EL IMPOSIBLE AJUSTE FISCAL EN TIEMPOS ELECTORALES

El economista y ex secretario de Hacienda asegura que la tesis oficial es que el gran desafío en 2017 es reactivar la economía para favorecer un triunfo electoral.

Apenas asumió, el Gobierno levantó el cepo cambiario, acordó con los fondos buitres e inició el camino de una estrategia gradual en el campo fiscal bajando simultáneamente los impuestos a las exportaciones y el gasto público en subsidios económicos. Esta estrategia fiscal no convenció a los sectores “amigos del gobierno” que insistían en un ajuste más audaz para asegurar la sustentabilidad del Gobierno no solo mirando al cortoplacismo de las elecciones de 2017 sino también extendiendo la mirada a lo largo de sus cuatro años de gobierno. Los resultados económicos de la estrategia oficial en su primer año no ayudan a convencer a los más escépticos. Terminamos el 2016 con una inflación cercana al 40% y una caída del 2,4 % en el PBI. Sin embargo, a regañadientes, “los amigos del gobierno” aceptaban que profundizar el ajuste fiscal implicaba asumir riesgos en las elecciones del 2017 y que el amplio acceso al mercado financiero internacional aseguraba cierta reactivación en los meses previos a las elecciones. También reconocían las contradicciones entre la política fiscal y la monetaria.
Estas eran los principales puntos en discusión hasta el triunfo electoral de Donald Trump el 8 de noviembre. A partir de entonces se instala la tesis de que la Argentina va a ser perjudicada no sólo por el aumento en la tasas de interés internacional sino que ya no va a ser tan fácil y amplio el acceso al mercado financiero internacional. En este nuevo escenario internacional cobran relevancia dos hipótesis fiscales.
La primera es que el gobierno está aumentando el gasto públicopor encima del elevado nivel que había dejado el gobierno kirchnerista, tal como lo pone de manifiesto el aumento del 50% del gasto público primario en el mes de octubre en relación al mismo mes del 2015. Sin embargo, corresponde señalar la distorsión que introduce en las comparaciones interanuales que el gobierno kirchnerista decidió no pagar en los últimos tres meses del 2015 y transfirió al próximo gobierno esos libramientos impagos. En ese contexto la contabilidad base caja nos muestra que cualquier nivel de gasto en el periodo octubre/diciembre da lugar a un aumento importante del gasto público en relación al año anterior.
El gasto público primario en el gobierno macrista no es superior al del kirchnerismo. En efecto, en los primeros diez meses del 2016 el gasto primario del gobierno nacional aumentó un 30 %, cifra inferior a la inflación promedio del 40% en esos 10 meses. En relación al PBI, el gasto primario descendería del 24,8% en el 2015 al 23,5 % en el 2016. Sería la primera vez en 10 años que el gasto público primario ajustado por inflación y en relación al PBI muestren una caída.
La segunda hipótesis es que el gobierno macrista aumentó el déficit fiscal total. Si bien en el 2016 se redujo el gasto público primario en 1% del PBI también cayó la presión tributaria en 1,5% del PBI como resultado de menores impuestos a las exportaciones y de la recesión. El resultado final es que el déficit fiscal (incluyendo intereses y provincias) aumentó del 6,4 % en el año 2015 a un estimado del 6,8 % del PBI para el 2016.
Los “amigos del gobierno” señalan que, a partir de este déficit fiscal, el actual gobierno tiene tres opciones para enfrentar el nuevo escenario internacional que surge con el triunfo de Trump. La primera opción es hacer el postergado ajuste fiscal y minimizan las consecuencias de una potencial derrota electoral con el argumento de que son elecciones que solo renuevan un Congreso en el que, cualquiera sea el resultado electoral, el macrismo siempre va a ser minoría.
La segunda opción frente a lo que se asume como un limitado acceso al financiamiento internacional es reemplazar parte del financiamiento externo por el interno. El Banco Central habilitó al Gobierno a endeudarse en dólares en bancos locales. El costo de esta marginación o crawding out del sector privado no es grave dado que, como el sector privado sigue desconfiando del futuro económico, se resiste a llevar adelante planes de inversión. En este escenario es el Gobierno el que tiene que tomar la iniciativa para reactivar la economía. La tercera opción es recurrir al financiamiento del Fondo Monetario Internacional por 25.000 millones de dólares con la tesis de que el “aggiornamiento” del FMI luego de la crisis financiera internacional del 2007 conduciría a que los condicionantes del Fondo serían mucho más laxos que los históricos.
Para los “amigos del gobierno”, si no hay un avance sustancial en la situación fiscal de caja, el Gobierno debería dejar de lado el gradualismo y no debería dejarse dominar por la ansiedad si el nivel de actividad no mejora para pasar a transmitir una sensación de cambio de ciclo.
La tesis del gobierno es muy distinta. Solo aceptaría la segunda opciónpor su bajo costo político. La tesis oficial es que el gran desafío que le espera en el 2017 es reactivar la economía para favorecer un triunfo electoral. No hacerlo implica correr el riesgo de una derrota electoral. Supone que ese triunfo le daría mayor sustento político para corregir los desequilibrios que aun persisten. Sostiene que el mayor riesgo que corre es que a mediados del 2017 las encuestas de opinión señalen que el Gobierno pierde las elecciones. En ese contexto se corre el riesgo de que los operadores comiencen a anticipar el escenario político de una derrota electoral y a plantearse preguntas de cuán diferente es el escenario político actual del que enfrentó de la Rúa luego de la derrota electoral en las elecciones de medio término.
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En síntesis, la historia política argentina con el peronismo en la oposición nos enseña que es muy arriesgado plantear políticas de ajuste en el año electoral sobre todo en un gobierno que es minoría en el Congreso y sin respaldo sindical. La gobernabilidad futura del macrismo va a estar estrechamente asociada con el resultado electoral. Una condición necesaria pero claramente no suficiente para lograr un buen resultado electoral es una estrategia económica que reactive la economía y cree expectativas que satisfagan a las grandes mayorías, lo cual implica postergar para un escenario político más fortalecido políticas que pongan en riesgo alcanzar ese objetivo.

por Mario Brodersohn (Ex secretario de Hacienda)

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