ALBERTO LAISECA, EL “ERUDITO EN COSAS RARAS” QUE NOS CONDUCE DESDE SU POÉTICA AL MILENARIO AJEDREZ CHINO

El poeta argentino Alberto Laiseca (1941-2016) tuvo una intensa relación con el ajedrez. En un hecho que lo distingue, se lo aprecia haber buceado en sus orígenes chinos, más concretamente en el xiang qi (hsiang-ch’i; siendo del todo exactos 象棋), un pasatiempo remoto que puede incluso hoy día vérselo practicar en lugares públicos de la gran nación de Oriente.
Generalmente, cuando se habla de ajedrez, se reconoce la fuente indiana, soliéndose dejar en un segundo plano, cuando no directamente ignorar, la posibilidad de que todo se remonte aún más, en el tiempo y en el espacio, más concretamente a China y a varios siglos antes de Cristo.
Borges, muy precavidamente, en su mítico poema, dijo que “En el Oriente se encendió esta guerra/cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra”, sin entrar en demasiadas precisiones. Laiseca, a quien se definió como “erudito en cosas raras”, lejos de quedarse con el juego tradicional, se remitirá al que probablemente sea su antecedente emparentado más lejano, el xiang qi. Hagamos, pues, ese viaje propuesto por el poeta rosarino.
Existen dos grandes líneas básicas de investigación sobre la fuente primigenia del ajedrez. Una apunta a que su creación/invención se dio en un momento y lugar determinados. Otra asegura que se trató de un proceso con aportes civilizatorios compartidos.
En la primera tesis, si bien el origen de la India es reconocido habitualmente como el más probable (desde allí en el siglo VI va a Persia, luego es apropiado en el mundo árabe y, después, irá a Europa y la Tierra toda), no hay que descartar que esa cultura lo hubiera, a su vez, heredado del imperio vecino, uno al que se le deben tantas invenciones, como Marco Polo bien podría atestiguar. Aunque también se ha sostenido la idea contraria, la de que el ajedrez chino es legatario del indio.
En la segunda, el xiang qi habría estado presente en el proceso de fusión, junto al chaturanga y algún que otro juego, como el petteia griego, que habría aportado Alejandro en su excursión invasora hacia el este. Ello habría acontecido, con inevitable imprecisión, en algún punto de la concurrida ruta de la seda, posiblemente en una zona geográfica ubicada al noroeste del actual territorio de la India, en un entorno temporal próximo a la llegada de Cristo.
Por lo que Laiseca, al apelar a la tradición sinológica, no hace otra cosa que reparar en los propios orígenes del más apasionante y misterioso de los pasatiempos. En eso se mostrará exacto, original y, tal vez, reivindicativo.
Sobre el punto en Poemas chinos, obra publicada en 1987, aparece Ajedrez de país central,[1] que comienza de este modo: “En el ajedrez de mi tierra existe un cañón./No ataca simplemente al adversario./Jamás algo tan directo./Toma como excusa un trebejo intermedio;/con independencia de si es camarada o valor invasor./Porque el cañón no sirve para disparar contra las murallas, sino por sobre ellas.”.
El poeta, entonces, y una prueba irrefutable de ello es esa mención al ‘cañón´, no se refiere al ajedrez tal como se lo conoce habitualmente, sino que alude a ese otro que incluso es más ancestral. Y que, en sus expresiones, pertenece a un “país central”.
Se trata del xiang qi, expresión que suele ser traducida como ajedrez del elefante pero, quizás, sería más preciso se la apropie como ajedrez simbólico.
También en este sentido etimológico se ha dicho que, como su creador habría sido el General Han Xin (muerto en el año 196 antes de Cristo), quien buscó con él entretener a sus tropas ubicadas frente a un río (el Huai, uno de los mayores del país, que lo cruza de oeste a este),en un crudo invierno en espera del mejor momento para atacar a un reino enemigo, y dado que el comandante rival era Xiang Ji (o Xiang Yu, 232-202 antes de Cristo), del reino Qi, su nombre por ende remite a “juego para capturar a Xiang Qi”.
Estos hechos corresponden a episodios históricos acaecidos precisamente en el años 202 antes de Cristo, los que derivaron, además de la muerte del general perdidoso, del avance de Han sobre el codiciado reino vecino, y la propia unificación del imperio, dejando atrás un período de desunión conocido como el de los (siete) Reinos Combatientes. A nuestros efectos, también denota la antigüedad del juego, en un registro bastante anterior de otros que se conocen correspondientes a la tradición del chaturanga.
El precursor chino se disputa, como en el que ulteriormente se impondría, sobre un tablero de 64 escaques, donde interactúan las 16 piezas que posee cada bando (rojo, al sur; azul o negro, al norte). Pero existe una notable diferencia: su disposición es de 10×9 (en vez de 8×8); ello se explica en que las piezas se ubican en las junturas (y no en el medio de los escaques) y que en el centro obra una fila recta adicional.
Otra gran distinción, más bien estética, está dada en que no se utilizan estatuillas sino fichas circulares: en una de sus caras se dibuja a qué pieza concreta están consagradas. Esta imaginería lo hace emparentar con el go (sólo en eso) y aún más con versiones antiguas del ajedrez de Japón y Corea (tienen respectivamente fichas pentagonales y octogonales).
Tal cual apunta Laiseca, en el caso chino existe un trebejo que se lo denomina cañón, que le es absolutamente prototípico. Se mueve igual que nuestra torre, siendo diferente en que sólo puede capturar si salta sobre otra pieza (y sólo una), sea propia o ajena (la plataforma del cañón). Con estos datos ahora se entiende perfectamente lo de que: “No ataca simplemente al adversario./Jamás algo tan directo./Toma como excusa un trebejo intermedio;/con independencia de si es camarada o valor invasor./”.
La principal pieza es la del general (algunos hablan de rey). No puede salir de una zona delimitada (de 2×2), que se denomina fortaleza (o palacio) y mueve igual de restrictivamente que el monarca en el ajedrez (salvo en lo que ataña al “vuelo del general”, que se permite sólo en el fin de la contienda, cuando va al campo rival para capturar al colega enemigo). Por ende tiene rango militar, o a lo sumo real, más no asume la figura imperial. Es que el protocolo y su condición divina exigen que no se exponga en batalla alguna. Por caso, Han Xin, primero general y luego rey, sirvió al emperador Liu Bang.
También existen dos consejeros, que se mueven en diagonal una única casilla (tampoco pueden salir de la fortaleza), equivalentes al visir (que luego en Europa, por su exotismo, se transformará en reina); sendos ministros, que se desplazan dos escaques en diagonal, que equivalen a los elefantes orientales (en el chaturanga indio, chatrang persa y shatranj árabe), y futuros alfiles; los siempre presentes, en diseños correspondientes a todas las geografías y épocas, caballos; los carros de guerra, símiles de la futura torre; y cinco peones por jugador, que avanzan en sentido vertical en su campo, y alternadamente en lo horizontal en el vecino, capturando en la dirección en que se desenvuelven (nunca en diagonal).
Existe otra característica única, y esencial: en forma longitudinal, en el centro del tablero, se ubica una zona denominada río o cañón, que puede ser vista como una muralla (de allí lo de “Porque el cañón no sirve para disparar contra las murallas, sino por sobre ellas”) y, en todo caso, como una división territorial que separa las zonas de respectiva influencia de los ejércitos.
Los ministros no pueden atravesarlo y los peones, adquieren mayor volumen al hacerlo, ya que también podrán movilizarse (y capturar) en forma horizontal. Ese río es el que Han Xin cruzó para derrotar a Xiang Ji y, como ambos eran generales, esa es la pieza principal del juego original (aunque el vencedor será designado por ello rey de Qi y, más tarde, de Chu, con lo que ver al trebejo como monarca también es aceptable).
Prosigue el poema: “Así la muerte, didáctica y vacía,/con birrete de mandarín,/impone su magisterio desde el Cielo”. Los mandarines, esos calificados funcionarios del imperio, siempre presentes, estarán también en la hora final. Laiseca nos hace ver que, en la posteridad, la vacuidad de la muerte lucirá un gorro: fatal; magistral; burocrática; quizás banalmente.
El tablero, sin el río, sería de 9×9, por lo que tiene una connotación celestial: es que nueve es el número que representa al Emperador. Y es la cantidad de dragones que luce en su vestimenta y también la de los hijos que pueden llegar a tener cada uno de esos animales mitológicos y sagrados.
Los versos prosiguen así: “No hay Emperatriz, salvo la que muestra su hueso de jade./Negras torres festivas/combaten contra otras de un blanco funerario.”.
Es así, no hay en el xiang qi equivalente a la pieza de la reina o la dama, una creación tardía en la Europa medieval por lo que el ajedrez, durante prácticamente todo el primer milenio, no contó con figura femenina alguna, en ninguna de las tradiciones culturales (india, persa, árabe y china).
En cuanto a la torre, que también es reconocible en su estructura medieval, en tiempos anteriores era representada más bien por carros. Lo de “blanco funerario” alude, claramente a que, en aquella cultura, el color de la muerte no es el negro (que efectivamente es el festivo), sino su opuesto en la escala cromática.
Una aclaración más sobre estos versos, el jade es un material no sólo de alto valor extrínseco: simbólicamente, representa el lazo entre la Tierra y el Cielo. Es asociado con la idea de perfección, sabiduría, belleza, pureza. Hay que recordar que el Ta Tsung es un cilindro de jade negro y amarillo que representa la autoridad de la emperatriz, la única mujer que correctamente Laiseca aprecia cercana al xiang qi.
Ya hablando de los jugadores, y no de las piezas del tablero, agregará: “Monjes taoístas beben té/y al final del rito, entre pequeñas tazas,/se matan mutuamente conservando intacto el servicio”.
Aquí se aprecian ecos borgianos, los del poema Ajedrez. Lo vemos en la propia palabra “rito” (que alude a los versos “Cuando los jugadores se hayan ido,/cuando el tiempo los haya consumido,/ciertamente no habrá cesado el rito.”) y, también, es posible determinar su influencia ya que esa idea de que se “matan mutuamente”, puede ser una consecuencia lógica de otra, la de que “se odian dos colores”, siempre en la pluma de Borges.
Si los emperadores no se ubican dentro del tablero, sí en cambio pueden surgir en carácter de jugadores (de nuevo Borges, “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.”). En las renovadas palabras de Laiseca: “Los Emperadores, presos en pequeños palacios,/no pueden mirarse entre sí./Sobrepasar el pudor del rival/significa la pérdida del Imperio./Quien sucumbe a femeninas tentaciones,/no es digno de reinar./”.
Aquí el autor vuelve a dar pistas sobre cómo se mueven las piezas en el xiang qi. Pese a su poderío el emperador, en rigor ya vimos que el principal trebejo es el general (en todo caso la referencia es para quien ejerce el rol social más importante, en la batalla o en el reino), está preso en palacio, en esa pequeña cuadrícula delimitada por sendas filas y columnas en la que nace y transcurren sus días.
No puede asimismo mirarse con el líder rival ya que, de hacerlo, y como muy hermosamente apunta el poeta: “Sobrepasar el pudor (…) significa la pérdida del Imperio”. Por lo demás, lejos podría caer en “femeninas tentaciones” cuando ninguna figura de esa especie participa de la brega o está siquiera en proximidad física a quien está abocado a dar batalla.
Se sigue de inmediato con la descripción de otros partícipes de la lid: “Cada emperador tiene dos guardianes;/como él, prisioneros de Palacio./Combaten sobre pasillos en diagonal,/entre austeras jerarquías.”.
De nuevo, una exacta alusión a cómo ambos consejeros se movilizan y por dónde le es permitido hacerlo, siempre protegiendo a la pieza principal del juego que, por otra parte, en perfecta simetría, a diferencia de lo que sucede en el ajedrez tradicional, queda en el centro de la primera línea, con tantos acompañantes a ambos flancos de su regia figura.
Ya casi cerrando se menciona a los otros trebejos: “Es una inmemorial tradición palaciega/que superiores y subordinados, saliendo a combate,/se desahoguen con la muerte./Delante de todo ondulan líneas de caballos y guerreros,/Este es el Cuerpo de mi Pueblo, la Gran Muralla”.
Los sempiternos caballos, esos que en las innumerables versiones del ajedrez, en todo tiempo y lugar, tuvieron un diseño y movimientos tan característicos, demostrando que los corceles acompañaron al hombre desde siempre, en las guerras y en la paz.
Cuando Laiseca se refiere a los guerreros, desde luego que no son otros que quienes conforman la infantería, los humildes peones, esos que, en cada cultura, son figuras sacrificiales en la misión de cumplir fines que se suelen considerar superiores.
Es realmente conmovedor que se considere a los defensores del reino como una “Gran Muralla” con lo que ese “Cuerpo de mi Pueblo” opera de eficiente recuerdo para no olvidar que, detrás de esa gran construcción, una que nos maravilla (sobre la que siempre se ha dicho, aunque no es enteramente cierto, que puede ser advertida incluso si nos ubicamos como observadores del planeta desde el espacio exterior), hubo esfuerzo y sangre humana ofrendados.
Un escudo humano, cual muralla, protege al emperador de los enemigos en la batalla. Otra muralla, una colosal, sirvió de disuasivo para que los mongoles y los manchúes no pudieran invadir el propio reino. Al decir esto no habría que olvidar que, con el paso del tiempo, la muralla china divide regiones propias de un mismo país. Es que habrá de darse el proceso inverso: territorios del antiguo imperio mongol forman, hoy día, parte de China.
Finaliza el trabajo Laiseca de sublime manera: “Mientras este centro exista/el Emperador podrá seguir en la Ciudad del Cielo,/cobijado bajo el pliegue de su dragón./Hwang Ti: somos tu corazón y palpitamos como una bóveda./Eres la fuente de nuestra sabiduría, el sentido de nuestro amor,/la tradición y el servicio”.
El invocado Hwang Ti, que sólo puede resultar ignoto en una menguada mirada occidental, no es otro que el mitológico Emperador Amarillo a quien se sindica como uno de los iniciadores de la civilización china, nada menos que a partir del siglo XXVII antes de Cristo.
El poema como un todo se le atribuye a Chung Chang Tzú, de la Dinastía Ch´in. Una referencia clara, tal vez un homenaje de Laiseca, al filósofo que fuera alumno de Lao-Tse (Tzu), precursores ambos del taoísmo que, en una mirada política, puede considerarse una fuente del anarquismo.
En otra notable coincidencia, habría que recordar que Borges cita a Chung en su poema Las causas, en el que a la hora de plantearse todas las cosas que se precisan para que “nuestras manos se encontraran”, se incluirá, además de “El ajedrez y el álgebra del persa”, a “Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña”.
Se alude allí, claro está, a ese breve, profundo y antiquísimo relato que, en versión del escritor mexicano Octavio Paz, reza así: “Soñé que era una mariposa. Volaba en el jardín de rama en rama. Sólo tenía conciencia de mi existencia de mariposa y no la tenía de mi personalidad de hombre. Desperté. Y ahora no sé si soñaba que era una mariposa o si soy una mariposa que sueña que es Chuang-Tzu”. Clásica reversibilidad, tan presente en la obra borgiana.
En la literatura argentina hay tres bellos poemas que se titulan Ajedrez. Uno pionero, el de Arturo Capdevila (1889-1967);[2] otro eterno y definitivo, el de Jorge Luis Borges (1899-1986);[3] uno más, algo hermético, el de Alejandra Pizarnik (1936-1972).
Si los tres, por diversas razones, pueden integrar el panteón de las obras más especiales que se dedicaron al juego, ese triángulo virtuoso se transforma en un perfecto cuadrado (una geometría más ajedrecística en todo caso), incorporando este Ajedrez de país central de Laiseca autor que, a su modo, siguió la línea de los anteriores, e incluso la profundizó, al procurar retrotraer las cosas a sus propios probables orígenes.
Poetas todos, argentinos, que han hecho un aporte magnífico a un juego universal que es cantado en cada una de sus expresiones, reconociendo su genealogía ascendente, que va del ajedrez al shatranj, pasando por el chatrang, el chaturanga y, también por el algo olvidado xiang qi.
Laiseca, al poner el acento en este último, casi que resulta reivindicatorio y, en cualquier caso, como sus colegas, se presenta armónico, poético, esencial.
Todos tienen una savia común, producto del intelecto y la pasión humanos, esa que se aplicó al más perfecto y bello juego, uno que ha sabido evolucionar y nutrirse desde el mismo momento en que se dio su origen, allá lejos, midiendo esa distancia en espacio y a su vez en tiempo.
Laiseca vuelve al punto del ajedrez, particularmente del de origen chino, en 1991 en su único trabajo de ensayo que, muy sugestivamente, titula Por favor ¡plágienme!
Analizando primeramente los orígenes del ajedrez, dirá: “…son remotos. Persas, egipcios y otros pueblos se disputan su paternidad. En China, casi desde siempre, se juega uno muy especial: tan distinto al juego de Occidente que, pese a la fabulosa memoria de los chinos y a su insuperable talento en esta disciplina, no pueden presentarse internacionalmente a competir. Los campeonatos, pues, son en China interprovinciales y no salen del país”.
¡Reaparece el xiang qi en la mente del poeta!, sobre el que brinda otros detalles. Pareciéndose referir a su práctica bajo la modalidad de ´a ciegas´, dice que sólo el público, que permanece de pie, puede ver las jugadas que se anotan en un pizarrón y que los participantes no están autorizados a mirar tablero alguno, por lo que “Sus batallas son diálogos sobre sillones, dando la espalda a los espectadores”.
Por lo demás ratifica que la dama no existe porque “los chinos nunca dieron tanta importancia a la mujer”. De ese fenómeno, siempre muy extendido en la cultura oriental (al menos en ojos menos rasgados), hace un sugestivo comentario: “Los occidentales, más taimados, advirtieron la enorme capacidad de fanatismo que hay en el alma femenina, y utilizaron a esto como herramienta para conquistar mejor al mundo y esclavizar en forma perfecta a la propia mujer”.
Una explicación bastante original que puede ser vista como causal eficiente para que, a fin del primer milenio, aunque adquiriendo fuerza sólo sobre fines de la Edad Media, primero se introdujera y luego se popularizara la presencia de la pieza de la reina (la dama) en el ajedrez europeo.
Sigue con sus precisiones: las torres son reemplazadas por cañones (el comentario es algo inexacto, el cañón es idiosincrásico del juego chino, la torre más bien queda asociada al carro); la existencia del emperador hace innecesario al rey, que por ello queda circunscripto a su pequeño palacio; a sus laderos los considera alfiles; el “ahogo” no es legal, dado que la principal pieza del juego “debe ser valiente y salir a morir” y; ya sabemos, los emperadores no pueden quedar enfrentados ya que “La mirada macula el pudor y mata”.
En un evidente guiño a la esencia de este trabajo literario, Laiseca menciona casi sobre el final de su abordaje al tema: “Cierto día un occidental vio a dos chinos practicando ajedrez. El juego le interesó mucho, así pues pidió que se lo enseñaran para poder participar y, posteriormente, plagiarlo”.
Con lo que, y siguiendo la línea de este autor, podríamos llegar a concluir que el ajedrez occidental, ese que tanto nos fascina, ese que solemos atribuir su génesis a la tradición indiana, en realidad no es otra cosa que un plagio del aún más milenario xiang qi, ese que supo inventarse en la China ancestral.
En este mismo ensayo Laiseca, al considerar que el empedrado por el que transitaba había sido hecho por condenados a trabajos forzados, ahora reparando en el ajedrez convencional, formula una asociación con: “…un Gobernador implacable, picoteando a hombres que tenían la desgracia de estar condenados de por vida y que, como un Napoleón enano que moviera multitudinarias piezas de ajedrez, los obligase con su sentido unilateral de la justicia a cortar a martillazos a estos cubos de piedra –cientos, miles de ellos- y a encajarlos a golpes en el lugar de futuros pavimentos”. Algo cruel o, mejor, irónicamente, a continuación agregará: “…no cabían dudas de que estos hombres habían sido útiles por una vez en sus vidas”.
Sin dudas que el trabajo más renombrado del autor lo constituye la monumental novela Los Sorias, que apareció en 1998. Allí se concibió “una partida de ajedrez entre los Dioses por un lado y el Anti-ser por el otro”. Notable parábola de la eterna lucha entre los opuestos que es pronunciada en un libro que, según se asegura, es el más extenso que haya dado vez alguna la literatura argentina.
En su faceta de crítico literario, cuando Laiseca analiza El sindicato de policía Yiddish, una novela del escritor estadounidense Michael Chabon, que es del 2007, acuña una hermosa idea: “Es tanta la insistencia del autor en el Mesías y en el juego de ajedrez que al principio pensé que estaban relacionados. ¿El ajedrez es un juego mágico que, por alquimia, provocará la llegada de Él? O, por el contrario: ¿Nos distraemos con el juego por miedo a que venga? Esta es una de las ambigüedades de Chabon”.
En ella, en efecto, mucho se habla de ajedrez. ¡Esa palabra es referida exactamente ciento diez veces! incluyendo menciones a dos grandes jugadores: el polaco Savielly Tartakower (1887-1956) y el holandés Jan Timman (nacido en 1951).
Dentro de tantas cosas que podrían por ende destacarse, relacionadas al juego, debe decirse que la trama se centra en el asesinato de una persona que dice llamarse Emanuel Lasker, como el ex campeón mundial (1868-1941), quien aparece muerto junto a un tablero en el que se aprecia una posición que corresponde a un problema de ajedrez que resultará clave para la determinación del responsable del crimen.
El investigador, apellidado Landsman, quien aborrece al ajedrez, no obstante lo conoce con bastante precisión ya que lo aprendió mucho antes de su padre, quien fue un notorio aficionado.
Las parábolas en las que el juego surge serán variopintas: “el corazón le traza un repentino movimiento de caballo de ajedrez en el pecho”; “La razón de que nunca progresaras en el ajedrez (…) es que no odias lo bastante el hecho de perder”; “…no va a dormirse, no cuando sabe que lo que le espera son sueños trillados de Escher, tableros de ajedrez borrosos y torres gigantes que proyectan sombras fálicas” y, para referirse al muerto, se plantea la despedida de una “pálida Caissa, la diosa de los ajedrecistas, cuando pasó para decir adiós a otro de sus desventurados adoradores”.
Además se informa que “A los judíos piadosos se les permite el ajedrez, incluso —y es el único juego permitido en sabbath” y, siempre en plano místico, en el caso de uno de los personajes habrá que lamentarse “que fue el ajedrez el que desvió al chico del camino dirigido por Dios que llevaba a su gloria”. Es que se trataba de un niño prodigio en el juego y, asimismo, en el conocimiento de la Torá y los idiomas.
Más pedestremente, de otro de los personajes se dirá que: “En el ajedrez, igual que en los asuntos secretos de Estado (…) era famoso por su sentido del tiempo, por un exceso de prudencia y una tediosa dilatación de los preparativos. Leía a sus oponentes, hacía un estudio fatídico de los mismos. Buscaba el patrón de debilidad, el complejo sin resolver, el tic…”.
Y también se formulará esta comparación: “Sus preguntas son como los movimientos fundamentales de las seis piezas diferentes del ajedrez, recombinados interminablemente hasta que hay tantas como neuronas en el cerebro”.
El poeta rosarino, ahora asumiendo el papel de crítico literario, evidentemente quedó fascinado con esta novela en la que el ajedrez resulta tan determinante. Por lo que hay que agradecerle que nos hiciera descubrirla a partir de la atenta mirada que le dedica a esta obra.
Mucho más hay que tributarle homenaje y el debido reconocimiento a Alberto Laiseca por ese poema hermoso, Ajedrez de país central, en que despliega toda su sabiduría y su talento literario al tiempo de referirse al ajedrez chino.
Poema que, no nos cansaremos de decirlo, puede muy bien acompañar a esos otros que llevan el nombre Ajedrez, los de Arturo Capdevila, Alejandra Pizarnik y el inconmensurable Jorge Luis Borges.
Esas cuatro obras constituyen, cada una a su modo, aportes esenciales que ha sabido la literatura argentina iluminar.
Desde este rincón del planeta, una vez más, se conciben versos inmortales que redundan en una contribución impar, esa que tanto se merece el más maravilloso de los juegos que supo pergeñar vez alguna la Humanidad.
[1] Debo agradecer al amigo Julián Chomski quien me hizo reparar en este trabajo de Laiseca.
[2] A Capdevila se le dedicó un artículo que corresponde al libro sobre literatura argentina (aún no editado) del autor de la presente nota, al que se puede acceder en: http://ajedrez12.com/2016/12/19/arturo-capdevila-poesia-sobre-ajedrez-y-ensayo-sobre-el-legado-arabe/.
[3] Sobre Borges en el diario Página 12 se publicó oportunamente el siguiente trabajo: https://www.pagina12.com.ar/diario/ajedrez/35-288255-2015-12-15.html.

Trabajo incluido en el libro (aún no editado) sobre ajedrez y literatura argentina de Sergio Ernesto Negri.

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