CAMBIO SOCIAL: PACIENCIA E IMPACIENCIA

¿Ahora sí? ¿Todavía no? ¿Cuándo?¿Cómo?

El cambio social

La vida es transformación, de modo que el cambio social es esencial e inevitable en la vida de una sociedad. La cuestión estriba en la comprensión y el manejo del cambio. Allí esta la prueba crucial de la madurez política.
Hay realidades que no se pueden cambiar: El ser humano necesita un cierto mínimo de calorías para sobrevivir. La Tierra tarda 365 días par dar una vuelta alrededor del Sol. Los terremotos son inevitables. Esas realidades requieren aceptación y reconocimiento, que las cosas son como son y nos exigen pensamiento racional, realismo práctico y objetividad, más allá de nuestro deseos.
Pero hay cosas que se pueden cambiar. La mortalidad infantil. La injusta distribución de los bienes. El analfabetismo. Estas cosas nos exigen fuerza para vencer la resistencia al cambio, voluntad, y convicción de que vale la pena cambiarlas. No cambiar una realidad cuyo cambio es posible es resignación.
Gran parte de la sabiduría política consiste en saber distinguir una cosa de la otra, qué cosas se pueden cambiar y qué cosas no. Además, poseer el don de la prudencia, que significa capacidad de elegir los medios más adecuados para el fin; es decir: cómo realizar el cambio. Y acertar al kairos, el tiempo oportuno; o sea cuándo llevarlo a cabo.

Como los caminos tienen sus llanuras y sus montañas, el ritmo del cambio social tiene sus variantes. Hay momentos de estabilidad sociocultural y hay momentos de aceleración del cambio.
Para que se produzca un fenómeno de aceleración del cambio social se necesita:
— Una situación en la que las necesidades básicas de una población no logran su adecuada adaptación a las condiciones socioeconómicas que la organización social le brinda. Por ejemplo: la pobreza, las injusticias, la falta de oportunidades.
Pero con una advertencia: de una situación social de pobreza extrema no viene habitualmente el cambio, porque allí las fuerzas posibles son anuladas por el desaliento y la resignación.
— Un paradigma social (un relato, una interpretación de la realidad social, un proyecto ideológico) vivido como posible. Esto permite dar significación al cambio, encontrarle sentido, y posibilitar la esperanza, a la vez que despierta la conciencia ética y el sentimiento de injusticia.
Esa “narrativa” debe estar suficientemente internalizada en la mente de la mayor parte de la población.
En este aspecto se hace patente la función de los intelectuales, que ya desde antes debieron ir verbalizando los problemas latentes. La “corriente de pensamiento” debe preceder a la acción en el fenómeno del cambio.
— Una minoría con convicciones, promotora del cambio y con deseos de participar, suficientemente organizada. Generalmente, estos integrantes no resultan reclutados de las clases bajas (si bien en este sector anidan valores humanos muchas veces superiores a los de otras clases), sino de las altas y medias. Pero no suelen faltar algunos, de muy valiosas condiciones, de las clases bajas.
— Un líder, organizador de las fuerzas concurrentes, que hace concientes los estados emocionales de la población, los despierta y verbaliza. A diferencia de los pensadores y teóricos de la etapa previa, es el que asume la “corriente de acción” y realiza el cambio. Pero ésta cuestión no es nada fácil: que en una persona se reúnan las condiciones de líder genuino que una sociedad necesite en un momento de su historia es una decisión enigmática y providencial que no está en manos de los hombres.

¿Qué es lo justo, necesario y exigible?

Acompañada desde la antigüedad por el concepto de Justicia como “dar a cada uno lo suyo”, la Justicia Social de nuestros días deduce con acierto que a ella le incumbe su deber de responder a las necesidades de los habitantes de una Nación.
Los seres humanos nos encontramos con la realidad insalvable de que los bienes son escasos y que las necesidades siempre los superan. El paraíso de un bienestar general y perpetuo es una utopía ya universalmente no creíble.
Por otro lado, las necesidades humanas son múltiples e ineludibles, y como donde surge una necesidad nace un derecho, la sociedad, como comunidad fraterna, debe velar por sus miembros y acudir a sus necesidades. Cuando eso no se da, la misma sociedad entra en crisis, como un organismo cuando sus células enferman o mueren. De ahí que en una sociedad justa nadie debe estar por debajo de la satisfacción de sus necesidades mínimas.

Pero este “nivel de necesidades mínimas” no está trazado por la realidad como una línea fija preestablecida para todos los tiempos y todas las culturas. Es la misma comunidad que la define en cada caso. La esclavitud, vista como natural en épocas pretéritas, resultó inconcebible para el tiempo de la Revolución Francesa. Y las condiciones de vida de un trabajador noruego de la actualidad, vistas hoy como normales, distan de ser las consideradas suficientes para un obrero inglés de la Revolución Industrial.
Este aspecto dinámico de las realidades históricas y esta variedad de las culturas es lo que nos enfrenta con la pregunta crucial de la actualidad: “¿Qué es lo justo?”
Los intentos de respuesta a esta cuestión parecen estar en la raíz de todos los conflictos de nuestro tiempo. Envueltos en ella presenciamos los enfrentamientos generacionales, las luchas de clases, los desacuerdos entre naciones, las convulsiones internas, las guerras mismas. Cada pelea entre humanos implica que cada uno de ellos supone que “el otro es injusto y daña mi derecho”.

El límite entre la justicia y la injusticia social es cuestión ardua. La línea simple marcada por el economicista es un número frío, deshumanizado e irreal y a veces termina en que una porción de la población queda cruelmente excluida, como un “sobrante estadístico” para el que “la renta no alcanza”. Los componentes de una fórmula éticamente justa incluye factores socioeconómicos, culturales, psicológicos, médicos…
Ante este dilema, que, como vemos, no es sólo político o social, sino antropológico y existencial y que compromete toda la vida del hombre, se vienen repitiendo, a través de los siglos, tres actitudes: la de la impaciencia, la de la rigidez defensiva y la de la prudencia.

La impaciencia social

– En la impaciencia predomina la indignación, pero con una modalidad inmadura y adolescente, de ribetes épicos, que pretende y promete la solución fácil y rápida. Quiere adelantar el reloj de la historia, pero cree que para esto bastan el deseo y la voluntad. En el fondo, es imprevisora de los costos, temeraria respecto de las consecuencias, negadora de realidades, idealista fantasiosa antes que objetiva y rebelde al “tiempo de los astros”.
Pero el drama esencial de la actitud impaciente está al final del camino, en el momento en que logre su objetivo: “el triunfo de la revolución”. Allí encontrará los escombros de lo destruido y la decepción de las veleidades utópicas.
Allí han desembocado la inmensa mayoría de las revoluciones armadas y sus afines. Ríos de sangre ha costado a la humanidad ese afán impetuoso disfrazado de heroísmo, finalmente cruel y reacio a los consejos de la Historia, delirio que en una ocasión, durante el nazismo, hasta se atrevió a prometer “un reino de mil años”.
Por otro lado, hoy, en un mundo digital en que todo es instantáneo, la impaciencia y la ansiedad devienen moneda corriente y la intolerancia a cualquier demora en la satisfacción de deseos parece natural. Lástima que debamos sufrir todos las consecuencias de esa actitud.

– La actitud rígida, de resistencia al cambio, padece de sordera a las voces de los pueblos y a los signos de los tiempos. Es inmovilizante, tiene una inteligencia fría y un corazón duro. Es fruto del temor y vive huyendo del ritmo cósmico inexorable. Busca defenderse con el pretexto de la moderación, pero esta es excesiva cautela y cobardía. Habla de justicia, pero esa justicia sin afecto es crueldad.
Su intento es mantener un orden anclado en el pasado, que lo fije en un presente seguro y que lo libre del futuro incierto.
Pero la realidad que busca conservar se desgrana como arena entre las manos, porque el agua de la vida, si se estanca, se contamina y muere. Todos los reinados que buscan una perpetuación indefinida siguen el mismo camino.

– Entre la impaciencia y la resistencia al cambio está la prudencia que los antiguos definieron como “la capacidad de tomar decisiones acertadas en sus fines y en sus medios”. Por eso es la virtud esencial del buen gobernante. Esta prudencia no es cautela ni es pequeñez de espíritu sino percepción realista y sentido práctico.
Su brújula es la justicia solidaria y está asociada con la fortaleza, porque se le requiere sostener la firmeza contra los embates tanto de la ansiedad como de la resistencia al cambio. No es condición de muchos, porque es la sabiduría del capaz de liberarse de la cadena corta del presente y, desde la altura, divisar el pasado y el futuro.
Navega en Cronos, pero atiende a Kairos, el tiempo oportuno para las decisiones. Es la sensatez del padre capaz de sacrificios, que sabe leer las necesidades de los hijos pero no cede a los caprichos de estos.
Es el signo de la verdadera democracia, que sabe poner el foco en la urgencia específica que corresponde a cada tiempo y a cada lugar. En nuestra región, es la erradicación de la indigencia y la exclusión social. Así vendrá, como aliado inevitable, la lucha contra la delincuencia organizada, las mafias, la droga y la corrupción.
Es la actitud de los estadistas que marcan una sana huella en la vida del mundo, porque los gobiernos se miden no por lo que brillan sino por lo que dejan.
Hacia un cambio genuino

Para que un cambio resulte efectivo y duradero, es imprescindible que se cumplan todas y cada una de las cuatro condiciones arriba apuntadas y eso normalmente demanda tiempo. Esto les resulta difícil a los impacientes y optan por la violencia. Pero la impaciencia es la madre de muchas tragedias sociales, daña a las personas y violenta la naturaleza de las cosas. Ellos no advierten los “signos de los tiempos”.
También la idealización del cambio posible genera impaciencia y lleva a la radicalización y a acusar de sobornados a los no extremistas. Frecuentemente, tanto los conservadores como los radicalizados atacan a los moderados. Por totales que sean los cambios, “todo nuevo” es imposible (el cambio no surge de la nada), siempre hay una fusión de lo nuevo con lo anterior. Se produce una acomodación, y las formas de vida anteriores no desaparecen sino reaparecen transformadas.

Muchas veces los cambios se producen tanto por la fuerzas de los agentes de cambio como por la debilidad de los que están ejerciendo el poder, cuando estos dudan de sí y de su habilidad para mandar. El poder necesita autoconfianza y convicción en sí.
La concreción de los cambios requiere de los realizadores prácticos y de la sensatez. Pero nada se puede esperar si no hay un plan coherente que los guie.
Hugo Polcan

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