EN EL INFLUYENTE DECAMERÓN DE BOCACCIO, EL AJEDREZ APARECE EN EVIDENCIA DE SU CRECIENTE PRÁCTICA SOCIAL

Y TAMBIÉN EN SU FILÓCOLO

Con algo de imprecisión, es que pudo haber sido en el siglo XIII o mejor aún, en el siguiente, surge Gesta Romanorum, un trabajo que será impreso entre los años 1472 y 1475 en la ciudad belga de Lovaina conteniendo ciento ochenta y un relatos (parábolas y fábulas) escritos en latín, que tenían un evidente tono moral
Sus protagonistas son santos cristianos. En esas condiciones, es del todo comprensible que el texto vaya a convertirse en un virtual manual para predicadores
Su autoría y procedencia son también algo inciertas. Se especula que probablemente deviene de Inglaterra, Alemania o de Francia. En este último sentido se ha sostenido que su autor pudo haber sido el franciscano Pierre Bersuire (1290-1362), aunque, más bien, este amigo del escritor italiano Francesco Petrarca, pudo haber sido su compilador.
En Gesta Romanorum el ajedrez hace presencia al ser incluido en el cuento LXXXVI, que se llama precisamente Of the game of Schaci, en alusión al juego al que también se denomina alternativamente como scaci, scacci o scach. Es sabido que, emparentadas con estas denominaciones, en idioma italiano scacchi es la forma que se emplea cuando se habla de ajedrez.
En su transcurso se hace referencia al tablero denominado “schacarium”, al que muy adecuadamente se lo define de este modo: “…tiene sesenta y cuatro puntos, divididos de a ocho, como marido y mujer, como novio y novia, como el clero y los laicos, como ricos y pobres”. Polaridad que es tan propia de la cultura de Occidente, bajo claras influencias cristianas, de la que el ajedrez pasará a convertirse en un adecuado punto de referencia
Más adelante se pasa a describir las piezas y sus movimientos. A los trebejos se los divide entre vulgares (inferiores) y nobles. Con todo, se considera que cada uno de ellos tiene objetivos precisos que cumplir.
Se habla de la forma de mover de las torres (rochus); los alfiles (alphinus), con su traslado reducido (sólo puede saltar hasta la tercera casilla en diagonal); los caballos, la reina y el rey.
La monarca también tenía su movimiento restringido por entonces, siendo uno de los motivos principales de ello la necesidad de que no fuera capturada, lo que podría ser más factible si dejaba de estar al lado de su consorte. Se explica que la soberana, en cualquier caso, iba a la batalla: “para evidenciar su afecto por el rey”
En este trabajo, a diferencia de otros, como Liber de moribus hominum et officiis nobilium super ludo scacchorum de Jacobus de Cessolis, que es incluso anterior (fue escrito en el primer tercio del siglo XIII, aunque su primera impresión es de 1473), no media en la respectiva descripción del estado de cosas un fin político o social sino, más bien, y como ya se ha dicho, la mirada reposa en los campos místico o teológico.
En este sentido, en el hermoso bajo todo punto de vista texto de los hermanos Wichmann (Wichmann, Hans & Siegfried; The story of chess pieces from Antiquity to Modern Times, Crown Publishers, New York, 1964; pp. 37 y 67), al analizar las características de Gesta Romanorum, se plantea que la pieza del rey es Jesús (“el Rey de Reyes”), que avanza rodeado de un coro de ángeles celestial (conformado por las otras piezas que lo protegen), y que no puede ser capturado dada su omnipotencia.
La reina, por su parte, encarna a la Virgen María, la comprensiva madre de todos. Y las restantes a las que se considera mayores, tienen como misión la de proteger al Redentor. Por su parte los peones, siempre humildes, representan a los hombres que están en la Tierra, quienes deben ser liberados de las garras del demonio.
Gesta Romanorum fue muy popular en su tiempo por lo que se transformó en una fuente de inspiración para muchos literatos, entre ellos los ingleses Geoffrey Chaucer y William Shakespeare, y el italiano Giovanni Bocaccio (1313-1375), en quien concentraremos específicamente a partir de ahora la atención.
Este escritor y humanista, habrá de trascender las fronteras del tiempo, particularmente con su celebérrima obra Il Decameron en la cual, más allá del clima erótico y por momentos lujurioso que lo rodea, se muestra una cuerda más profunda al sugerirse un latente y permanente debate o dilema: el de la virtud vs. el vicio. En esta línea de consciencia Gesta Romanorum había sabido hacer escuela.
Bocaccio ambienta este trabajo señero en las afueras de Florencia, en 1348, cuando diez jóvenes, buscando alejarse de la peste bubónica que azotaba a la ciudad, se refugian en una villa, dando adecuado escenario a la trama.
Durante diez días (de allí el nombre del libro que alude a una expresión en idioma griego), los miembros del grupo habrán de contar, cada vez, una historia diferente, para amenizar la estancia en el lugar, asumiendo jornada tras jornada uno de ellos el carácter de “rey” (y mejor aún el de “reina” ya que, siete de los jóvenes, eran mujeres), quien propondrá el tema a abordarse en cada ocasión (salvo en algunos casos en que la temática será libre). Entonces, se conformarán un centenar de relatos en un innovador texto que, con todo, tiene algunos ecos del oriental Las mil y una noches.
En ese contexto, en la Primera Jornada, Pampinea dirá: “-Como veis, el sol está alto y el calor es grande, y nada se oye sino las cigarras arriba en los olivos, por lo que ir ahora a cualquier lugar sería sin duda necedad. Aquí es bueno y fresco estar y hay, como veis, tableros y piezas de ajedrez, y cada uno puede, según lo que a su ánimo le dé más placer, encontrar deleite…”.
Pero, de inmediato, la sensata dama sugierirá que, mejor que jugar, lo que habría que hacer es contar historias ya que, hablando uno sólo, los restantes también quedarán complacidos. Y así comenzará de inmediato a hacerse.
La segunda referencia al juego se dará en los prolegómenos de la Tercera Jornada, regida en este caso por la ardiente, e ingenuamente lasciva, Neifile, quien quiere que se hable de la consecución de algo muy deseado o de la recuperación de algo perdido.
Antes de comenzarse con la cuestión, luego de comer, cantar y bailar, la Reina de esa noche creyó que era la hora de que todos se acostasen. Más: “Y algunos se fueron y algunos, vencidos por la belleza del lugar, irse no quisieron; sino que quedándose allí, quién a leer libros de caballerías, quién a jugar al ajedrez y quién a las tablas, mientras los otros dormían, se dedicaron…”.
En la Novela Décima, correspondiente a esa misma Jornada, es Dioneo, un despreocupado muchacho buscador de placeres, el que debe hablar. En cierto momento, antes de la cena, comienza a cantar junto a Fiameta, mientras: “…Filomena y Pánfilo se pusieron a jugar al ajedrez, y así, quién haciendo esto, quién haciendo aquello, pasándose el tiempo, apenas esperada, la hora de la cena llegó…”.
La Sexta Jornada es regida por Elisa, la dama cuyos amores no son correspondidos, quien propone hablar de las palabras ingeniosas que evitan caer en situaciones de peligro. La Novela Décima de ese día le corresponde ser asumida al mencionado Dioneo quien, algo picarescamente, a la hora de recibir la corona, dirá: “-Muchas veces podéis haber visto reyes de ajedrez que son más preciosos de lo que yo soy; y por cierto que si me obedecieseis como a un verdadero rey se obedece, os haría gozar de aquello sin lo cual es verdad que ninguna fiesta es totalmente alegre…”.
En la Séptima Jornada, bajo el imperio del mismo Dioneo, en la Novela Séptima, la que habla es Filomena, quien hará la última referencia concreta al juego: “Sucedió un día que, habiendo ido Egano de cetrería y quedándose Aniquino en casa, doña Beatriz, que de su amor no se había apercibido todavía por mucho que para sí misma, mirándole a él y a sus maneras, muchas veces le había elogiado y le agradase, se puso con él a jugar al ajedrez; y Aniquino, que agradarle deseaba, muy diestramente se dejaba vencer; de lo que la señora hacía maravillosas fiestas. Y habiéndose apartado de mirarlos jugar todas las damas de la señora y dejándolos jugando solos, Aniquino lanzó un grandísimo suspiro…”.
Ese suspiro no obedeció a la inminente derrota del caballero. Era bien otro el motivo. Era, por supuesto, y así se lo confesará a la dama, una señal de que estaba enamorado de ella…Y por eso podía, convenientemente, ¡dejarse ganar al ajedrez!
El Decamerón es un libro que tuvo gran influencia ulterior. De hecho, será el modelo en el que habrá de referenciarse la novela cortesana en toda Europa. En ese orden, aparece como particularmente notable que el ajedrez sea mencionado en su transcurso, por momentos como mero pasatiempo, en otros con mayor fuerza dramática.
Podría creerse que, los reyes y reinas de cada jornada, tal vez forzando en algo el análisis, son una alegoría tomada de las piezas principales del juego. Pero creemos que ello, si no es tan así por fuente directa, sí lo puede llegar a concebirse por derivación.
Es que, y es evidente y ha sido del todo estudiado y evidenciado, las piezas respectivas del juego responden al estado de situación en la evolución de las monarquías europeas. Por lo que, si los jóvenes del Decamerón se apropiaron de esos regios conceptos en sus propias experiencias, de algún modo, quizás sin saberlo, también estaban incorporando para sí la fuerza simbólica del rey y de la reina del ajedrez, el más emblemático de los pasatiempos de la época.
Si lo del ajedrez en Boccaccio, fue relevante en el contexto del Decamerón, aún más fuerza dramática tuvo en un trabajo previo, Il Filocolo, novela que había sido escrita entre 1339 y 1341, a la que muchos consideran la primera en su género en la literatura europea.
Su trama se inspira en la muy popular Le conte de Floire et Blanchefleur, un cantar francés, que quizás tenga un origen oriental (bizantino, griego o, incluso, moro), de autor no reconocible, la cual tendrá adaptaciones a numerosos idiomas, del alemán al inglés, pasando por el noruego, el islandés y el húngaro. En español será la historia de Flores y Blancaflor y, en italiano, precisamente, se transformará en nuestro Il Filócolo.
En el relato galo, que es de 1160/1, se ve a Blanchefleur, una dama cristiana que había sido vendida a los babilonios, prisionera en una torre, en tierras correspondientes a la corte de un emir. Hasta que Floire, su amante y futuro salvador, va en su rescate, pudiendo ingresar a la fortaleza tras ganarse la confianza de uno de los cancerberos que la protegían a partir de la relación de amistad establecida gracias a las partidas de ajedrez que disputan. Los amantes, en acciones ubicadas en ese caso en el siglo VIII, con el tiempo lograrán su propósito: el de unirse. Y los jóvenes serán los padres de Berte, la madre de Carlomagno.
Boccaccio, por su parte, no exento de algún que otro anacronismo que hace que los hechos no se correspondan necesariamente con la verdad histórica, en cambio presenta las cosas en el siglo VI, poniendo el eje en Florio, hijo de Felice, un sarraceno que supuestamente habría sido rey de España (en Sevilla). Pero, ya sabemos, en ese momento, ni los árabes estaban aún en Hispania, ni los musulmanes tenían entidad (esa religión fue fundada en el año 711). Pero lo que importa, siendo una novela, es la fuerza del mito del relato y no la rigurosa precisión en los acontecimientos.
Por su lado, Biancifiore, la amada, había nacido en esa corte, tras perder a su padre primero, y a su madre más tarde, quienes fueron capturados cuando estaban en peregrinación a Santiago de Compostela. Es que querían agradecerle al apóstol por el embarazo de una niña a la que no verán nacer ni crecer.
Ella, y el propio Florio, alumbran el mismo día. Son criados juntos, se transforman en amigos íntimos, desde la infancia; se enamorarán después; por lo que estarán indisolublemente unidos. Más allá de las circunstancias que les tocarán afrontar.
Imagen de una hermosa edición de Il Filocolo de Bocaccio
A Biancifiore se la intenta matar. Se salva providencialmente. Pero no de otro cruel destino: el de ser vendida como esclava, teniendo como destino final la distante Alejandría, muy lejos de su amado Florio quien, desesperado, va en su búsqueda, para lo cual adopta un nombre figurado: el de Filócolo (en griego antiguo significa “Fatiga de amor”).
Luego de diversas peripecias, llega el joven a destino. Para acceder a la fortaleza donde su amante estaba confinada, jugará tres partidas con el custodio de los accesos, un castellano llamado Sadoc quien tenía una debilidad, ya que: “sobre todas las cosas del mundo, se deleita jugando al ajedrez, y vencer”. Ese era el punto que el joven sabría explotar. Debería ganar su amistad a partir de los encuentros que disputen sobre el tablero escaqueado.
Comienza el primer desafío, sentándose los rivales sobre una alfombra encima de la cual se dispone el tablero y las piezas, y apostándose una moneda de oro.
Filócolo, que conducía las piezas negras, y que era evidentemente mejor en el juego que su contrincante, en vez de dar mate en una con uno de sus caballos, opta por retirar su torre, permitiendo que sea el blanco el que le aseste la estocada final a su propio rey. Todo sea para complacer a Sadoc.
Desde la lógica ajedrecística, la situación presentada resulta particularmente interesante. Es que se la podría considerar a ese juego como una virtual composición bajo la modalidad de “mate en una jugada con autoayuda”, probablemente la primera planteada en toda la historia del ajedrez.
En el siguiente desafío nuevamente Filócolo adquiere ventaja decisiva pero, desde ya, opta por no ganar, provocando en este caso una más conveniente igualdad.
El tercero representa el momento crucial ya que Sadoc, advirtiendo que el joven estaba reservándose lo mejor de sí, insta a su rival a jugar como realmente sabe y deciden redoblar la apuesta monetaria. Filócolo se ve obligado a relucir sus recursos.
En el momento en que vuelve a estar ganado, su rival pierde los estribos, al advertir que perderá dinero, procediendo a arrojar por los aires las piezas. Pero, completando su plan de ganarse su condescendencia, el joven le dirá a Sadoc que todas las monedas de oro les pertenecen.
La generosidad y cortesía del caballero quedan patentizadas. Los hechos se sucederán y, más tarde, logrará su propósito: el de ingresar al palacio para rescatar a Biancafiore con la que al regreso habrá de casarse y, tras convertirse al cristianismo, se habrá de coronar como rey de España, en la ciudad de Córdoba. Cerrando el círculo, juntos irán a Santiago de Compostela, ese santuario al que no pudieron nunca arribar los padres de la ahora reina.
Cosas del amor, cosas del poder, cosas de la épica medieval en la que se ve que la pasión puede imponerse, por encima de todas las adversidades y de los convencionalismos sociales, políticos o incluso religiosos.
Bocaccio, con Il Filocolo, inició su carrera novelística. Y, a partir de ese momento, estableció un hito en la literatura occidental.
El que habrá de profundizar con otras muchas obras, en particular con Il Decameron, que tendrá trascendencia universal e intertemporal.
En ambas el ajedrez aparece adquiriendo destacados ribetes en las respectivas tramas narrativas.
Al hacerlo, el influyente autor peninsular supo registrar un signo de su tiempo: la relevancia creciente que el juego había adquirido en la Edad Media en buena parte del continente europeo.
Siendo así, su inclusión en esos trabajos señeros, nos provoca una gran admiración. Pero está bien lejos de poder causarnos algún atisbo de asombro.

Por Sergio Ernesto Negri

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