Las conferencias de prensa en tv, con toda su contundencia y fuerza real, fueron inventadas por John F. Kennedy. En ellas los presidentes aprendieron a ser más circunspectos en sus respuestas, conscientes de que un error podía acarrearles problemas al instante. Richard Nixon y Jimmy Carter respondían articuladamente y utilizaban las conferencias de prensa para intentar defender enérgicamente sus políticas, dejando traslucir sus propias reacciones con relación a los hechos que luego serían noticia. Por ejemplo, fue en una entrevista televisiva que Carter expresó que sus sentimientos sobre la Unión Soviética habían cambiado drásticamente luego de la la invasión por dicha potencia a Afganistán. Idea ésta que fue oportunamente ridiculizada por Reagan en la campaña del 80. Pero desde que Reagan asumió el poder, sus colaboradores clave no guardaron secreto acerca de la incomodidad que les producía cualquier eventual exposición del presidente a un no ensayado toma y daca en una conferencia de prensa televisada. Y tal preocupación era natural, en virtud de las dificultades del presidente para recordar con precisión material fáctico, y su propensión a las declaraciones alarmantes, como aquella de su primera conferencia cuando manifestó que la Unión Soviética se sentía con derecho “a cometer cualquier crimen, a mentir, a trampear, en orden a obtener sus objetivos”.
Inicialmente, las sesiones de noticias se realizaban por la tarde, cuando cualquier error presidencial podía ser sólo advertido por un número limitado de espectadores. Pero la Casa Blanca tomó nota de que los canales volvían sobre los errores en sus emisiones nocturnas, a expensas de los fragmentos de las conferencias en las cuales el presidente actuaba correctamente. Entonces reorganizó las sesiones para horarios preferenciales, de modo tal que un público más numeroso pudiera al menos ver el contenido total.
Reagan y sus ayudantes desarrollaron su propio sistema para las conferencias de prensa por tv. Los políticos en general, y los presidentes en particular, tuvieron siempre un último recurso frente a las preguntas incómodas durante cualquier entrevista: negarse a responderlas. Y a pesar de considerarse ésta como una solución políticamente riesgosa, sobre todo cuando las conferencias de prensa comenzaron a televisarse, Reagan la adoptó sin consecuencias aparentes de deterioro. Así las cosas, los periodistas descubrieron que no podían llevar al presidente a responder una pregunta que él no deseara contestar. Tampoco podían forzarlo a confrontar una aparente contradicción. Y a medida que ganaba confianza en la práctica, Reagan demostró ser un maestro de la evasiva: bromeaba, cambiaba el tema, hasta que agotaba el tiempo útil. Así exponía las posiciones cuidadosamente ensayadas con la simple y enérgica forma de los discursos de campaña, y allí trazaba la línea. Finalmente, las tales conferencias se transformaron en extravagancias protocolares con alfombras rojas y rutilantes arañas, dando al público una falsa impresión de jovialidad y espontaneidad, con el presidente bromeando y llamando a los periodistas por sus nombres de pila, en algunos casos hasta a periodistas que apenas conocía, pero para todos ellos, lo que menos tenían esas conferencias era un carácter realmente informativo o una vía de acceso real.
Por ello, el principal camino por el cual los periodistas recogían información en la Casa Blanca, era a través de sus contactos con los colaboradores presidenciales y de la administración, lo cual posibilitaba el intercambio de ideas sobre decisiones, estrategias y políticas. Porque generalmente, los ayudantes eran y son más accesibles. En ocasiones hasta deslizaban información sobre asuntos de seguridad nacional, lo que llevaba correlativamente hacia un extraordinario esfuerzo para bloquear estas filtraciones, incluyendo la autorización de tests de detectores de mentiras para altos funcionarios. Frecuentemente, las revelaciones de los ayudantes sobre planes, luchas internas por el poder, errores y flaquezas tales como el dormitar de Reagan en las reuniones de gabinete, probaron ser embarazosas para la administración.
Pero el uso de ayudantes como una fuente clave de información sobre motivos y estrategias presidenciales conllevaba un peligro para la prensa, porque los ayudantes frecuentemente se contradecían entre ellos. Y lo que decían, a veces era más tarde desmentido por el propio presidente. Esto ocurría porque cada colaborador o ayudante solía poseer sólo una parte distinta en cada caso, de la verdad total acerca de una decisión. Además, ellos podían también perseguir interesadamente sus propios fines burocráticos.
En anteriores presidencias los diarios contactos con periodistas por parte del secretario de prensa o vocero presidencial, rellenaban algunos espacios vacíos, pero Speaks, rutinariamente se negaba a responder preguntas sobre ciertas áreas críticas.
Reagan ideó otras formas de reunirse con la prensa y de ser interrogado por el público. En tal sentido, la Casa Blanca, frecuentemente allegó grupos de editores para formular preguntas generales. Otras veces, el presidente recibía estudiantes o escolares. Y todas estas sesiones eran oportunidades propicias para que el presidente reafirmara sus posiciones básicas.
Hubo también una serie de reuniones con pequeños grupos de periodistas en la Casa Blanca para preguntas y respuestas “off the record”, bebidas de por medio, pero algunos periodistas declinaron asistir debido a lo restrictivo de las reglas. No obstante, otros de los que formaron parte afirmaron que dichas sesiones permitieron penetrar ocasionalmente, las actitudes del presidente, que en alguna oportunidad sobrepasó los designios limitativos de sus elaboradores de políticas, que luego trataban de desmentir lo dicho por el presidente aludiendo a desinterpretaciones de los periodistas. Pero la mayor parte del tiempo, Reagan mantuvo su firmeza rechazando asedios y negándose a ser más específico en situaciones delicadas.
Es que toda esta interacción constituye una buena ilustración de las contradictorias metas de los gobernantes o de los candidatos a serlo, y de la prensa. En cualquier campaña el conflicto surge principalmente porque el candidato debe ser simple y repetido -ciento de veces- si es que quiere adentrarse en la conciencia de los ciudadanos, muy ocupados en conducir sus propias vidas. Esto ayuda si el tema de la campaña puede ser transmitido por medio de una leyenda resumida en una etiqueta pegada a un paragolpe de auto o en un flash televisivo de 30 segundos. Y seguramente el éxito de Reagan se debió a que sus ideas podían ser resumidas simplemente y que las venía repitiendo a lo largo de treinta años.
Claro está que si bien este tipo de repeticiones y simplicidades funcionan en ciertos momentos de la política, los periodistas prefieren la diversidad y no se avienen a aquellas modalidades que empobrecen la información. Más bien quieren cavar y ver qué hay debajo de la superficie. Además, y lamentablemente para los políticos, todo aquello que lesiona sus intereses se transforma en noticia.
Por otra parte, los cambios operados en la tecnología y en la filosofía de la cobertura de noticias, han complicado también las relaciones entre la prensa y los políticos. Porque el dominio de la tv –y hasta de la radio- transformaron al periodismo, ya que la instantaneidad en la comunicación de noticias hace que los diarios, no sean tan buscados por el público grueso como la fuente principal de información. Así es como los periodistas buscan desempeñar nuevas tareas y se vuelcan más y más a proveer interpretación y análisis junto con las propias noticias. Y hasta se considera ahora que el periodista está obligado a informar sobre lo que ocurre entre bambalinas, y no simplemente el movimiento de utilería. Pero de este modo, también queda expuesto a la confrontación con un presidente y con cualquier político. Hoy tenemos además las redes sociales y todos sus derivados.
Pero tal confrontación es inevitable porque en el mundo de la política muy pocas cosas son lo que aparentan ser. Lo que quiere aparecer como espontáneo no lo es. Las palabras, muchas veces disfrazan –más que revelan- los sentimientos. Un legislador puede despreciar al hombre que abraza, y puede hasta votar una ley deseando que sea vetada. Un presidente puede tomar una decisión con una razón superior en su mente, pretextando un sinfín de otras razones. Por ejemplo, para la mayoría de los funcionarios de la administración Reagan, su decisión de invadir Grenada fue desatada por los líderes del Caribe que pedían el derrocamiento del régimen izquierdistas que había tomado el control. Pero al explicar la acción, Reagan dijo que había sido cumplida, fundamentalmente, para rescatar a estudiantes norteamericanos…
En otra oportunidad, cuando revirtió la política de su administración al autorizar un nuevo y costoso programa para aliviar el peso de la deuda de los granjeros, Reagan mostró cierto enojo con los periodistas. Ello ocurrió durante una sesión de toma de fotos, que los periodistas intentaron aprovechar para confrontarlo con las evidentes implicaciones políticas de dicha decisión. Entonces Reagan dijo: “Sé que ninguno de ustedes va a creer esto, pero no fue hecho pensando en eso” . Y en una cosa tuvo razón: ningún periodista le creyó.
Finalmente, el fenómeno de Ronald Reagan plantea nuevas preguntas relativas al papel que corresponde a la prensa. Muchos críticos del presidente dijeron que los periodistas habrían debido ser más agresivos con Reagan, creyendo tal vez que si la prensa lo hubiese puesto al descubierto, mostrando sus técnicas, y desafiándolo cara a cara, el público se habría puesto de pie repudiándolo. Según otras opiniones, los periodistas hicieron todo eso con mucha diligencia, pero sin ningún éxito, ya que fueron ignorados por el presidente y hasta por los votantes. En la tv, las respuestas de Reagan, generalmente redujo el papel de los periodistas a nivel de actores de una representación en la cual, el presidente tenía el rol principal y dominante. Generalmente, las acciones de Reagan ocurrieron en un clima más a fin a sus necesidades que a las de la prensa.
Aun aquellos analistas políticos no particularmente amistosos con la administración Reagan, sugirieron que los requerimientos de noticias, particularmente a través de la tv, ejercieron una indebida influencia en la formulación de políticas, y que por ende, los presidentes deberían buscar retornar esta responsabilidad a la Casa Blanca. En definitiva, una justificación del aislamiento o encapsulamiento. Pero todos estos miedos a la prensa se fundan en la creciente influencia y repercusión que tienen las noticias a través de la tv, y su impacto sobre las propias decisiones de política nacional e incluso de política exterior. Ya que no todos los presidentes podrían tener la habilidad y suerte del presidente Reagan, y al carecer de ellas también podrían perder fácilmente el respaldo público poniendo en peligro el éxito de sus respectivas gestiones.
Sin embargo, y esta es la conclusión final, toda restricción a la prensa –cualquiera sea el miedo en que esté fundada- podría anular el tradicional control y equilibrio que han dado fuerza y flexibilidad al sistema político norteamericano.

por Albino Gómez

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