MÁS SOSPECHOSOS QUE NUNCA

“El mayor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía”
Roger «Verbal» Kint/Charles Baudelaire

En reciente reporte estadístico, la Oficina del Censo de los Estados Unidos dio a conocer datos alentadores acerca de los índices de pobreza e ingresos en los hogares norteamericanos relativos al año 2015. El ingreso medio subió un 5.2% en relación al 2014, revirtiendo una tendencia negativa dominante en los últimos siete años. La pobreza cayó un 1.2%, afectando al 13.5% de la población, la tasa más baja de los últimos 8 años. ¿Qué puede decirse de la distribución de los ingresos de este período?
El mundo ha vivido equivocado
La Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO, por sus siglas en inglés), la central de sindicatos más representativa de Estados Unidos, en un sitio especialmente dedicado al efecto, llamado Paywatch (algo así como cronómetro salarial), actualiza la notable distancia existente entre los ingresos promedio de los CEOs que sirven a las corporaciones más poderosas, respecto de los obtenidos por los trabajadores. En el año 2015, los primeros obtuvieron un ingreso promedio 335 veces más grande que los segundos, un tanto inferior a la diferencia de 375 del 2014. Estos números responden a una tendencia que fue informada por muy importantes medios de comunicación, como el New York Times o el Wall Street Journal. Todos ellos están equivocados.
Es lo que denuncian William Lazonick y Matt Hopkins en reciente artículo publicado en The Atlantic. Los especialistas mencionados tienen en cuenta los ingresos reales de los 500 altos ejecutivos mejor pagados, sean o no CEOs. No se limitan a los aportes de Standard & Poor’s 500, que ilustran sobre la capitalización bursátil de las corporaciones que poseen acciones cotizantes en las bolsas NYSE o NASDAQ. En su investigación, recurren a ExecuComp, otra base de datos de Standard & Poor para detectar a esos ejecutivos, y a la hora de registrar los ingresos netos de tan afortunadas personas consideran las declaraciones anuales que las empresas que las emplean deben efectuar ante la Securities and Exchange Commission (SEC, por las siglas en inglés de esta comisión de valores).
La notable diferencia de 335, entre ingresos de CEOs y trabajadores, se transforma en un imponente abismo de 949. Los altos ejecutivos estadounidenses llevan a sus hogares ingresos casi mil veces superiores a los que pueden alcanzar un taxista, un obrero metalúrgico o la administrativa de una agencia pública de búsqueda de empleo.
Lazonick y Hopkins responsabilizan a la SEC por el error en que incurren sindicatos, analistas y periodistas, que evalúan las estimaciones basadas en una información sumaria (Summary Compensation Table) provista por las compañías a la SEC, que configura un cálculo supuestamente aproximado de los ingresos netos de los altos ejecutivos. Este cálculo se conoce como “estimativo razonable” (EFV, por las siglas en inglés de estimated fair value) y goza de mucho mayor publicidad que las verdaderas ganancias que finalmente obtienen los altos ejecutivos (ARG, por las siglas en inglés de actual realized gains). La ARG es la que debe imponerse, por resultar de las declaraciones presentadas por los ejecutivos, para cumplir con sus obligaciones ante las autoridades tributarias.
Si tenemos en cuenta los estimativos de la EFV, el promedio de ingresos de los altos ejecutivos del 2014 fue de poco más 19 millones de dólares, pero si consideramos sus ingresos reales, a partir de la ARG, los ingresos promedio ascienden a 34.3 millones de dólares. En el primer caso, se subestima la remuneración basada en acciones (stock-based pay) a través de cálculos que anticipan números significativamente inferiores a los que se materializan después.
Ejemplos. En el 2015 la opinión pública se escandalizó por la difusión del ingreso de Heather Bresch, CEO de Mylan: 18.8 millones de dólares. Lo cierto es que ese año Bresch obtuvo 44.4 millones de dólares. En julio de este año, Jeffrey Sachs –nada menos- publicó el artículo: La avaricia de Gilead que mata (como consecuencia de la polémica estrategia de precios, aplicada por Gilead para los medicamentos de Hepatitis C). En su nota, un comprensiblemente indignado Sachs reveló que John C. Martin, el CEO de Gilead, “se llevó a casa $19 millones en compensación”. Error, fueron 192.8 millones de dólares, menos que los 232 millones que embolsó en el 2015 (año en el que, de acuerdo al estimativo EFV, “sólo” obtuvo 18.8 millones de dólares).
En otra investigación, del año 2014, William Lazonick denuncia las estrategias implementadas por pícaros ejecutivos para manipular los precios de las acciones que son adquiridas, con el fin de multiplicar sus propios ingresos. De este modo, desnaturalizan su misión de crear valor, para priorizar la extracción de valor, a través del saqueo de las propias firmas cuyos intereses en teoría sirven.
Interrogantes y conjeturas
¿Por qué se permite y tolera esta fenomenal inexactitud? ¿Por qué no actúa la SEC para ponerle fin? ¿Por qué no lo hacen otros?
Lazonick y Hopkins apuntan, en primer lugar, al modelo intelectual e ideológico, compartido y enseñado por personal y dirigentes de la SEC en escuelas de negocios y agencias económicas, e implementado en Wall Street. No serán ellos los reyes que reconozcan su desnudez.
En segundo término, subrayan la falta de incentivos para comunicar la verdad. ¿Quién de los interesados escribirá al Times para reclamar que se indiquen las verdaderas cifras de sus remuneraciones? Además, agregan, cuando los números son tan exorbitantes se transforman en algo abstracto para todos. Un par de millones más o un par de millones menos es asunto percibido como irrelevante.
Propongo otra hipótesis. Si la ciudadanía interpretase -¿descubriese?- que eso que suele proponerse como libre mercado no es otra cosa que una fachada para encubrir las regulaciones más oprobiosas, entre ellas la posibilidad de los más enriquecidos de fijar sus propios ingresos, arbitrariamente, abusando de una representación y sin responder a mérito alguno, los pilares del edificio discursivo neoliberal temblarían. ¿Cómo reclamar a sindicatos u organizaciones con demandas colectivas y divergentes del fin de lucro empresarial, que las repriman o moderen? ¿basados en qué interés superior podrían hacerlo?
Desde ya, no debe subestimarse la inventiva capitalista para convencer al mundo con nuevas justificaciones, los relatos que nutren este sistema no escapan a la schumpeteriana destrucción creativa que lo caracteriza. Sin embargo, la emergencia de figuras como Donald Trump y de ofertas antisistema en el escenario político de las economías centrales alertan sobre la necesidad de novedades que no pueden ya circunscribirse a cambios meramente epidérmicos.
Buena parte del mundo no está dispuesta a tolerar más trucos.

Por Fredes Luis Castro

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