1946. UNA MADRE EN EL PARTO DEL PERONISMO

CÚANDO FUE QUE… – EN LA HISTORIA
No son creaciones de la imaginación sino testimonios cargados de frescura y emoción de un autor conocido por su amplia trayectoria política y que tiene una vida de película en busca de un director. Aquí, una pintura del acto fundacional del peronismo, a setentaiún años del hecho.

Habían pasado apenas cuatro meses del 17 de octubre de 1945, cuando según Raúl Scalabrini Ortiz “el subsuelo de la Patria” se había sublevado, y mi mamá, no sé si por su intuición o por la sonrisa del Pocho, también. Lo que se avecinaba eran las elecciones generales del 24 de febrero.
La cuestión era que mi papá (1), hijo de un aparcero de Leandro N. Alem, y seguidor del Peludo Yrigoyen, se mantenía fiel a la trayectoria y enseñanzas políticas de don Andrés. O sea de mi abuelo, fallecido en 1939 y despedido ante su última morada por todos los radicales de Concordia, mi ciudad natal, con los honores ganados por haber sido un gran correligionario nacido en Catalunya.
Haciéndola corta: mi casa no era campo apto para sembrar, como lo intentaba mamá, ni una mísera semillita de peronismo.
Como siguiendo los pasos del clima del calendario, en octubre comenzaba a calentarse esa primavera que en noviembre, más allá del perfume de las flores, ya me producía una picazón en la nariz por un tufillo a despelote familiar en la desembocadura del verano de 1946, con el embajador yanqui, Spruille Braden incluido contra Perón y a favor de los radicales, conservadores y hasta los comunistas de la Unión Democrática.
La sensación térmica en mi casa hacía inútiles los esfuerzos de ese cuarto de barra de hielo, que desde la heladera de madera, chapa y aserrín encanutado, se esforzaba por enfriar los dos sifones de soda, y la infaltable botella de vino Toro, con el cual papá acompañaba su plato de sopa y puchero –sí, sopa y puchero, en verano y todo el año porque era la comida de los pobres-; mientras que con mi hermano poníamos el caracú sobre una rodaja de pan, cual si fuera ese tal caviar que dicen es rico porque yo nunca lo probé.
Una tarde de enero, mientras el correligionario que era mi padre dormía la siesta, mamá nos llevó a los dos hijos menores al cruce de la calle Sáenz Peña en la que vivíamos y las vías para ver pasar el tren que llevaba a Perón y Evita en su recorrido por la Mesopotamia, haciendo su campaña para las elecciones presidenciales del 24 de febrero. Yo tenía siete años, mi hermano, nueve.
El tren iba a paso de hombre, seguido por una multitud por la calle Bolivia pegada a las vías y los ídolos de mi madre -Perón y Evita- sacaban el torso por las ventanillas y tiraban besos, mientras que desde otras ventanillas, colaboradores de la pareja tiraban regalos, uno de los cuales pegó en el abultado pecho de mamá que pudo atraparlo.
Era una pelota de goma roja, en la que se simulaban gajos y que en sus polos tenía sendos redondeles de goma blanca, con un texto grabado que sólo decía “Perón y Evita”. Demás está decir que mi mamá jamás nos permitió jugar con ella “porque a Perón y Evita no se los podía patear”, decía, motivo por el que la pelota tuvo una larguísima vida que fue por lo tanto mucho más allá del histórico 24 de febrero de 1946.
Y si bien en casa había cierto grado de tolerancia. no exagerado tampoco, la convivencia trancurría entre un padre que iba a ejercer su derecho de votar y una madre que, como mujer, tenía cercenado ese derecho, circunstancia también propicia para que el diable metiera la cola (2).
Sería el 12 ó 13 de febrero, cuando a papá, en medio de almuerzo, dice:
– Cleria, el domingo vienen tus hermanas a comer…
– ¿Todas?
– Sí, todas.
– ¿Solas?.
– No, también con tus cuñados
– Ah… y la estúpida peronista se va a deslomar amasando para que tus correligionarios se pasen todo el almuerzo hablando mal de Perón.
– ¡Bueno si no querés que vengan tus hermanas, se loa digo y basta!
– ¡Encima me querés hacer pelear con ellas, que están podridas de aguantar, en sus casas, estas reuniones, donde al parecer un Braden, les escribe el libreto!—bueno, está bien, no te hagas problema, por ellas voy a hacer una buena raviolada.
(Telón provisorio, que tapaba los nubarrones cargados de descargas eléctricas que, desde mi entendimiento infantil y conocimientos sobre mi madre, me hacían pensar que en el próximo acto iban a caer rayos y centellas, y algo más, que no podía adivinar, pero que iba a caer estaba seguro).
El sábado 16 mamá comenzó con la milonga de hacer los ravioles, con acelgas de su huerta del fondo, y los sesos de vaca que papá había comprado al carnicero de la vuelta.
Mientras se hervían las acelgas, y los sesos, en diferentes ollas sobre la plancha de la “Istilart”, mamá amasaba y amasaba espolvoreando con harina, después de rigurosas seis idas y vueltas del palo, fabricado al efecto, y al estar cerca le escuchaba su rítmico refunfuño, que no entendía, pero que rezaba:
– Tamborini se cagó y Mosca lo siguió…
Pero el almuerzo colectivo de lo que podría llamar nuestro día “D“ (D, de Dalmau), se frustró, por un episodio que a mí me hizo sentir lo lindo que sería ser “peronista como mi mamá”.
Fue la visita inesperada ese sabado de un tío miembro de la comisión directiva del Jockey Club, Concordia, justamente en el momento en que mi mamá decoraba su creación con rodajas de huevos duros, y de salame criollo, con más aceitunas, sobre la boloñesa.
Entra mi tío lo más campante y al ver a la entrada de la cocina un gran afiche con Perón, de mameluco beige, camisa ombú azul y su bella sonrisa, con la consigna VOTE A PERÓN, VOTANDO A SUS CANDIDATOS, con toda la soberbia propia de humanoides de su estirpe, sacó su estilográfica y escribió debajo separando las letras y en mayúscula como completando la leyenda la palabra… COIMEROS.
Y lo que siguió fue algo así como el estallido de la Little Boy que los yanquis hicieron estallar a 500 metros sobre la cabeza de los habitantes de Hiroshima cuando sobre el cuñado hiper gorila cayó la bandeja de ravioles de mi santa madre.
Se pudrió todo y lo único que quedó fue la cuenta regresiva de la última semana de germinación de la revolución social que, todavía, conmueve al mundo y que para el gorilaje es la culpable de todos los males de la Argentina.
¿Cómo será el día de las elecciones?, pensaba. Y como todo llega, ese día llegó. El menú creo que por picardía de mamá, (que no era de arriar) era el mismo del frustrado almuerzo del domingo anterior pero sin “Moscas, ni Tambor…inis” .
Papá se comió los ravioles, como si jamás volvería a comerlos, y mamita, con los ojos secos y fijos como un arquero al que Messi le está por patear un tiro libre, cumplía con sus labores de cónyuge sumisa. No habían hablado en la comida porque tampoco habían hablado a lo largo de la semana.
Para ser más preciso; él le hablaba; ella, no.
Fue allí que le dijo secamenteo que “se rompería antes que doblarse” y se fue a dormir la sagrada siesta, antes de ir a votar.
Y mientras mamá lavaba los platos y yo ayudaba a secarlos mascullaba el cantito que yo acompañaba sobre Tamborini y compañía, luego de lo cual siguió un silencio absoluto hasta que a eso de las cuatro y media de la tarde, ese hijo de uno de los participantes de la Revolución del Parque contra Juárez Celman (1890), se levantó, se visitió, se puso el sombrero que hacía juego con su traje gris, dio los cinco pasos que lo separaban de la puerta de calle y se encontró con mi madre que lo tomó de los hombros y le dijo:
– Pepe, vos sabés cómo yo quiero y respeto a don Andrés por toda su trayectoria en la Unión Cívica primero y en el radicalismo después pero yo te aseguro de que si él no hubiera muerto, hoy te aconsejaría que votes por sus nietos, que son tus hijos.
Papá no dijo nada, pasó en silencio entre mamá y yo y se fue como pensativo con el sombrero en la mano y lo seguí con la mirada hasta que dobló la esquina.
Mamá no pudo quedarse quieta, y se pasó caminando de aquí para allá en la vereda, hasta que él reapareció por la misma esquina, volvió a pasar entre ambos y le dijo muy bajito:
– Ya voté por tu Perón.
Entonces ella de un salto lo abrazó, le dijo “!gracias!” y se dieron un beso más lindo que el de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca.
Gracias mamá, grito hoy yo, setenta y un años después.
(1) Empleado jerarquizado del británico ferrocarril del nordeste argentino, hombre culto que hablaba perfectamente inglés y que no había culminado sus estudios primarios.
(2) En 1947, con el impulso extrordinario de Eva Perón, el Congreso de la Nación amplió el derecho (y la obligación) de votar a las mujeres, tras lo cual se realizó un minucioso censo, casa por casa en todo el país, a cargo de mujeres, para la obención de los datos personales pertinentes. No pudieron participar las mujeres con su voto en las constituyentes para la reforma constitucional de 1949 pero sí lo hicieron en 1951, elecciones que ganó el peronismo y posibilitó la reelección de Perón.

Por Héctor Dalmau (Ex diputado nacional)

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