EL IZQUIERDISMO DE DERECHA

Izquierda y derecha ven, por supuesto, el mundo de manera diferente. En cuanto a la educación, la diferencia es notable.
La visión de la izquierda. La educación pública “no está para satisfacer caprichos de la burguesía”. El deber del Estado es planificar el crecimiento y someter la “demanda” educativa “a la oferta”. Si la sociedad necesita ingenieros y tiene exceso de abogados, el Estado debe “crear incentivos para el estudio de la ingeniería y poner cupos a las cátedras de derecho”. Lo contrario equivale a una política reaccionaria, que atenta contra los intereses populares, ya que “se usan recursos de todos los sectores sociales, incluidos los de más bajos ingresos” para satisfacer el individualismo de las clases medias urbanas. Con el mismo criterio, “el ingreso a las universidades debe estar sujeto a la necesidad y los méritos de los aspirantes”. El Estado no puede “regalarles plazas a los ricos” ni llevar a la frustración a quienes no tienen verdadera vocación por una carrera y por servir a la comunidad.
La visión de la derecha. “Lo que vas a estudiar no lo puede decidir el Estado”. Poner cupos es coartar la libertad del individuo. El encargado de determinar qué profesiones hacen falta, y cuáles no, es el mercado. Si escasean los ingenieros, a los que haya el mercado les asegurará ocupación plena; y si sobran abogados, gran parte de ellos se quedará sin clientes o sin empleo. En cuanto a la búsqueda de calidad educativa, no se la puede emprender violando el derecho a enseñar, que supone la libertad del docente para decidir qué transmitir y cómo. En una economía de mercado, el título otorgado por una universidad como Harvard vale más que el título otorgado por una como Syracuse University. Es el mercado el que hace el control de calidad.
En la Argentina, estas visiones ortodoxas aparecen desdibujadas. En materia de educación, los postulados de izquierda y derecha se confunden. Sin quererlo ni advertirlo, algunos sectores de la derecha vernácula apoyan aspectos de lo que sería la política educativa de izquierda ortodoxa: cupos, exámenes y rigor.
Pero lo más notable es cómo la izquierda local defiende posiciones (el ingreso irrestricto a las universidades, la falta de cupos, la oposición a la evaluación de los alumnos y la libertad absoluta de los docentes) que revelan un marcado individualismo, propio de las ideologías conservadoras.
La educación más avanzada del mundo es hoy la de regiones que estuvieron sometidas al colectivismo: Shangai y Hong Kong. Hasta no hace mucho, el liderazgo era de Finlandia, cuyo sistema de educación fue diseñado por la socialdemocracia (afiliada a la Internacional Socialista) y otros partidos autodefinidos como progresistas. Los gobernantes finlandeses comprendieron que la calidad de la educación depende de la calidad de los docentes. Para ser maestro o maestra en Finlandia hay que seguir una carrera universitaria. Y no es fácil ingresar: hace falta salir de la escuela secundaria con un muy alto promedio y, además, pasar un examen muy riguroso. Cada año, 9 de 10 aspirantes quedan fuera. El sistema ha llevado a que Finlandia cuente con un plantel docente de excepción, que provocó el gran salto de ese país cuyo sistema educativo “no difería antes de los años 60 de los que tenían Malasia o México”.
En Shangai, como en otras partes del Lejano Oriente, se ha seguido otro método: la “segregación de programas y pedagogía”. Los niños tienen, en la escuela primaria, maestros por materia. No hay un solo maestro, o una sola maestra, que enseña todo. Unos son maestros de matemáticas, otros de historia, otros de lenguaje, pero todos han sido entrenados, pedagógicamente, conforme la clase de didáctica que requieren sus respectivas materias.
La Argentina ha seguido, durante muchos años, un camino alejado del que recorrieron los países ubicados hoy al tope de las tablas internacionales de educación. Es necesario ahora realizar movimientos pausados pero constantes para rectificar el sistema educativo desviado. Las reformas súbitas y profundas pueden ser frustrantes y aun contraproducentes.
Un modo de arrimarse a lo deseable sería llevar a cabo experiencias piloto, que sirvieran para medir la viabilidad, y las consecuencias en nuestro ambiente, de modelos de educación que en otras partes han dado lugar a éxitos resonantes. Esas experiencias requerirían la cooperación entre la Nación y las provincias o los municipios donde llevarlas a cabo. Pero no sólo eso: deberían tener el consenso de los docentes y de la comunidad. En cualquier caso, la primera necesidad es liberar la política educacional de una falsa carga ideológica. Sean de derecha o de izquierda, no hay gobiernos que hayan logrado éxitos en educación por el método de “dejar hacer, dejar pasar”. Los éxitos son, siempre, resultado de planificación y método. Ambas cosas puede hacer divergir entre un modelo educativo y otro. Lo que no cambia es el grado de exigencia. La pasividad y la condescendencia no dan lugar a una educación de calidad. Cualquier modelo necesitará siempre que la educación ostente disciplina, esfuerzo y rigor intelectual.

Rodolfo Terragno

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