A 500 AÑOS DE LA REFORMA LUTERANA

El 500 aniversario de la Reforma protestante que desencadenó Martín Lutero (1517-2017) «nos ofrece la oportunidad de cumplir un ulterior paso hacia adelante, mirando al pasado sin rencores» para «volver a proponer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la novedad radical de Jesús, la misericordia sin límites de Dios: precisamente – destacó– lo que los Reformadores a su tiempo querían estimular». Lo dijo Papa Francisco en la audiencia a una delegación de la Iglesia evangélica alemana (Evangelischen Kirche in Deutschland, Ekd), citando lo que afirmó Benedicto XVI en Erfurt en 2011 (la «cuestión sobre Dios» era la «pasión profunda, el resorte de la vida y del camino entero» de Lutero) y subrayando que «la llamada de los reformadores suscitó en aquel entonces eventos que llevaron a divisiones entre cristianos» y que hace quinientos años las luchas entre hermanos y hermanas en la fe fueron «fomentadas por intereses políticos y de poder», mientras que hoy, «gracias a Dios, finalmente despojados —dijo Papa Francisco citando a San Pablo— de todo lo que nos estorba, fraternalmente corremos resueltamente al combate que se nos presenta, fijando la mirada en Jesús»,
«Es significativo», precisó Francisco ante la delegación de 23 exponentes evangélicos alemanes, guiada por el obispo protestante Bedford-Strohm («un hombre con el fuego en el corazón») y acompañada por el cardenal arzobispo de Münich Reinhard Marx, «que, en ocasión del 500 aniversario de la Reforma, cristianos evangélicos y católicos aprovechen la ocasión de la conmemoración común de los eventos históricos del pasado para poner nuevamente a Cristo en el centro de sus relaciones. Justamente “la cuestión sobre Dios”, sobre “cómo poder tener un Dios misericordioso” era la “pasión profunda, el resorte de la vida y del camino entero“ de Lutero», dijo Francisco citando a su predecesor.
Lo que animaba e inquietaba a los Reformadores, explicó, era, «en el fondo, indicar la vía hacia Cristo. Es lo que debe ser importante para nosotros también hoy, después de haber nuevamente emprendido, gracias a Dios, un camino común. Este año de conmemoraciones nos ofrece la oportunidad de cumplir un ulterior paso hacia adelante, mirando al pasado sin rencores, pero según Cristo y en comunión con Él, para proponer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la novedad radical de Jesús, la misericordia sin límites de Dios: precisamente lo que los Reformadores a su tiempo querían estimular». Recordando cómo la llamada de los reformadores suscitó en aquel entonces eventos que llevaron a divisiones entre cristianos, Francisco dio gracias a Dios porque hoy «finalmente despojados de todo lo que nos estorba, fraternalmente corremos resueltamente al combate que se nos presenta, fijando la mirada en Jesús».
Y gracias a la ·comunión espiritual fortalecida en estas décadas de camino ecuménico», continuó Francisco, «podemos hoy deplorar juntos el fracaso de ambos frente a la unidad en el contexto de la Reforma y de los hechos sucesivos. Al mismo tiempo, en la realidad del único Bautismo que nos hace hermanos y hermanas y en la común escucha del Espíritu, sabemos, en una diversidad ya reconciliada, apreciar los dones espirituales y teológicos que de la Reforma hemos recibido».
El Pontífice recordó también el común gesto de penitencia y de reconciliación que tendrá lugar próximamente, es decir, la función ecuménica titulada: “Sanear la memoria, testimoniar a Jesucristo”. «Con este signo —afirmó— y con otras iniciativas ecuménicas previstas este año (como el peregrinaje a Tierra Santa) ustedes tienen el ánimo de dar un configuración concreta a la Fiesta de Cristo, que en ocasión de la conmemoración de la Reforma, piensan celebrar juntos».
«Para el futuro, —agregó el Pontífice—, deseo confirmar nuestra llamada sin retorno a dar testimonio juntos del Evangelio y a continuar en el camino hacia la plena unidad. Haciéndolo juntos, agregó, nace también el deseo de ir más allá, en nuevos recorridos». «La llamada urgente de Jesús a la unidad —insistió— nos interpela, como también la entera familia humana, en un periodo en el cual experimenta graves laceraciones y nuevas formas de exclusión y de marginación. También en esto es grande nuestra responsabilidad».

Por Iacopo Scaramuzzi

(Cuadernos para el Diálogo)

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