LA GRAN OPCIÓN PROYECTO PROPIO O AJENO

Cipayos hay y habrá siempre. Son los tributarios de un proyecto ajeno sean conscientes o no de serlo. La única manera de saberlo es la pregunta por el proyecto propio. Si no está, si no se lo busca, entonces, inexorablemente, el proyecto ajeno será el que se ejecute. Estamos a 200 años de la mayor epopeya liberadora, el Cruce de los Andes. Un proyecto propio realizado con investigaciones y un plano del que sería el camino de la liberación, encomendado por el Gran Capitán, llevado a cabo a partir de los planos del cruce realizados por José Antonio Alvarez de Condarco. Un dato histórico tan valorado por José de San Martín que lo hizo padrino de su hija.
Pues bien los cipayos históricos de hoy, que los hay, pretenden que nuestro Libertador cruzó con los planes de un proyecto de invasión inglés.
Nuestra Independencia y el desalojo del Reino de España, no fue un proyecto ajeno al que nos adaptamos, sino un propio con nuestros propios planes y planos.
Una lección que algunos pujan por que la ignoremos. Una lección para el presente. Veamos como está el mundo hoy.
Puede haber repercusiones inmediatas derivadas de la reacción proteccionista de Donald Trump sobre nuestra economía.
Lo de los limones no es nuevo. La apertura ha resultado por ahora en un amago y puede que, finalmente, no lo sea.
Y no es nuevo que Estados Unidos se ocupe de la defensa de sus productores.
Mas allá del discurso libre cambista, la realidad del comercio yankee ha sido una que ha tenido siempre presente el interés de los productores locales. Y en realidad ha sido el cambio de centro óptico de sus productores locales, mutados en empresas internacionales, la que ha declinado las barreras obstruccionistas de otrora.
De otra manera, cuando mas local la producción mas protección generada, cuando mas internacionalizado el capital menos protección comercial. Ha sido así. Y tal vez con Trump haya un cambio.
Ese cambio, cualquiera sea el cruce de presiones, pareciera que será uno en que nada de lo protegido dejará de serlo y algo o mucho, de los liberado será restringido.
En nuestra perspectiva lo que nos podrá afectar no es tanto el cambio en línea recta sino el efecto carambola. En un mundo preocupado por colocar excedentes.
Es útil, creo, repasar lo que todos sabemos acerca de las dos etapas (¿agotadas?) que en la economía Occidental y mundial, se han sucedido después de la Segunda Guerra. La primera, la de los dorados 30 y el Estado de Bienestar conviviendo en el planeta con una economía , la de la URSS, dedicada a construir una economía de potencia. Dos modelos. La segunda la de la globalización financiera y de dispersión productiva. Hoy están superpuestas y generan contradicciones. Veamos
Recordemos que las condiciones necesarias para que un Estado adquiera estatus de potencia son el tamaño del territorio, el tamaño de su población y el dominio de la tecnología de la época. Tal vez el concepto este fuera de moda. Pero ayuda a comprender dónde vamos.
Estados Unidos, potencia de la Segunda Guerra Mundial, tenía el dominio de la tecnología, el tamaño, la riqueza territorial, y la dimensión poblacional necesaria.
En Occidente, los 30 gloriosos, fueron impresos por el Estado de Bienestar al interior de cada Nación: generó desarrollo en el área de influencia, la periferia, en la que nos alojamos.
BRIC fue la sigla de marketing con que Goldman Sachs quiso instalar un nuevo concepto de potencia multilateral y, por detrás, promover el mercado de inversiones hacia las economías de Brasil, Rusia, India y China.
Con el vigoroso –transitorio y dependiente – crecimiento de ellas, la división “Oriente – Occidente” quedaría borrada y el mundo parecería convertirse en uno como consecuencia de la dinámica de las periferias: ¿el mundo plano?. Un diseño “novedoso” como si la condición histórica de “centro y periferia” hubiera desaparecido.
El dominio de la tecnología no había cambiado de mano, y no se había disuelto la dinámica de “centro y periferia”.
A los cuatro países emergentes, gigantes en territorio y población, les faltaba la condición de plena autonomía tecnológica, lo que implica marcar rumbo, y solo podían participar de los avances tecnológicos a través de las empresas multinacionales, cuyo origen es el de los países titulares del ámbito del desarrollo tecnológico: el mundo desarrollado, el centro y el primer anillo que lo rodea.
Una prueba de esa dependencia es que la inmensa mayoría de las exportaciones chinas de alta tecnología contienen un 90 por ciento de productos importados. Los números brutos de las exportaciones chinas sobrestiman el valor agregado en el Celeste Imperio.
El mundo emergente, los BRIC y los países que fuimos a la cola, crecimos durante años como consecuencia de la expansión China. Fue esa expansión la que llevó a que los precios de las materias primas y del petróleo alcanzaran niveles únicos y es lo que explica la expansión del conjunto BRIC .
Respecto de la Argentina fue la expansión China, creciendo al 10 por ciento, la que sopló el viento de cola, directo e indirecto, que bañó nuestras costas, la demanda directa de bienes argentinos, y la intermediada a través del crecimiento de Brasil.
China está en el origen de nuestros favorables términos del intercambio y en el de nuestros, por primera vez, superávit gemelos de la década “ganada”, o más correctamente “la década soplada”. Tanto por el viento como por la idea de “escamoteada” que la calificación implica.
De esto se desprende que la pregunta de mayor interés para avizorar el futuro inmediato es ¿cuál es, o fue, la razón de la expansión china?
Desde 1980 hasta 2015 la economía china se multiplicó por 26 veces, mientras que la de Estados Unidos, en el mismo período, no llegó a triplicarse.
El Occidente en su conjunto orilló la misma expansión; los emergentes lo lograron gracias al mega salto amarillo.
La diferencia de velocidades entre el país dominante y la China, potencia emergente, ha generado sustantivas transformaciones de la geografía económica y la geopolítica. Vale la pena repensar estos números gruesos para tomar cuenta de lo que han sido estos 40 años de transformaciones planetarias.
¿Qué ocurría? China creció vertiginosamente al tiempo que la economía americana veía expandir su déficit comercial el que era financiado por el ahorro chino. El gran país de oriente alcanzó una tasa de ahorro de 45 por ciento de su PBI mientras que el ahorro americano descendía a niveles miserables.
China ahorraba y producía: un país de productores. Estados Unidos consumía y se endeudaba: un país de consumidores. A ese fenómeno Moritz Schularick y Niall Ferguson lo bautizaron “Chimérica”: un continente económico que atravesaba los mares.
La “Chimérica” transcurría, por una parte, mientras los Estados y los trabajadores mantenían su condición de “no deslocalizables”. A estos el Profesor Pierre-Noel Giraud los llama “sedentarios” y sufrientes de la creciente inequidad. Y por la otra mientras las empresas, su capital y su tecnología (nómades para Giraud) estaban incentivados a la deslocalización.
En otras palabras, los Estados y los trabajadores siguieron siendo nacionales y las empresas, sus capitales y su tecnología tornaron en multinacionales. Eso es la globalización.
Resulta claro que la distancia entre lo que permanece nacional y lo que se internacionaliza, contiene una contradicción interna en el proceso.
La contradicción se torna más evidente cuando comprobamos que el 60 por ciento del comercio internacional se realiza por el intercambio entre las filiales de las empresas multinacionales.
La globalización, entonces, es lo que hace que un producto final sea el resultado del ensamblaje de partes provenientes de distintos lugares del mundo.
Sin embargo después de la crisis de 2008 algo en los hechos está cambiando. Las importaciones de bienes intermedios disminuyó en China de 72 por ciento de las importaciones totales a 65 por ciento en 2015; y de 68 a 62 en el mismo período en Asía del Este; y del 44 por ciento en Estados Unidos en 2011 a 38 en 2015; y de 51 en 2012 en la zona Euro a 49 por ciento en 2015.
Al tiempo que estos hechos se producen también hay una relectura. Economistas norteamericanos de la corriente principal, han hablado y advertido. Paul Kurgman ha sugerido “bajar el botón del volumen” de la globalización, Larry Summers llama a “la promoción de un nacionalismo responsable”; y recientemente, Barry Eichengreen acusa haber sentido “el último aliento de la globalización”.
En el continente europeo, la política, en las palabras de Manuel Valls, en noviembre de 2016, sostuvo “la mundialización ha hecho mucho daño”. Y su contrincante en la interna socialista francesa, Benoit Hamón, ganador de las primarias, como todos hemos leído ha ido mucho más lejos.
No son estos hombres de la “derecha” ni han sido sometidos – felizmente – al mote de “populistas” ni simpatizan con Marie Le Pen.
Frente a estos economistas y políticos, no sólo están los barones de las multinacionales de Davos, que legítimamente defienden intereses comerciales, sino también los burócratas internacionales sin responsabilidades ni académicas ni territoriales, como lo es la Comisaria europea de Comercio, Cecilia Malmström, que sostuvo que “los que piensan, en el siglo XXI, que podemos volver a ser grandes … reimponiendo barreras comerciales … están condenados al fracaso”. Aclaremos la frase dice que la opción es libre comercio o fracaso.
Volviendo al principio la “Chimérica” fue, en última instancia, el motor del movimiento de la economía mundial a través de la “conmoción” china.
Ella explica el viento de cola que nos brindó durante una década el boom de las materias primas, los extraordinarios términos del intercambio que resultaron de la lógica de los productos industriales baratos, sea por el avance tecnológico sea por los salarios paupérrimos de la nueva economía industrial, la fabrica del mundo. China.
Aclaremos que no ha sido menor, al interior de China, el daño ecológico (territorio) que ha provocado la expansión vertiginosa. Daño al que se suma el incremento de la inequidad (población). No olvidar que la democracia es un camino a la igualdad, en libertad y fraternidad. China sí ha avanzado en contagio tecnológico.
En Estados Unidos los bienes industriales baratos aplacaron la tendencia inflacionaria del crecimiento del consumo, pero la liquidez abundante del país deudor llevó a la inflación de los activos, la que empujó la crisis de la que aún no se ha repuesto la economía occidental y con la que comenzó la reversión del comercio internacional.
El comercio creció el 1,7 por ciento en 2016; mientras entre 1980 y 2007 lo hizo al doble que el PBI mundial.
El PC chino se anticipó al improbable sine die de la “chimerica” y optó por dos vías para superar el escollo.
La primera fue priorizar el consumo interno. Un desafío difícil ya que debe adecuar plataformas productivas diseñadas para la exportación y transformarlas hacia el mercado interno; y transformar el mercado interno incrementando el volumen y nivel de las clases medias capaces de consumir. Una transformación estructural.
La segunda es la búsqueda de nuevos socios que repitan a escala el esquema de la “chimérica”. Les venden financiados, por ejemplo, trenes y centrales nucleares de origen chino. Mientras China compra para su uso ambos bienes en el exterior.
Esa estrategia, lógica para China, es el proyecto ajeno que aquí está en marcha sin que los políticos – con honrosas excepciones como, por ejemplo, la de Miguel Pichetto – ni la mayor parte de la profesión reaccionen positivamente.
China financia nuestro déficit comercial con ella: una manera generosa de liquidar lo que queda de nuestra industria sin que se note.
En ese contexto hay, dicen, brotes verdes. El gobierno celebra, con razón, que hay una leve tendencia al crecimiento del empleo privado. Pero debe analizarse en el contexto de que el nivel de noviembre 2016 es menor que el del mismo mes del año anterior.
Y celebra que las exportaciones de 2017 serán mayores a las de 2016. Pero estas, la de 2016, son menores a todos los años posteriores a 2009.
No son signos de salud sino más bien de convalecencia.
En el mundo actual las enfermedades viajan con mayor velocidad y también lo hacen las taras económicas. Sus consecuencias son más graves cuando las defensas están bajas y cuando no se practica la prevención.
Defensa y prevención es lo que casi nunca ponemos en práctica porque tenemos una cultura política y económica de traductores.
La realidad es que necesitamos un esfuerzo de mirada puesta en el horizonte imaginando las alternativas. La declinación de la chimérica es, para nosotros, el riesgo del efecto carambola. Menos crecimiento mundial y mas necesidad de colocar excedentes. La adaptación a ese mundo, tal como parece venir, no es lo que parece alumbrar un destino mejor si eso es una sociedad con mas crecimiento y mas equidad. La adaptación es especialización que , en buen romance, es menos industria y menos tecnología. Construir una Nación, integrada y no excluida, requiere diversificar la estructura productiva.
El manual de los 90 , en todas sus versiones, además de provenir de un diagnóstico equivocado sobre la matriz del desarrollo ahora atrasa. Y allí aparece con toda claridad lo grave de haber exaltado los supuestos beneficios de la cultura de traductores o de pensamiento ajeno.
Traduttore traditore. Básicamente porque ni siquiera traducimos en tiempo real: atrasamos. Aplicamos todo cuando ya no sirve ni como defensa ni como prevención.
Es que nos falta proyecto propio y pensamiento estratégico que es el principal bien público cuya ausencia nos baja las defensas y nos impide la prevención. Repase las oportunidades perdidas y los males que nos aquejan.

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