¿REVOLUCIÓN O CHIRINADA?

Al leer la nota de Juan Pablo Feinman publicada el domingo 18/9, en p/12 un lector desprevenido puedo llegar a la conclusión de que en mayo de 1810 no pasó nada, o mejor dicho, no pasó nada de lo que todos los historiadores, aún con sus diferencias, dicen que pasó.

Con un sorprendente malabar histórico, el autor nos induce a pensar que un grupo de individuos iluminados (vanguardistas sin clase social detrás de ellos, como Lenin… ¿y por qué no como Firmenich?) dio un golpe de estado en la paupérrima aldea que era entonces Buenos Aires, derrocó al virrey y liberó el comercio con Inglaterra. Punto. Ninguna referencia a las profundas diferencias ideológicas, culturales y políticas que existían entre el poder criollo emergente y la corona española. Y, menos aún, ni un solo párrafo referido al proyecto revolucionario expuesto por Mariano Moreno en el Plan de Operaciones, esa viga maestra de la revolución. En suma, en 1810 hubo un solo cambio: se pasó del colonialismo con España al neocolonialismo con Gran Bretaña, para beneficio de los comerciantes locales. Todo lo demás pertenece al Billiken de izquierda.

En el proyecto que llevaron adelante desde Moreno a Rosas, pasando por Belgrano, Castelli, San Martín, Güemes, Artigas, Guido, Manuel Moreno, Dorrego y Pueyrredón, entre tantos otros, la Revolución de Mayo impulsó la creación de un gran estado latinoamericano desde México hasta Tierra del Fuego, basado en los mil años del incario (de allí la propuesta de un rey de ese origen hecha por Belgrano) y en las tradiciones de mayas y aztecas, más el aporte de indios, negros y gauchos, minorías a las que el movimiento criollo reivindicó expresamente.

Los patriotas de mayo superaron con holgura las miras de dos grandes revoluciones precedentes, la norteamericana de 1777 y la francesa de 1789, que sólo incluyeron a propietarios (la segunda) y excluyeron a los indios (la primera) y a los negros (ambas). La Revolución de Mayo fue el más profundo y esperanzador de todos los procesos políticos que tuvieron lugar en la América española, más que las revoluciones mexicana, cubana y nicaragüense, más que el intento socialista de Salvador Allende, y más que el peronismo, el varguismo y el aprismo, no obstante el respeto que esos movimientos merecen. Decir que una revolución de alcance continental –que incluyó líderes extraordinarios en cada país del área– fue solamente un cambio de reglas comerciales es, por lo menos, un tropezón intelectual.
Porque puestos a cuestionar la representatividad de los movimientos revolucionarios de cualquier época, ninguno quedaría en pie. ¿A quiénes representaban Rómulo y Remo, fundadores simbólicos de un imperio que duró 700 años? ¿Y a quien Espartaco, que promovió el primer alboroto al mando de 20 gladiadores? ¿A quién representaban el joven abogado George Washington, el primer Ho Chi Min, que andaba descalzo; el Mao de los primeros kilómetros de la Larga Marcha o Fidel a bordo del Granma?

¿En qué concepto de clase social mal aprendido ancla esa descalificación de la Revolución de Mayo? Mal puede hablarse en esos términos de una ciudad que en 1810 tenía menos de 40 mil habitantes. Si entonces no había ni siquiera un país, y apenas una aldea, ¿cómo hablar de “clases” en el sentido contemporáneo del término? En ese momento sólo había intereses que con el tiempo serían ejes de la articulación de clases, pero no entonces. España al margen, esos intereses diferentes eran internos a la revolución. Ya estaba claro que Saavedra (terrateniente, encomendero, dueño de minas de plata en Potosí) no representaba los mismos ideales que Moreno, Belgrano o Castelli, intelectuales revolucionarios. Y sin embargo los cuatro integraron la Primera Junta, al lado de comerciantes nada revolucionarios como Matheu y Larrea, y al Deán Funes, que se habrá santiguado una docena de veces al leer el Plan de Operaciones. Como también estaba claro que no caminarían por la misma vereda política Rivadavia, antecesor de Mitre, y Dorrego, predecesor de Rosas, a quien San Martín le dejara su sable al marcharse al exilio. Unos hicieron una revolución; los otros una chirinada. El error de Feinmann es confundirlos y mezclarlos.

Si las revoluciones latinoamericanas del siglo XIX (americanistas, antiliberales, integradoras, inclusivas) se diluyeron en el tiempo, eso no le quita ni un ápice de gloria a quienes las iniciaron. Aunque la lista es muy larga, a modo de ejemplo citaremos a tres grandes protagonistas de esa época, ninguneados por la historiografía liberal, por razones fáciles de comprender, y curiosamente también por Feinmann. Me refiero al venezolano Francisco de Miranda, padre político de Simón Bolívar y primer articulador de la Logia Lautaro y al inteligente Tomás Guido, sucesivamente secretario de Moreno (a quien acompañó en el viaje a Londres, cuando este fue envenenado), de San Martín en toda la campaña libertadora, y de Rosas, con quien colaboró estrechamente. El tercer hombre es el extraordinario Bernardo de Monteagudo, redactor de las conclusiones de la asamblea del Año 13 y de las actas de la Declaración de la Independencia en 1816; quien fuera primera espada política de San Martín, y, después de Guayaquil, miembro del estado mayor de Bolívar hasta el día en que cayó asesinado por reaccionarios en Lima, por las mismas razones que los saavedristas porteños eliminaron a Moreno.

La paradoja sobre la que JPF debería reflexionar es que mientras el contrarrevolucionario Bernardino Rivadavia le dio su nombre a la principal avenida de Buenos Aires, el de Bernardo de Monteagudo, un revolucionario cabal, apenas sobrevive en una calle perdida de Parque de los Patricios. Y esa sí que es una cuestión de clase.

Norberto Colominas

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