LA CULPA NO ES DE LAS ENCUESTAS, SINO DE LOS QUE LES DAN DE COMER

Esta semana ofrecí mis reflexiones sobre el triunfo electoral de Trump. Una gota, en el mar de lagrimas que derraman opinólogos prestigiosos. Ahora, hay un solo punto en el que parece haber un acuerdo universal: los medios de comunicación de derecha, de izquierda, caricaturistas, … hasta blogueros populistas gritan “¡Fallaron las encuestas!”.
Es sano desconfiar de las cosas en las que todos están de acuerdo. Sin duda, se pueden encontrar muchos casos en que las encuestas (los encuestadores) fracasaron lamentablemente. Esta reciente elección presidencial en los EE.UU. no ha sido uno de ellos.
Es cierto que la inmensa mayoría de las encuestas -con la única excepción, que yo sepa, de una hecha en forma conjunta por ABC News y ‘The Washington Post’ (ver aquí)- no daban a Trump como ganador (no querían pensar en eso, dice mi mujer). Pero las encuestas no sirven para predecir quién va a ganar, entre candidatos que están separados por menos de un 10 % en la intención de voto o en el conocimiento de los votantes en las semanas previas.
Lo que las encuestas decían en forma consistente -en ese lapso, y meses antes- es que Donald Trump tenía una alta intención de voto -no menor al 40 %, y muy cercana a la que atribuían, también correctamente, a la otra candidata, Hillary Clinton- y la conservaba a lo largo de una campaña particularmente viciosa (por ambos lados). Para eso sirven las encuestas. Para decirnos qué está pasando en una sociedad, y para diseñar -si somos capaces de hacerlo- las estrategias adecuadas para influir.
¿Qué sucedió entonces? Que casi todos los “pundits” -salvo los partidarios de Trump o los que le tenían mucha bronca a Hillary, claro- se negaron a contemplar lo que las encuestas les estaban diciendo: que había una buena probabilidad que el Donald fuera el ganador.
Pero esa convicción -que Trump no podía llegar a ser Presidente- se basaba en otras razones, no en los números que daban los encuestadores (En mi caso -porque yo también cometí ese error- se trataba de una sobreestimación de la capacidad del establishment estadounidense y sus “formadores de opinión” para influir en las percepciones de los tipos y tipas de a pie).
Más allá de esta aparente incapacidad del establishment para entender lo que estaba pasando con sus propios ciudadanos, hay un segmento de él que mostró una incompetencia muy concreta para leer los números: los profesionales que conducían la campaña de Hillary. Se limitaron, básicamente, a tratar de convencer a los votantes de lo horrible que era el otro candidato (¿les recuerda algo a ustedes?).
Es posible que algunos piensen que, si las encuestas no predicen el ganador de una elección, no sirven. Son aquellos que no se sienten capaces de enfrentar la incertidumbre -la condición básica de la existencia humana- porque no creen que sus acciones puedan influir en algo. Esa sensación de impotencia está bastante extendida en la anómica sociedad moderna, pero sólo puedo aconsejarles que recurran a los horóscopos de los diarios. No indican el futuro con más precisión que las encuestas, pero resultan mucho más baratos.

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