GANA EL JUEGO FINANCIERO, PIERDE LA ECONOMÍA

Pura casualidad, en días pasado coincidieron sendos reportes oficiales que si fuese posible apelar a una metáfora extrema serían ejemplos redondos de una economía bipolar o, si se prefiere, de una economía compartimentada.
De un lado, Alfonso Prat-Gay difundió datos que parecen anticipar un blanqueo ciertamente importante, en línea con los pronósticos privados más optimistas o muy próximos a ellos. Cuando aún faltan los tramos fuertes, ya hay asegurados US$ 4.600 millones que podrían llegar a 7.000 millones, y todo guardado aquí. El paquete completo pasaría de largo los US$ 20.000 millones proyectados inicialmente por el Gobierno.
Pero junto a eso que le cabría la interpretación de voto de confianza al macrismo, recrudecieron cifras de un paisaje menos alentador si no más palpable.
Según el INDEC ya incuestionable, en septiembre la actividad industrial cayó 7,3% y mostró que, por falta de demanda, un 36% de la capacidad de producción no se usa. La construcción se hundió 13%, con bajas extendidas a todos los insumos; desde cemento, hierro y ladrillos, hasta sanitarios y pinturas.
Casi no hace falta añadir que la actividad productiva sigue en el pozo, sin que todavía se sepa dónde está el piso. Y fuera de relatos que tiran buenas ondas, puertas adentro del Gobierno admiten otra cosa: que están preocupados porque la economía “no termina de arrancar”.
Por lo mismo, el foco está puesto en la magnitud que este año alcanzaría la recesión y en cómo viene 2017. Una medida del panorama sale del Banco Central, del movimiento en las expectativas registrado por un testeo que hace entre medio centenar de analistas.
El último dice retroceso del 2%, acompañando una progresión donde el anterior había sido -1,7% y el de junio, -1,5%; obvio, la tendencia va de mal a peor. ¿Y qué cuenta sobre el año próximo?: repunte del 3,2%.
Si la guía es el sondeo del Central, 2017 contra 2016 arroja una mejora que suena a escasa para una economía que reparte mandobles: no llega a un punto y medio. Entonces la cuestión será saber cómo la gente calibra el cambio, pues en ese territorio se juegan verdaderamente los resultados de las políticas.
¿Dónde se conectarían una recesión que no cede y un blanqueo que pinta potente?, le preguntó Clarín a un consultor que asesora a bancos y empresas de primera línea.
Respuesta: “No hay ninguna conexión, sino un divorcio cada vez más evidente entre la actividad financiera puramente especulativa y la economía real. Entre dos fuerzas ya antagónicas”.
Y avanza con la explicación: “Lo que abunda son los brotes financieros, como la lluvia de bonos de la deuda, las altas tasas de interés que el Central paga por las Lebac y los dólares que van y vienen en busca de oportunidades. Mientras, siguen ausentes el consumo, el empleo y la producción, o sea, todo lo que le pone sal de la economía”.
Nada que no tenga precedentes, su comentario señala que vuelven a ganar bancos y grandes operadores, del color que sean, ciertas actividades vinculadas al campo y, al fin, cualquiera con capacidad suficiente para entrar en esta partida. Pierden sobre todo los sectores de ingresos fijos, sin cartas con que apostar, y aquellos apretados por la recesión, como las pequeñas y medianas empresas.
En este escenario, una a favor es que buena parte de los dólares blanqueados en la primera tanda ingresarán de alguna manera al circuito económico, bajo la forma de transacciones inmobiliarias o plazos fijos. Serían los US$ 4.600 millones seguros, eventualmente 7.000 millones.
La clave no está tanto ahí sino en la plata grande, las divisas y bienes ocultos en el exterior que se declararán ante la AFIP hasta el 31 de marzo de 2017. Aun cuando el monto final es una incógnita, algunos cálculos dicen arriba de US$ 40.000 millones por este lado.
Ya luce previsible que el grueso de esos fondos continuará afuera, a cubierto del riesgo argentino y a la espera de mejores, más seguras y rentables oportunidades de inversión real. Las hipótesis de varios especialistas cantan que sólo se volcaría al sistema económico local un 10%, a lo sumo el 20%.
¿En cualquier caso, cómo se explica que el blanqueo pueda llegar a tanto?, fue la pregunta a otro especialista.
Respuesta: “Comenzando por lo conocido, porque con el lanzamiento del sistema internacional de intercambio de información financiera y fiscal, a partir de 2017 quedarán muy pocas guaridas donde esconder dinero negro. Y además, porque muchos bancos del exterior están cerrándoles las cuentas a clientes considerados dudosos”.
Sigue: “Es posible que esa movida vaya acoplada a la intención de tener fondos en blanco disponibles, para usarlos cuando crean llegado el momento de arriesgar algo más que un puñado de dólares. Podría ocurrir en negocios asociados al campo, la industria farmacéutica, la química o la energía”.
Pero lo que al final decide es un entorno que dé certeza de rentabilidad, pues se trata de inversiones considerables a mediano y largo plazo. No de operaciones de ocasión.
Un ex ministro de Economía agrega un dato que lo dice todo: “En países como el nuestro, por lo general las multinacionales se proponen recuperar el capital invertido en no más de cinco años. En otros, previsibles y con mejores antecedentes, ese plazo puede estirarse a 12 o a 15 años”.
De vuelta al cortísimo plazo, encuestas que manejan en un estudio privado dicen que la mayoría de los consultados ve un 2017 mejor a este año. Sus analistas piensan más en un rebote bastante selectivo que en un proceso de crecimiento vigoroso.
Ya fue dicho que un 3,2% suena a escaso, en sí mismo y para las aspiraciones políticas del Gobierno. Lo mejor sería que acertaran quienes pronostican 5% o incluso aquellos que, aun proyectando un primer trimestre todavía planchado, auguran progresos cercanos al 6% en los meses previos a las elecciones de octubre.
Para que se entienda mejor dónde estamos parados, la economía sigue para abajo luego de cuatro años de estancamiento o de un crecimiento muy magro. Se han juntado, así, los resultados del modelo de Cristina Kirchner-Axel Kicillof y los efectos del ajuste macrista.
La suma de ambos factores arroja cinco años de atonía productiva, si se quiere, de debilidad en las fuerzas que movilizan las actividades más diversas.
Encima pesa un contexto en el que se cruzan caída fuerte de los ingresos, un desplome del consumo que ni siquiera deja afuera a los alimentos, más problemas laborales y, desde luego, la recesión.
Este es, crudamente, el cuadro que el Gobierno debe remover si aspira a llegar entonado a los comicios de 2017. Y el tiempo ya comienza a apurar.
Seguro que prenderá todos los motores, empezando por la demanda, las líneas de crédito baratas que la incentiven, cierta vigilancia sobre los precios y un programa de obras públicas de impacto rápido.
Pero entre tantos objetivos simultáneos, luce crucial el de poner a la economía real por delante de la economía puramente especulativa. Y si lo intentan, será para ver de qué manera lo coronan.

Alcadio Oña (Clarín)

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