LA CORBATA, EL TOQUE DE ELEGANCIA QUE INCREMENTA EL CONSUMO ENERGÉTICO EN EL VERANO

El incremento del consumo energético por vía de los acondicionadores de aire en el verano es un motivo de preocupación de muchos gobiernos, entre ellos el argentino, como lo manifestara el pasado primero del corriente mes de diciembre la subsecretaria de Ahorro y Eficiencia Energética, Andrea Heins, la que pidió no bajar la temperatura, vía dichos aparatos, más allá de los 24 grados, cuando lo habitual es situarla en los 20.
La funcionaria hizo referencia a las nuevas tecnologías en marcha para ahorrar energía e hizo hincapié en la ventaja económica para aquellos que disminuyan un importante porcentaje de sus consumos ya que ello implicará un ahorro del orden de los 850 megawatios, 105 más que los producidos por la central de Atucha II y el equivalente a la energía total utilizada por alrededor de 211.000 hogares.
Disminuir el consumo implica menores gastos para los hogares, evitar buena parte de los habituales cortes de luz y generar un menor gasto público, sobre todo esto último en circunstancias en las que el precio de los hidrocarburos se encuentra en trepada luego de la violenta caída que tuvieran tiempo atrás cuando la cotización del barril cayera a alrededor de una quinta parte de su cotización anterior.
Pero si bien todo lo que se avance en materia tecnológica, como en el caso de las lámparas LED y en un manejo más atemperado de los acondicionadores de aire, los temas en los que puso énfasis la funcionaria, son fundamentales, existen otras cuestiones que pueden realizar aportes nada despreciables, como el que puso en práctica el Japón hacia 2005, enfatizado en 2012, y más tarde por Chile: la eliminación de la corbata.
La relación vestimenta-consumo de energía es una preocupación que en el Japón data de 1979, en medio del auge del precio de los hidrocarburos, cuando se proyectó la moda de los trajes con sacos sin mangas, pero el intento no prosperó y así se llegó a 2005, en medio del Protocolo de Kyoto, adoptado por la Organización de las Naciones Unidas en 1997, precisamente en la capital nipona, para disminuir las emanaciones de dióxido de carbono.
Así fue como el primer ministro Junichiro Koizumi, el primero de junio de 2005, se presentó en su despacho con un pantalón blanco y una camisa azul diciendo a sus funcionarios “¡Es tan cómodo vestir sin corbata!”, tras haber dado una conferencia de prensa durante la cual se quitó dicha prenda y convocó a abandonar su uso, al tiempo que los modistos de ese país proponían otras alternativas para mostrarse elegante.
La campaña, que apuntó a reducir el consumo petrolero en unos 300.000 metros cúbicos y que fue bien recibida por la industria textil que lanzó nuevas prendas por unos 92 millones de dólares estadounidenses, fue relanzada en 2012, tras la tragedia de la central Fukushima, bajo el lema “Al trabajo sin corbata”, que eliminó la misma en el sector de los empleados públicos, donde también se prohibió bajar la temperatura de los 28 grados.
Más cerca, en el vecino Chile, a comienzos de diciembre de 2011, un lustro atrás, el presidente Sebastián Piñera lanzó una campaña destinada a disminuir el consumo en un tres por ciento mediante la eliminación de la corbata la que fue propagandizada mediante un video en el que aparecieron todos los integrantes del gabinete ministerial concurriendo a sus oficinas sin esa prenda y con el cuello de la camisa abierto.
En la Argentina la informalidad en el vestir se ha venido acentuando en los últimos años y ya es frecuente ver a los funcionarios nacionales, provinciales y municipales, incluyendo al propio presidente Mauricio Macri, apareciendo en sus despachos sin utilizar corbata pero sin que, a diferencia del ejemplo japonés, luego seguido por los chilenos, se haya planteado una campaña en esa dirección para implicar a más amplios sectores sociales.
La corbata, tal como se la conoce en la actualidad, fue lanzada en 1924, en Nueva York, por el sastre Jesse Langdorf, aunque sus antecedentes se remontan a la antigüedad egipcia en la vestimenta de los faraones y más tarde usada por el emperador chino Qion Shi Huang, el creador de la Gran Muralla, en tanto el término es una adecuación del gentilicio “croata”, ya que deviene de la palabra “hrvat”, en la lengua serbocroata.
Su aparición en la vestimenta occidental data de la “Guerra de los Treinta Años” (1618-1648), punto de partida del derecho internacional con la “Paz de Westfalia”, ya que el rey francés Luis XIII, en 1635, incorporó a su ejército un regimiento de mercenarios croatas cuyos integrantes se colocaban alrededor del cuello una pieza de tela que los protegía del frío a la que denominaban “hravatska”, luego usada también por los soldados franceses.
Luis XIV la adoptó y se popularizó, con las formas de la época, en la nobleza francesa y luego en la británica a raíz del exilio de ésta en París en tiempos de Oliverio Cromwell, pero también en Francia se produjo el primer cuestionamiento a su uso cuando el médico, científico y periodista Jean Paul Marat, uno de los líderes de la Revolución de 1789, salió a combatir su uso por “aristocratizante”.
Si bien a la Argentina había llegado antes, su popularización masiva tuvo un momento crucial con la visita del entonces Príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, en 1925, pero con el correr de las décadas su uso fue decayendo en la mayor parte de la población por lo cual su eliminación en la formalidad pública no pareciera tener costos políticos y sí beneficios económicos como en el Japón y en Chile.

Fernando Del Corro

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