EL HUMOR DE LOS NORTEAMERICANOS Y LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL

Cuando falta escasamente un mes para las elecciones presidenciales norteamericanas parece oportuno describir -en grandes líneas- cuál es el humor con el que la sociedad del país del norte llega a los comicios que se aproximan.
El ambiente social en general es, más bien, uno de pesimismo. Un 65% de los norteamericanos cree que su país transita en una «mala dirección». Sólo el 45% opina que las cosas «marchan bien». Esta ha sido, cabe apuntar, la visión prevaleciente en los últimos doce años. No es una sensación reciente, entonces. Cuando se les pregunta por la situación actual de su país, un 56% de los norteamericanos manifiesta que cree que está en una coyuntura más bien oscura y bastante peligrosa. Apenas un 40% de los encuestados cree que su país está en una situación ideal para progresar.
No obstante, la cuestionada gestión presidencial de Barack Obama se está cerrando con un 51% de aprobación. Hace apenas un año, ella cosechaba un 54% de desaprobación. Esto parece sugerir que los demócratas tienen buenas posibilidades de imponerse en los próximos comicios.
En paralelo, los norteamericanos muestran asimismo una notable disconformidad con la labor de su Congreso, que cosecha una tasa de desaprobación pública realmente mayúscula, del 77%.
La ansiedad social por «cambiar» es elevada, del 61%. Lo que compara contra un 36% de encuestados que sostienen que, en rigor, es tiempo para entronizar a un presidente de reconocida experiencia. Quizás por esto el relativo éxito -sorprendente- de un candidato patológico, distinto, inusual e imprevisible, que además genera enormes resquemores, como es el caso de Donald Trump .

Ante la pregunta de cuáles son las principales urgencias que los EE.UU. deben resolver en el corto plazo, las respuestas no son inesperadas. Para un 24%, la mayor urgencia actual es la de atender las amenazas crecientes del terrorismo; para un 18% es el desempleo; para un 15%, la preocupante declinación del nivel de ingresos de la población, en términos reales; para el 12%, la urgencia es la salud; para el 10%, el gran problema es la inmigración; y, finalmente, para el 8%, el cambio climático. Tan sólo un 4% de los encuestados responde que el problema principal son los impuestos.
Respecto de la apertura comercial, crece la preocupación. Un 65% de los encuestados afirma que debiera haber más restricciones a las importaciones. Sólo un frágil 22% mantiene una posición en favor de la libertad comercial. A su vez, un 52% de respuestas manifiestan la necesidad de introducir cambios al sistema actual de cobertura de salud. Pero, en esto último, el principal problema al que muchos apuntan como preocupación central es de los precios de los medicamentos, que entienden son exageradamente altos.
La tasa actual de desempleo en los EE.UU. es del 5%, lo que se considera «normal». Los norteamericanos han visto crecer lentamente su nivel de empleo a lo largo de los últimos seis años.
La economía avanza, pero con notoria pesadez. En la primera mitad del año, el PBI aumentó casi un 2%, con una tasa de inversión débil y un escenario exterior que muestra que el estancamiento o la debilidad predominan en casi todos los rincones del mundo.
La tasa de interés -muy baja- sólo fue incrementada débilmente por la Reserva Federal una vez en la última década: el pasado mes de diciembre.
El ascenso de Donald Trump, un candidato realmente «distinto» (y preocupante por su temperamento e ideas) puede responder a cuatro factores. Primero, a que la riqueza promedio (el patrimonio neto) de las familias norteamericanas cayó fuertemente en la década pasada. En el 2007 estaba en unos 137.955 dólares. Y hoy es de tan sólo 82.756 dólares. La caída es, queda visto, muy significativa. Segundo, a la pérdida de fe de los norteamericanos respecto de sus instituciones sociales. Un 73% de los norteamericanos confía hoy en sus militares. Sólo un 23%, en sus instituciones judiciales en el fuero penal. Un 39% de ellos dice estar satisfecho con su sistema de salud. Un 56%, con la policía. Un 23%, con los sindicatos. Un 30%, con las escuelas públicas. Apenas un 36%, con su Suprema Corte. Un 27%, con sus Bancos. Un 41%, con sus respectivas iglesias. Y tan sólo un 6% con su Congreso. Una gran disconformidad horizontal parece evidente. Tercero, a que la confianza de la gente en el gobierno federal está en un nivel histórico muy bajo, del 19% solamente. Cuarto, a que una gran parte de los votantes se sienten «traicionados» por los políticos. «No representados», en consecuencia.
Hillary Clinton llega a las elecciones con la delantera, pero con una imagen negativa inusualmente alta, del 52%. Donald Trump lo hace con una mucho peor, del 61%. Son, en rigor, las imágenes negativas más altas de todas las elecciones presidenciales de los últimos tiempos en el país del norte.
Por esto, muchos creen que se trata de elegir entre dos males. Lo que resulta, por lo menos, incómodo. También por esto la notoria falta de entusiasmo que flota en el ambiente. Y la sensación de preocupación por el futuro. Así como la percepción de que existe una polarización social creciente y la sensación de que realmente hay una fractura profunda, que divide a la sociedad. Y también por esto la cuota de ansiedad general que se advierte.
Parecería que los votantes están forzados a decidir su voto entre una candidata en la que no confían y otro que, bien o mal, les produce rechazo.
Las encuestas sugieren que Hillary Clinton tendría ahora una ventaja de dos dígitos sobre Donald Trump. Un 15%, sin embargo, dice que no va a votar por ninguno de los dos. Pero lo cierto es que nada está escrito definitivamente. Y que puede haber todavía sorpresas.
A todo lo que cabe agregar que se espera que los republicanos pierdan algunas bancas en la Cámara Baja, pero mantengan el control. No obstante, el enfrentamiento entre Donald Trump y algunos líderes republicanos podría -de pronto- generarles una debacle respecto de la conformación futura de la Cámara de Representantes.
Para Hillary Clinton eso ciertamente supone que, de imponerse, deberá gobernar -como ha ocurrido con Barack Obama- con un Congreso al que no controla. Nada fácil. Pero así funcionan las democracias.

Emilio Cárdenas

LA NACION

Se el primero en comentar en "EL HUMOR DE LOS NORTEAMERICANOS Y LA ELECCIÓN PRESIDENCIAL"

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.


*