ESPAÑA Y EE.UU.: CUANDO LA POLÍTICA YA NO REPRESENTA

Mientras la dirigencia política española no logra formar gobierno, la candidatura de Donald Trump es otro emergente de la crisis de liderazgo que afecta a las democracias.

El disloque actual de la política española expone, además de su gravedad, una dimensión paradigmática sobre lo que esa crisis agrega. Dentro de un sistema armado para dos partidos, de pronto deben convivir cuatro formaciones. Atrapado en esa transformación, el liderazgo español sucumbe a un llamado tras a otro a las urnas -el tercero seguramente en diciembre-, sin lograr resolver los efectos objetivos de la fragmentación. Es un camino que sólo constata la enseñanza que descarta esperar resultados diferentes combinando los mismos elementos.
El caso español es ejemplar porque esa atomización que le es propia constituye, además, un signo de la época que excede a ese país. Se trata en sus consecuencias de una ruptura generalizada de la estructura de representación; entre los partidos y su grey o, dicho de otro modo, entre los tiempos que experimenta la gente y los de quienes pretenden interpretarla desde un liderazgo supuestamente asumido.
Esa fractura se extiende como una mancha sobre la democracia moderna, un desvío que en América Latina ha tenido parte de sus expresiones más definidas. El ejemplo extremo de España es un espejo básico de este fenómeno que adelanta lo que posiblemente acabe sucediendo en escenarios tan complejos como el de Estados Unidos. Allí, otro sistema para dos partidos muestra señales de agotamiento y similar vacío de representación. Donald Trump, el sorprendente postulante republicano, es un emergente de la crisis de liderazgo del partido en el cual se ha encaramado desde las claraboyas.
Esa organización ya venía fragmentada entre las líneas tradicionales y las fundamentalistas como el Tea Party, una variante ultra que nació al socaire de la gran crisis de 2008. Aquel desbarranque sin precedentes de la economía moderna alteró de un modo radical a las clases medias norteamericanas.
El efecto fulminó el sueño norteamericano, al menos en sus bases de proyección social asegurada y del premio al trabajo y al esfuerzo. El dato que explica mucho de este presente es que esas contradicciones en EE.UU. no han sido resueltas y definen la conducta política. Por cierto, tampoco lo fueron en España, que ha recuperado crecimiento pero sin recomponer el daño social que generó el brete económico. En Estados Unidos, del lado de los demócratas,
Hillary Clinton representa menos a una izquierda folclórica –como insiste un extendido análisis conformista– que al establishment puro, incluso, no sólo el propio sino el de los dos partidos tradicionales. Parte de ese comportamiento lo confirma el apoyo del ex presidente George Bush padre a la campaña de la líder oficialista, al que se suman grupos de veteranos de guerra, especialistas en relaciones exteriores, dirigentes clásicos del Grand Old Party y hasta el amplio conjunto de los grandes medios periodísticos.
La intensa línea interna que abrió el senador Bernie Sanders, un socialdemócrata sistémico y de regulada rebeldía, anuncia, a su vez, un efecto divisivo hacia adelante, no por lo que hizo sino por lo que representa. El legislador logró canalizar la frustración de un amplio sector de la juventud renuente a identificar la solución de su cólera en la ex canciller. Sanders, con un discurso abierto que reconocía la importancia de la insatisfacción por la concentración del ingreso y la caída de las oportunidades, mantuvo a estos sectores insatisfechos dentro de la estructura demócrata durante la batalla interna.
Pero, al culminar las primarias ese espacio crítico se alejó de la candidata. El calado de la fragmentación alimentada también por esos sectores, se observa en que no existen registros históricos de dos postulantes a la presidencia norteamericana, Hillary y Trump, con tan profundo rechazo por el electorado, en torno a un común 60% negativo.
El debate más interesante busca definir el combustible de esta involución. Los elementos son diversos. Uno, no menor, es la ruptura que la tecnología hace aún más visible entre el discurso político y los hechos. El espacio holgado que marcan esos extremos acaba en el desprecio de la ciudadanía a sus representantes. España ayuda también a entender este punto.
Existen ahí dos fuerzas tradicionales: el PP conservador del presidente Mariano Rajoy, beneficiado coyunturalmente de los escombros propios y ajenos, y el PSOE de estirpe socialdemócrata, al menos en su proclamada genética. Pero, estas formaciones se han ido asemejando en términos prácticos y a niveles mucho mayores que el que reconocería su narrativa de tribuna. Desde el socialismo ese proceso de lo que en otros tiempos se llamaría “derechización”, se constató particularmente durante el último tramo de la Legislatura de José Luis Zapatero.
La pérdida de poder y de significación del socialismo español encierra hoy al partido en una feroz interna con su principal líder Pedro Sánchez sostenido de un hilo frágil. El liberal Ciudadanos, forjado como reacción a la corrupción en la dirigencia popular, es otro modelo de la misma vereda. Podemos, por último, que se presenta como modernidad antisistema y presunción libertaria, defiende sin atenuantes el ajuste ortodoxo que ejercen sus primos griegos del Syriza, con quienes comparte la misma visión del mundo y de la trampa política.
En EE.UU. las diferencias entre Trump y su adversaria son nítidas, pero la observación no debería conformarse con eso. El magnate camorrero y provocador es un bufón al estilo de la corte del Rey Lear que dice lo que los otros no se atreven reflejando el pensamiento del conjunto. Lo hace cuando advierte y denuncia la caída de ingresos, los malos empleos que reemplazaron a los anteriores y las estrecheces del futuro de las que se aprovecha prometiendo sin detalles una fórmula de menos impuestos y más salarios.
Pero también lo expresa con un militarismo desembozado con el que busca reconstruir un orgullo nacional chauvinista forjado en el modelo ruso de Vladimir Putin, a quien reivindica pero no solo por sus negocios inmobiliarios en ese país. Si se omite a Moscú, el Pentágono y la jerarquía militar así como el establishment que Hilary representa, riman con esa cadencia de añadir el cañón a los discursos hasta hacerlo inaudible.
Es por esto que el desafío de la ex canciller se estructura más por las formas que por el contenido. El proyectil volador del sexismo de Trump y la Miss Universo (Miss Peggy) en el primer debate sintetizó esa estrategia.
Pero, claro, nada de esto resuelve el riesgo de la fragmentación y menos aún de la desesperanza que, en una paradoja no tan curiosa y tampoco casual, es lo que los ha encumbrado.

Marcelo Cantelmi

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