TRUMP: ¿CÓMO NOS VA A AFECTAR?

El devenir de los acontecimientos mundiales, cada vez más, va determinando los límites dentro de los cuales desarrollar las autonomías nacionales. Y esos acontecimientos esparcen la sensación de que el orden planetario instaurado a partir del derrumbe del socialismo real está agonizando. En el mundo post URSS que pintó Fukuyama –regido por la democracia liberal y sus valores, la economía de mercado y la gestión tecnocrática de lo estatal, como motor del bienestar general- los límites de la política quedaban encogidos y desideologizados, desapareciendo así la violencia que había sido la consecuencia de la competencia política ideologizada. Para coronar este proceso emergían los EE.UU. como única superpotencia y garantes últimos de la paz mundial.
Esta pintura comienza a agrietarse con la crisis que se abre con la caída de Bear Stearns y Lehman Brothers y el desastre de la invasión a Iraq. Hoy, se palpa el fin de lo que los anglosajones llaman el orden liberal, pero no se avizora cómo será lo nuevo por venir.
El recuerdo de los años 20 o 30 del siglo pasado aterra. Marx, como buen discípulo de Hegel, decía que lo viejo portaba en sus entrañas lo nuevo. Y lo nuevo, en el corsi e ricorsi de la historia, es el regreso de dos viejos conocidos del hombre: la política y la ideología. Observemos el mundo desarrollado. Emergencias de derechas autoritarias con potencia electoral (Austria, Francia, Finlandia, Suecia, Alemania, Holanda) o en el gobierno (Hungría). Surgimiento de izquierdas no sistémicas fuertes (Grecia, España, Alemania, Escocia, Bulgaria –ganado el gobierno).
Y por si esto fuese poco … Trump. Ante estos crujidos ¿tendrá Merkel los atributos para llevar al mundo del liberalismo a buen puerto, más allá de los deseos de Obama y de gran parte de Europa? Lo nuevo puede ser también una temporada de caos.
El país de los argentinos, nación periférica a los centros de decisión, pareciera encontrarse confundida en un doble laberinto. Uno, externo, el de la creación de un nuevo orden internacional sobre el que tiene casi nula capacidad de incidir y, pareciera, poca claridad de análisis. Otro, el interno, sobre el que tiene márgenes importantes de decisión. En el uso que haga de esos últimos, reposan claves sustanciales de lo que será nuestro futuro a corto y mediano plazo.
El gobierno del presidente Macri puede exhibir la política exterior como el punto más alto de su administración. Sus piedras angulares han sido impecables; en el desarrollo concreto de las políticas, el puntaje cae (Malvinas, perder la posibilidad de desempeñar un rol significativo en ayudar a que los venezolanos resuelvan su crisis, tratado de libre comercio con EE.UU., contradicciones entre funcionarios, ligereza en los apoyos a Clinton). Pero no sería poca cosa si los argentinos somos capaces de mantener una identidad que ubique al país en su lugar natural en el concierto internacional. Es en el laberinto interno, el de nuestro sistema de toma de decisiones, donde pareciera que el rumbo virtuoso se torna borroso. ¿Se leen bien las señales que nos vienen desde fuera? No ensayemos nuevamente la recurrente costumbre nacional de tercerizar la culpa para explicar nuestros errores.
A partir del 20 de enero Argentina enfrentará un serio desafío en su política exterior. Nuestra reinserción en el mundo se diseñó sobre la base de una relación privilegiada con los EE. UU. Eran los tiempo de Obama y se creyó, con una alta dosis de voluntarismo, que Hillary era una apuesta segura. Pero ganó Trump. El presidente estadounidense entrante no es un personaje sencillo. Su estilo particular se popularizó en The Apprentice y en la campaña; no proviene de la política; humilló electoralmente -y en otros campos- al establecimiento partidario. Tiene setenta años, convicciones firmes y descansa sobre su grupo familiar y un puñado de leales a toda prueba. Aunque algunas de sus primeras designaciones no son demasiado alentadoras (Banon, Sessions, Pompeo, Flynn) y Pence toma como modelo para su cargo a Dick Cheney. Pero todavía, con respecto a lo que hace a nuestros interesen faltan llenar tres puestos claves: Tesoro, Comercio y Departamento de Estado.
Luego de su primera reunión (en la política y en la vida) con Obama este dijo de Trump: “No pienso que sea ideológico. En última instancia es un pragmático”. Lo “pragmático”, la medición de las consecuencias prácticas de los hechos y las ideas como determinante de “la verdad”, tanto atraviesa el patrón de comportamiento de la sociedad estadounidense, sin distinciones, como cristaliza su dificultad para comprender realidades distintas a la propia.
Hay sólo días para rediseñar la agenda de la relación bilateral. Ella debe contener metas claras, precisas, firmes, transparentes, sustentables y cumplibles, amén de conformar un equipo idóneo profesionalmente para llevarla adelante. Vamos a tener, del otro lado de la mesa, a un negociador implacable. Si no, que lo diga Peña Nieto. Hay que conocer las matrices de pensamiento y la actuación de los funcionarios con los que se va a interactuar. Trump está dando señales de que va a cumplir con bastante de las promesas de campaña. No tengamos dudas de que la nueva administración tiene una idea de qué es lo que quiere del mundo y, seguramente, de nosotros. Las dudas están sobre nuestro lado. Por ejemplo, se pregona, sin precisiones, una apertura de nuestra economía, cuando comienza la presión por cerrar las de los países centrales; se incrementa en forma alarmante el endeudamiento externo, cuando están aumentando las tasas de interés, y por ende aumentará el flight to quality, y se mantiene un tipo de cambio apreciado, cuando los países de la región están devaluando. No nos olvidemos de que no estamos entre los constructores del nuevo orden internacional sino entre los que deben acomodarse a él, sacando, con inteligencia, el máximo provecho posible. La diplomacia de “mi amigou José”, el golf y las cenas no parece ser la herramienta indicada para lograr ese objetivo.

Rodolfo H. Gil
Ex embajador argentino ante la OEA

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