TRUMP PONE A ESTADOS UNIDOS PATAS ARRIBA

No siempre “lo que es bueno para Estados Unidos es malo para América latina”, entre otras cosas porque no hay nada que sea “bueno” para todos los sectores de Estados Unidos: por ejemplo, lo que enriquece a los importadores puede empobrecer a los exportadores.
La derecha norteamericana sostuvo, desde la firma del tratado de libre comercio con México (NAFTA), que al hacer de los dos países un solo mercado, se iba a “desindustrializar” parte de Estados Unidos y destruir puestos de trabajo.
NAFTA, decían los derechistas, sólo iba a favorecer a México: aumentaría su Producto Interno Bruto (PIB) y haría descender su tasa de desempleo A la vez, esos derechistas predecían que NAFTA alimentaría a las grandes corporaciones norteamericanas, las cuales iban a fabricar barato en México y vender caro en Estados Unidos. Se basaban en que los salarios mexicanos (medidos en dólares) eran muy bajos.
De este modo, la derecha norteamericana se enfrentaba a esas corporaciones, a las cuales–se suponía—representaba en el campo político.
En México, y a lo largo de América Latina, la izquierda vernácula no lo veía así. Denunciaba que NAFTA era un proyecto norteamericano de colonización que convertiría a México en una base comercial, poco menos que equivalente a las bases militares. Decía que el propósito era explotar a los obreros mexicanos y llevarse las ganancias a otra parte, no dejando nada al país.
A la vez, la izquierda pensaba que la oposición de la derecha norteamericana al NAFTA era retórica y efímera, destinada sólo a castigar al gobierno demócrata del Presidente Clinton, artífice del tratado.
Donald Trump ha venido a demostrar que no era así. La oposición de la derecha –de la cual él forma parte—era genuina. Trump quiere levantar la “base” como primera medida para lograr lo que llama “la independencia económica” de Estados Unidos. A su juicio, NAFTA fue, para los intereses norteamericanos, “el peor acuerdo comercial de la historia”.
Lo suyo no es un mero discurso. Ya antes de asumir empezó a extorsionar a las fábricas norteamericanas de automóviles que operan en México. La extorsión es pública: “O vienen a fabricar aquí o les confisco las ganancias poniéndoles un arancel de 35% para los autos que hagan en México”.
Con Ford fue muy fuerte. Dijo: “Es una vergüenza que una compañía tan importante para nuestra economía se haya llevado el empleo a otro país”. Conociendo que a Trump no le tiembla el pulso, y teniendo en cuenta que (al menos por ahora) controla ambas cámaras del Congreso, Ford quiso evitar cualquier venganza y ya canceló una inversión de 1.600 millones de dólares que iba a hacer en San Luis de Potosí. En cambio,invertirá 700 millones en Flat Rock, Michigan.
Respecto de General Motors, Trump ha dicho:“Ellos están enviando a Estados Unidos automóviles Chevy Cruze hechos en México, y lo hacen libres de impuestos”. Y les envió el mismo mensaje que a otros: “Háganlos en Estados Unidos o paguen un gran impuesto fronterizo”. General Motors, que en once meses exportó desde México 495.790 vehículos, no considera por ahora hacer la venia. Si decide definitivamente no volver a casa, provocará el primer enfrentamiento entre el gobierno de derecha de Estados Unidos y una gran corporación, ícono del imperialismo norteamericano.
Ahora el que se preocupa es México. El país es el octavo exportador mundial de autos, camiones y autopartes. La industria automotriz radicada allí aporta 18 por ciento del PIB industrial (6% del nacional) y tiene 875.000 empleados. Todo eso gracias a ese mercado que le creó NAFTA y Trump quiere cerrarle: 72 por ciento de los vehículos construidos en México van a Estados Unidos.
La experiencia demuestra que los asuntos políticos y económicos deben analizarse caso por caso. No distinguir es no comprender.
También demuestra que las ideologías no son estáticas y suelen cambiar según las circunstancias. Hace dos décadas, la socialdemocracia europea se hizo privatizadora y fiscalista. Ahora, la derecha norteamericana pone la ideología conservadora patas arriba.
Lo presumible era que un gobierno republicano fuera defensor del mercado libre, contrario a la intervención del Estado en la economía, asociado a las corporaciones y promotor del comercio externo.
En cambio Trump –si es que va a seguir el rumbo de sus primeros pasos– ataca la libertad del mercado, hace intervenir al Estado en la economía, se enfrenta a las corporaciones y es nacionalista.
En lo instrumental, si no en los fines, el nuevo presidente norteamericano se parece más a la izquierda que a la derecha. Una estrategia económica basada en el mercado interno, el cuestionamiento de las empresas multinacionales, un Estado fuerte y la idea de “independencia económica”, son postulados que evocan el tradicional discurso de todas las fuerzas progresistas de América Latina.
Es que los instrumentos se pueden usar con un propósito u otro. Esto, que parece obvio, es algo que esas fuerzas progresistas han ignorado a lo largo de nuestra historia. Confundieron medios con fines.
La ideología tiene que ver con los objetivos (distribución de la riqueza en el caso de la verdadera izquierda; concentración de la riqueza en la derecha) y no con las herramientas.

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