NACIONAL Y POPULAR VS. “POPULISMO”.

Es la era de la “posverdad” donde desde los medios de desinformación se intenta instalar “los hechos alternativos”, o sea aquellas mentiras que ellos imponen como verdades, y así encontramos una definición errónea y equivocada exprofeso del término “populismo” que la Real Academia definiera a fines del siglo pasado como “… dícese de los gobiernos que trabajan en bien del pueblo y tras el bien común de un Estado o nación…”. Hoy para las “¿derechas neoliberales y las seudo izquierdas socioliberales?” el término suena a despectivo y con significado totalmente opuesto a aquel del siglo pasado. Hoy se denomina alegremente y sin fundamento serio alguno “populismo como sinónimo de demagogos o de políticas demagógicas”. “Enemiga de la paz es la ideología que explota los problemas sociales para fomentar el desprecio y el odio y ve al otro como un enemigo que hay que destruir. Desafortunadamente, nuevas formas de ideología aparecen constantemente en el horizonte de la humanidad. Haciéndose pasar por portadoras de beneficios para el pueblo, dejan en cambio detrás de sí pobreza, divisiones, tensiones sociales, sufrimiento y con frecuencia incluso la muerte. La paz, sin embargo, se conquista con la solidaridad”, dijo Francisco.

“Trump es el primer presidente latinoamericano de Estados Unidos”. Así tituló días atrás el diario The Washington Post una columna de opinión de Ishaan Tharoor, ilustrada con un fotomontaje en el que aparece Donald Trump caracterizado como el ex dictador chileno Augusto Pinochet y la leyenda “El caudillo yanqui”. El autor compara allí al nuevo inquilino de la Casa Blanca con “caudillos” como Juan Perón, Simón Bolívar o Hugo Chávez. “En su primera semana en el poder, el presidente Trump gobernó mucho por decreto o por Twitter, cumpliendo muchas de sus propuestas de campaña”, señala el texto. Y remarca que, “si no estaba claro antes de la asunción, es seguro ahora: la presidencia de Trump representa una desviación radical de las normas de la política estadounidense”. Para observadores en todas partes, el “Trumpismo” se ve bastante familiar, señala Tharoor. Trump ha importado, dice, un estilo político enraizado en América latina: el del “nacionalista demagogo”.
Muchos analistas de América Latina han sugerido en el último año que es interesante ver a Trump a través de la lente de un “caudillo”. Es una tradición que se extiende desde los últimos días de Simón Bolívar hasta líderes actuales como el venezolano Nicolás Maduro o el ecuatoriano Rafael Correa. “Seguramente, Trump no es un déspota militar como el chileno Augusto Pinochet”, señala el texto, “ni un autócrata desafiante como Hugo Chávez, el populista de izquierda que remodeló Venezuela a su imagen”. Pero, remarca Tharoor, “para quienes han vivido bajo esos líderes, pareciera que Trump ha estado tomando notas”. Antes de la elección, recuerda el columnista, el ensayista mexicano Enrique Krauze señaló con malicia los paralelismos entre Trump y populistas latinoamericanos: “En su auto adulación, su llamado a una aceptación sin cuestionamientos del supuesto poder de su personalidad; su habilidad para mantener al país seguro de los peligros del terrorismo, los mexicanos, los chinos (…). Sus promesa de que bajo su guía, EE.UU. Ganará tanto que ustedes hasta van a cansarse de ganar”.
Luego, lo compara directamente con Perón. “Trump dice que lucha por los olvidados, un gesto a la clase media trabajadora americana que languidece en los pueblos que viven del campo y de la explotación minera. Juan Perón, de la Argentina, un nacionalista populista (?) que transformó ese país en la mitad del siglo XX, decía que representaba a los descamisados”. Y agrega: “Los populistas emergen, después de todo, en condiciones de inequidades económicas y sociales. Ganan con la promesa de cambiar un sistema injusto que ataca al hombre común”. “Populismo, autoritarismo, personalismo, machismo, racismo y caudillismo han sido históricamente vistos como enfermedades casi inherentes a la cultura política de América Latina”, escribió el cientista político Diego Von Vacano -un neo liberal de rancia estirpe-, de Texas A&M, señala Tharoor. Y cita: “Con la elección de Donald Trump, podernos ahora ver que EE.UU. Es realmente parte de las Américas como un todo y comparte esas patologías”. Pero, advierte el columnista, “como en la experiencia de América Latina, esas políticas puede caer en problemas y disfuncionalidades”.
Pero no todos en América Latina ven a Trump bajo esa luz negativa, dice Tharoor. Y cita nada menos que a Guillermo Moreno, el ex secretario de Comercio del gobierno kirchnerista, quien “favorablemente describió la política de Trump de “Estados Unidos primero” como “peronista”, en una entrevista por una radio venezolana días atrás”. Citando como fuente a un ignoto y nefasto personaje de la mal llamada “política argentina”, que no es tenido en cuenta nunca, salvo muy pocas y pequeñas expresiones y grupúsculos seudo peronianos. La ironía, claro, es que América Latina se ha movido notoriamente de sus días de demagogia y dictaduras – civico-militares en su enorme mayoría, con los mal llamados populismos (o como me gusta denominarlos “populismos berretizados”) en retirada y democracias maduras haciendo raíces a lo largo de casi toda la región, concluye el autor. A quien los latinoamericanos debemos agradecerle la increíble incapacidad del conocimiento histórico del continente, una incapacidad notoria pero que viene de lejos y casi como herencia de la madre patria del imperio del norte.
Tanto los EE UU como la Gran Bretaña históricamente han desconocido “la cultura, la historia y el sentir” de los pueblos donde se han impuesto o donde lo han intentado. Los mayores de los estadounidenses gobernaron casi medio mundo durante los siglos XVIII al XX desconociendo o masacrando a los diversos pueblos tanto americanos, como africanos y asiáticos; años después sus hijos libertados mantuvieron la misma tónica de permanente desconocimiento y como su madre patria donde llegan u ocupan territorialmente cometen las misma y permanente falla por su total ignorancia de las culturas, las tradiciones y la historia de dichos pueblos. Pueden dar fe de esto los pueblos Persa, los Árabes, los Hindúes, los Pakistaníes, los Filipinos, los Africanos y los Americanos; y en los albores del siglo XX y luego durante este primera quincena del siglo XXI por mano de los estadounidenses la Europa del siglo XIX (con sus dos Guerras mundiales donde en la Primera triunfó la Gran Bretaña y generó el nacimiento del nazismo como movimiento democrático y su transformación posterior por la crueldad con que se trató al pueblo alemán); y en la Segunda lo hizo la URSS, imponiéndose al designio de los EE UU y sus aliados europeos, la Gran Bretaña y Francia.
EE UU, perdió la Segunda Guerra mundial a manos de la Unión Soviética, y tras 50 años Alemania y Japón sus grandes derrotados son hoy naciones casi hegemónicas tanto en Europa como en el Asia. Luego el Imperio americano fue contundentemente derrotado militarmente en Corea, Vietnam, Irán, Irak, Afganistán, Mogadiscio, etc. ¿Todo por qué? Por desconocer la historia, la cultura y las tradiciones de dichos pueblos, es más de “todos los pueblos” donde intervinieron militar o políticamente. No supieron entender a Miranda en los albores del siglo XIX cuando a fines del XVIII buscaba el apoyo del novato gobierno independizado de la Gran Bretaña para encarar la “independencia de la américa hispana” y lo entregaron atado a sus ex colonizadores quienes al no querer la conformación de una nueva “nación continental” en Sudamérica le negaron expropósito su ayuda apoyando en cambio aquellos libertadores que les garantizase la “atomización” a la que se negaba Mirando Francisco. Hoy por desconocimiento o porque la “posverdad” lo impone como “hechos alternativos” los medios estadounidenses pretenden comparar al “trumpismo” con las causas nacionales latinoamericanas de Bolívar, San Martín, O’Higgins, Haya de la Torre, Getulio Vargas, Irigoyen o Perón, poniéndolos al mismo nivel de Correa, Chávez, Maduro, o Morales. ¡

Federico Finchelstein profesor de Historia en The New School for Social Research, Nueva York, formado en esta desinformación o participe de ella escribe: “La asunción de Trump y las subsecuentes protestas y marchas masivas por todo el territorio de Estados Unidos anuncian una grieta muy conocida por aquellos que ya vivieron y viven la polarización característica del populismo. ¿Estamos entrando en una nueva era populista? Desde Argentina, quizás pueda decirse lo contrario, es decir, que nuestra larga historia ahora parece reflejada en el resto del mundo, y en especial en los Estados Unidos. De hecho la realidad grotesca del trumpismo no es difícil de entender para los argentinos; son los norteamericanos los que parecen más sorprendidos. Pero la historia es más compleja que estas percepciones y no se puede filtrar exclusivamente a partir de una mirada provincial argentina, a veces tan común en nuestro país. Ni Estados Unidos ha sido antes de Trump una democracia inmaculada, ni la Argentina solamente se define por su populismo. También Argentina vivió democracias no populistas y dictaduras cercanas al fascismo. De todas formas, es la tradición populista la que vincula a nuestro país con la actual realidad política norteamericana.”
“El populismo – explica desde la óptica del liberalismo reaccionario típico de los estadounidenses o sus alumnos dilectos- implica una división de la sociedad en dos campos, el “pueblo” y la “elite”, el antagonismo contra los intelectuales y su oposición a la cultura popular y de las “celebrities”, el rechazo de la historia en favor del mito y la elevación del instinto como fuerza de voluntad política, la promoción de la polarización, la demonización de aquellos que no están de acuerdo, el desprecio por la división de poderes y una fuerte intolerancia por la prensa y los medios. Por último, el populismo transforma a la representación política en delegación del poder y presenta un líder mesiánico que decide por los ciudadanos. No todos los populismos presentan el mismo formato. Las promesas de discriminación y deportación de extranjeros, que diferencian en general a los populistas de izquierda de los de derecha (los primeros tienden a entender al pueblo como una comunidad política, los segundos vinculan esta comunidad política con la etnicidad, o incluso con la identidad de raza), se combinan en el caso del trumpismo con el gobierno de los CEOs y los multimillonarios. Respecto de este último punto, Juan Perón y Donald Trump no tienen nada que ver, pero aquello que los unifica es su forma autoritaria de entender la política como el enfrentamiento entre los dueños de la verdad y sus enemigos. De esta versión de la política se desprende que aquellos que no aceptan las mitologías presidenciales no tienen legitimidad política pero, sin embargo, pueden hacer uso de sus derechos electorales. Lo mismo pasa con la prensa independiente, que es insultada y demonizada sin ser eliminada.”
Y continúa en su desconocimiento total de la realidad extra muros, y desde una posición “progre” y muy demócrata: “En estos días, así es como Trump ve al mundo desde su cima. Tiene razones para sentirse bien. No solo líderes como Vladimir Putin lo felicitan y celebran sino también gobiernos conservadores como el de Theresa May en Inglaterra o el de Mauricio Macri en la Argentina. Luego de su victoria, el trumpismo insiste en usar en términos políticos la polarización entre “nativos” y extranjeros, entre una sociedad impoluta y la supuesta criminalidad extranjera que la afecta. La misma receta trumpista ha sido adoptada por Sebastián Piñera en su campaña en Chile. Pero Trump no solo motiva un populismo “light” en la derecha conservadora sino también una radicalización y envalentonamiento de la extrema derecha a nivel global. Si bien, alternativamente, esta situación puede ser vista por muchos con alegría, depresión o ironía, es importante apreciar la relevancia de la sociedad civil expresada en las marchas. También es significativo recordar aquello que nos enseña la historia del populismo: que su futuro tiene límites, en particular en momentos como estos, que son de resistencia”, termina acotando.
La novela “1984” de Orwell dispara sus ventas en la era de la “posverdad”: La visión distópica de George Orwell describe una sociedad en la que el gobierno manipula la información. El escritor George Orwell (1903 – 1950) imaginó en su novela “1984” una visión del futuro en la que la “sociedad sería manipulada por el poder político, a partir de la vigilancia masiva y la represión social.” Para escribir esta obra de ciencia ficción, publicada en 1949, el autor se inspiró en los totalitarismos del siglo XX, sobre todo en el stalinismo. Ahora, tras la asunción de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, “1984” protagoniza un fenómeno de ventas que sorprende a sus mismos editores y lo posiciona actualmente a la cabeza de los rankings de venta de varios países -entre ellos Estados Unidos, pero también en Gran Bretaña, España y Australia-, donde las ventas crecieron más de un 20 % en comparación con el mismo período del año anterior. El gigante estadounidense “Amazon.com” es uno de los sitios en los que el libro alcanzó en estos días el primer puesto en la lista de best sellers. Un portavoz de la editorial Signet Classics, que publica actualmente “1984” confirmó a su vez que multiplicó sus ventas en un 10.0000% en los Estados Unidos.
Ya en 2013, las ventas de la novela se habían disparado tras las revelaciones sobre la vigilancia y el control de las comunicaciones del Gobierno de EE UU que hizo Edward Snowden, empleado de la CIA. Entonces, las ventas se habían incrementado en un 7000% en Amazon, según los registros internos del sitio. En el prólogo a la edición española de la obra literaria, Umberto Eco escribió: “El libro es un grito de alarma, una llamada de atención, una denuncia, y por eso ha fascinado a millones de lectores en todo el mundo”. Eco comprende la realidad del pueblo estadounidense y del de la Gran Bretaña mucho más que esos mismos pueblos. Los especialistas entienden que la actual escalada de ventas está directamente asociada a las declaraciones de Kellyanne Conway, la asesora de Trump que fue su jefa de campaña y es consejera del presidente en la Casa Blanca, quien acuño el concepto de “hechos alternativos”, tras la polémica sobre el número de personas que se generó tras la asunción del mandatario, en relación a la cantidad de público que había asistido a la ceremonia de toma de posesión del poder.
Después de que el secretario de Prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer dijera que a la asunción de Trump había concurrido más público que a ninguna otra en el pasado, y de que sus funcionarios se enfrascaran en una polémica mediática sobre el asunto – The New York Times fue uno de los medios que denunciaron la falsedad de los datos-, Cornwell minimizó la cuestión y expresó, en el “Meet the Press” un programa televisivo de la NBC, que se trataba de “hechos alternativos”, ni verdaderos, ni falsos. “No hay manera de contar las personas dentro de una multitud con exactitud”, dijo. Este fue uno de los hechos puntuales que los nuevos lectores del libro parecen asociar con aquella sociedad distópica descripta por Orwell, en la que el pensamiento crítico era suprimido por un poder decidido a manipular los hechos a su antojo. A ello se sumó que Donald Trump apuntase de forma falsa a la presentación de millones de votos ilegales en su contra, en las elecciones del pasado mes de noviembre. Los usuarios de las redes sociales no tardaron en comparar el presente con ese otro universo literario en el que el Gran Hermano vigila a todos los ciudadanos a través de la imposición de la “neolengua” (en la novela, el término refiere al idioma en el que el pensamiento independiente o ideas políticas “ortodoxas”, han sido eliminados, mientras que el concepto de “Doublethink” refiere control de la realidad).

“Es evidente que los lectores ven un paralelo natural entre el libro y la forma en que el Sr. Trump y su equipo han distorsionado los hechos”, interpretó Stefan Collini, profesor experto en Orwell en la Universidad de Cambridge. El libro de Orwell no es el único que está “reviviendo” tras la asunción de Trump, también la obra de Sinclair Lewis “It Can’t Happen Here” -publicado en 1935, durante el ascenso del fascismo, y que describe el surgimiento de un político que fomenta el terror con la ayuda de una fuerza paramilitar- tuvo un repunte en las ventas; al igual que “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley y “Los orígenes del totalitarismo”, de Hannah Arendt. ¿Será que el pueblo estadounidense estará buscando respuesta al trumpismo irruptivo? Mientras Loris Zanatta, periodista italiano escribe: “El discurso del Papa al cuerpo diplomático era muy esperado y no defraudó. La Santa Sede dirá que no hay nada nuevo en las palabras de Francisco, que su doctrina es la misma de siempre, que el Evangelio es la guía. Sin embargo, hubo novedades evidentes, destacadas por todos. Para aquellos que, como yo, siempre han sido muy críticos con el Papa, son novedades importantes y positivas.”
“¿Qué hay de nuevo? Y ¿cómo se explica? De la primera novedad se habían tenido algunas anticipaciones. Ahora es más explícita y atañe a la inmigración. Por un lado, el Papa reafirma enérgicamente el valor evangélico de la recepción de los inmigrantes. Por el otro, sin embargo, advierte sobre los enormes problemas que ella implica. De ahí que pida sea garantizado “el derecho de todo ser humano a emigrar a otras comunidades políticas”, asegurándose que las mismas no “sientan amenazadas su seguridad, su identidad cultural y su equilibrio político y social”. Es un poco pedir el oro y el moro, pero son principios sacrosantos, que de paso señalan un gigantesco problema: la eterna dificultad de traducir un valor evangélico en una realidad social; y el riesgo de que en nombre del primero se mande a pique la segunda. La segunda innovación es aún más evidente y se relaciona con el populismo; palabra que el Papa evitó utilizar. “Enemiga de la paz”, dijo el Papa, “es la ideología que se sirve de los problemas sociales para fomentar el desprecio y el odio y ve al otro como un enemigo que hay que destruir”. Aparenta traer “beneficios para el pueblo”, pero deja “detrás de sí pobreza, divisiones, tensiones sociales, sufrimiento y con frecuencia incluso la muerte”. Son palabras fuertes e inéditas: es la primera vez que al mencionar los problemas sociales, el Papa no elige como principal objetivo a quienes endiosan al dinero, sino a aquellos que los explotan para imponer una lógica maniquea destructiva. Una vez más: un principio del Evangelio, la equidad social, encuentra dificultades a trasladarse al plano social; plano donde hay quién lo invoca pero traicionándolo”.
Y agrega: “¿Por qué el Papa pronunció ahora estas palabras inusuales? Tenía en mente a alguien o algo. Al igual que todas sus palabras, pueden ser leídas “sub specie aeternitatis”, como segmentos de una doctrina universal cuya trama está formada por cada discurso. Muchos lo harán. Para aquellos que en el Papa ven principalmente una personalidad influyente de nuestro tiempo, es inevitable sustraer esas palabras a la eternidad y colocarlas en el trasfondo de la actualidad. Tomemos la inmigración: es cierto que Francisco no acusó a nadie. Pero todo el mundo entendió a quienes aludía cuando sugirió que algunos acogen los inmigrantes y otros no. No es casualidad que los diplomáticos de Hungría o Polonia hayan preferido no comentar. Esto no impide que el Papa parece cada vez más consciente de la enorme y peligrosa tensión a la que el flujo de migrantes está sometiendo a las sociedades europeas. Preocuparse de su recepción sin hacerlo también por sus efectos, agudiza los problemas en lugar de solucionarlos; incluso dentro de la Iglesia. El riesgo es que una apertura indiscriminada hoy, cause mañana un cierre xenófobo”.
“¿Y sobre el –mal llamado- populismo? ¿A quién apuntaban las palabras del Papa? No hace falta ser un profeta para interpretarlas como una advertencia a Donald Trump en la víspera de su toma de posesión. Pero las mismas palabras suenan también muy adecuadas a la crisis venezolana. ¿Acaso el Papa se sintió traicionado por Maduro, después de haberle lanzado el salvavidas del diálogo? ¿Lo disgustó descubrir la verdadera naturaleza del chavismo, al que había dado crédito por su matriz nacional popular? En Caracas, donde el régimen afirmó hablar con el Papa por encima de la Iglesia local, el mensaje debería haber llegado fuerte y claro. Sería absurdo hablar de un profundo cambio de posiciones por parte del Papa. Pero su discurso al cuerpo diplomático deja algunas lecciones interesantes. La primera es que cuando el –mal llamado- populismo espiritual se convierte en populismo político, son problemas; y que entre las dos esferas es bueno que haya una distinción clara. La segunda es que incluso los principios más nobles del Evangelio necesitan, para dejar su huella en la historia, de buenas instituciones políticas; en el caso específico de instituciones fuertes y legítimas capaces de gestionar con equidad un fenómeno complejo como la inmigración y de neutralizar la tentación –neo- populista a montar el tigre de los problemas sociales destruyendo el tejido social. Excluyo que Francisco pensara en ello, pero el Papa reconoce de forma implícita el rol central de la política; y que a los valores evangélicos les conviene la política democrática. Me parece una buena noticia”, se explaya.
¡Aprenderemos nosotros también la diferencia que marcan Francisco y Eco sobre “populismo” y nacional o patriota y popular o gobernar para el pueblo!

Buenos Aires, 21 de febrero de 2017.
Arq. José M. García Rozado.
Ex Subsecretario de Estado

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