MACRI Y LOS BILLONES DE DÓLARES DE TRUMP

Ya no es probable. Está a la vista que Donald Trump piensa aplicar una receta conocida, usual entre las grandes potencias: transferirles a otros el costo de resolver sus propios problemas.
Es infernal, completamente fuera de nuestros parámetros, la magnitud de recursos que el presidente electo planea movilizar dentro de su propio territorio.
Cálculos de especialistas hechos a mano alzada dicen US$ 500.000 millones para modernizar infraestructura, puertos, carreteras, aeropuertos; o sea, reforzar la productividad de la economía norteamericana. Se trata de un programa de aplicación rápida, similar a uno que Barack Obama intentó en 2009 y los republicanos frenaron en el Congreso.
Definitivamente monumental es la baja de impuestos prevista a lo largo de diez años, cuyos beneficiarios directos serán las grandes corporaciones y los sectores de altos ingresos. Esta vez, la cuenta arrojaría nada menos que US$ 7 billones.
También a escala planetaria, le sigue la idea de capturar alrededor de US$ 2 billones que las corporaciones tienen escondidos en paraísos fiscales y provienen de utilidades acumuladas en otros países. El método resulta similar al de un blanqueo, desde luego amigable en sus costos, y el objetivo: nuevamente atraer inversiones hacia EE.UU.
Aún cuando Trump lograse concretar sólo una parte de todo lo que proyecta, ya se puede descontar el temblor que sus planes van a provocar en el mundo. A su medida, en ese mundo entra la Argentina, con una economía que atrasa, muy expuesta a los vaivenes internacionales y muy dependiente de bienes e insumos importados.
Suena evidente que la aspiradora norteamericana desatará una batalla por las inversiones, tan fuerte que desplazará alternativas o levantará el precio que pretendan los inversores potenciales.
También previsible, las necesidades de recursos para sostener el programa de obras públicas significarán endeudamiento y suba de las tasas de interés. Aunque aquí asomaría una contradicción: encarecer el costo del crédito choca contra la idea de Trump de empujar la actividad económica.
Falta agregar al listón el proteccionismo. Esto es, la decisión de defender el mercado interno y, en continuado, la perspectiva de que otros países decidan hacer lo mismo. Toca ahora conflictos comerciales.
Quizás la suma de los factores así como han sido planteados sea un escenario extremo, pero nada se asemeja al universo que imaginaba Mauricio Macri cuando resolvió poner la apertura al mundo entre las grandes transformaciones de su gestión.
Bien vale entonces preguntarse qué puede o debiera hacer ahora.
Respuesta de un analista con ideas cercanas a las del Gobierno: “La verdad es que mucho no puede hacer. No puede aumentar más el gasto público. El ajuste fiscal está contraindicado en un año electoral y habrá que bancarse un financiamiento del déficit más caro. Crédito interno casi no hay. Las reservas han crecido, pero todavía tienen bastante de prestado”.
Dice otro: “Tal vez no resuelvan el problema, pero algunas alianzas regionales pueden ayudar en la contingencia. Creo que Brasil se siente menos poderoso y más vulnerable y entraría. México va a sentir el cimbronazo como pocos y puede ser una posibilidad. En cualquier caso el tiempo nos corre y lo que haya que hacer, mejor hacerlo rápido”.
Una variante adicional consiste en exponer el problema, lo cual no equivale a meter miedo sino a explicárselo a la población. Y una más, si se quiere arriesgada, buscar algún tipo de acuerdo político básico.
El peligro, pues siempre existe un peligro, es que algo de lo que se haga pueda ser visto como un signo de debilidad del Gobierno.
Por ahora manda la prudencia, porque así muchas medidas sean casi cantadas todavía Trump no ha puesto las cartas sobre la mesa.
Y si Estados Unidos sube las tasas de interés, ¿cuánto podría costarnos el crédito externo?, le preguntó Clarín a un consultor que sabe del negocio financiero.
Respuesta: “ Con viento a favor nos saldría 7%, aunque quizás llegue a 8%. Yo diría probablemente no menos de 7,5%”. Todo en dólares y mayor a lo que el país venía pagando .
Esta vez, alguien que pasó por el Banco Central: “La tasa no es el único factor en juego. Le añadiría el riesgo de que el mercado se endurezca y que no pase como hasta ahora, que uno pide crédito y le llueven ofertas.
Ya bien asociado a las penurias de la gente es qué puede suceder con la economía real.
Las opiniones no son del todo parejas. Hay quienes piensan que apenas la economía muestre síntomas de arrancar, arranca definitivamente. Y quienes dicen que los síntomas decisivos, como el consumo y la industria, aún llevan números rojo subido.
En este panorama complicado se coló, el último martes, una nueva baja en las tasas de interés que fija el Banco Central y le ponen piso al costo dinero. La mayoría de los operadores esperaba que las mantuviera donde estaban, pero si allí hubo sorpresa, sorpresa y media fue el giro que la entidad dio para justificar la medida.
Hasta ahora el BCRA se guiaba por los índices de precios que excluyen ajustes de tarifas: para el caso, el 1,7% de octubre superó al de septiembre y también al de agosto. Luego, si esto daba para arriba no podía ser el motivo de la baja en la tasa.
¿ Qué hizo entonces?: cambió el foco y tomó el promedio de la inflación entre agosto y octubre, con las tarifas del gas adentro. Y como medía 1,2%, mejor que el otro, lo usó para justificar la decisión.
Sin tantos rodeos, la explicación fue la que Clarín contó el viernes: hace un par de semanas Macri le pidió al jefe del Central, Federico Sturzenegger, que aflojara con las tasas para contribuir a reanimar la economía. Y Sturzenegger aplicó dos bajas consecutivas.
Un detalle: el 1,2% fue el índice que Alfonso Prat-Gay empleó para afirmar que la inflación venía claramente en declive. Pero no es que Prat-Gay y Sturzenegger hayan empezado a llevarse bien, sino que intervino Macri.
Pese al recorte, cuesta hallar a economistas conformes con la tasa del 25,75%: afirman que deben reducirla varios puntos más.
De todos modos no parece que la reactivación sea un asunto de puntitos más, puntitos menos. El problema ancla en la demanda y justamente eso continúa muy frío.
Según cálculos de la consultora LCG, en septiembre las ventas reales en supermercados retrocedieron 7,5% respecto del mismo mes del año pasado. Y 14% en los shoppings.
La buena noticia, si puede considerarse buena noticia con semejantes datos, es que las cifras de septiembre anotaron crecimiento contra agosto y contra varios meses previos. “La tendencia comenzó a favorecernos”, se engolosinan algunos funcionarios.
Y la nada buena: que para octubre el relevamiento de CAME en comercios minoristas arrojó una caída del 8,2%. Grande por cierto.
El problema es que a una actividad productiva todavía sumergida se le ha venido a sumar el incordio del efecto Trump. O, como afirma un observador experimentado: “Estábamos viajando de un modelo a otro diferente y en el medio nos cambiaron la ruta”.
En cualquier caso, lo concreto es que el partido de verdad importante se juega acá. Y se juega, además, con un equipo al que le falta un líder claro.
Después de tanto urgar al final fue posible encontrar gente a la que acá le va francamente bien: los consultores, que si ya tenían mucho trabajo intentando desentrañar el rumbo de la economía argentina, ahora les cayó Trump del cielo. Plin, caja.

Alcadio Oña

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